Los tiburones llevan surcando los océanos desde hace cientos de millones de años y, aun así, seguimos descubriendo cosas nuevas sobre ellos cada pocos años. Estos grandes depredadores marinos no solo son protagonistas de películas de terror: son piezas clave para el equilibrio de mares y océanos, y su biología es tan peculiar que rompen muchos de los tópicos que tenemos en mente.
Lejos de ser simples “máquinas de matar”, los tiburones poseen cerebros desarrollados, sentidos finísimos y estrategias reproductivas muy sofisticadas. A lo largo de este artículo vamos a desgranar, con calma pero con todo lujo de detalles, su anatomía, evolución, sentidos, comportamiento, alimentación, reproducción, relación con los humanos y situación de conservación, integrando lo que se sabe de los tiburones marinos en general y de muchas de sus especies más emblemáticas.
¿Qué es exactamente un tiburón? Taxonomía y evolución
Cuando hablamos de tiburones nos referimos a los seláqueos o Selachii, un grupo dentro de los peces cartilaginosos. Forman parte de la subclase Elasmobranchii, donde también se encuentran las rayas y las mantarrayas; todos ellos, junto con las quimeras, componen el gran grupo de los condrictios.
Los seláqueos se caracterizan por tener esqueleto de cartílago, cinco a siete hendiduras branquiales a cada lado de la cabeza, escamas placoides (dentículos dérmicos) y aletas pectorales libres, es decir, no fusionadas con la cabeza. Actualmente se reconocen más de 500 especies de tiburones, agrupadas en varios órdenes que incluyen desde formas costeras pequeñas hasta gigantes pelágicos.
La historia evolutiva del grupo es larguísima. Las primeras formas de peces cartilaginosos afines a los tiburones, los llamados acantodios, aparecieron en el Silúrico temprano, hace más de 430 millones de años. Posteriormente, durante el Devónico, surgen los primeros elasmobranquios en sentido amplio, y a partir de ahí la radiación fue continua.
Algunos fósiles icónicos, como Otodus megalodon, muestran hasta qué punto estos animales pudieron dominar los mares: se estima que ese megalodón alcanzaba en torno a 16 metros de longitud. Los tiburones modernos, tal y como los reconocemos hoy, están documentados desde el Jurásico temprano, hace unos 200 millones de años, tras una profunda diversificación.
Los estudios genéticos recientes han confirmado que tiburones y rayas forman un clado monofilético (los neoselacios), y que dentro de los Selachii se distinguen dos grandes superórdenes: Galeomorphi (incluye por ejemplo tiburones blancos, tigre o ballena) y Squalomorphi (como los tiburones ángel, los mielgas o los tiburones de aguas profundas).

Diversidad de especies y tipos de hábitat
Aunque solemos imaginar un solo tipo de tiburón, en realidad existe una enorme variedad de formas, tamaños y estilos de vida. Hay especies diminutas, como el tiburón linterna enano (Etmopterus perryi), que ronda los 17 centímetros, y auténticos colosos como el tiburón ballena (Rhincodon typus), el pez más grande del planeta, que puede superar los 12 metros.
La mayoría de los tiburones son marinos y ocupan prácticamente todos los mares, desde aguas superficiales costeras hasta profundidades cercanas a los 2000 metros. Por debajo de 3000 metros su presencia es muy escasa, aunque se han registrado algunos ejemplares de pailona a más de 3500 metros. Lo más habitual es encontrarlos en aguas templadas y tropicales, pero también hay especies adaptadas a aguas frías.
Aunque en principio están ligados al agua salada, existen notables excepciones. El tiburón toro (Carcharhinus leucas) y algunos tiburones de río del género Glyphis pueden remontar cursos fluviales y mantener poblaciones en agua dulce, gracias a adaptaciones fisiológicas especiales que veremos más adelante.
Según su hábitat, podemos distinguir grandes grupos ecológicos. Por un lado, los tiburones pelágicos, que se mueven por mar abierto y recorren enormes distancias: aquí entrarían el tiburón azul o tintorera, el gran tiburón blanco, el tiburón mako o el tiburón oceánico de puntas blancas. Por otro, los tiburones de arrecife, asociados a fondos coralinos o rocosos poco profundos, como el tiburón de punta blanca de arrecife, el tiburón gris o el tiburón tigre.
También hay una gran variedad de formas bentónicas, que pasan buena parte del tiempo sobre el fondo marino. Los tiburones ángel, los alfombra o los nodriza son ejemplos de especialistas del fondo, a menudo bien camuflados y con estrategias de emboscada.
Anatomía básica: esqueleto, piel y aletas
Una de las características más llamativas de los tiburones es que su esqueleto es cartilaginoso, no óseo. El cartílago es resistente pero mucho más ligero que el hueso, lo que reduce el peso corporal y disminuye el coste energético del desplazamiento. Esta estructura, complementada por abundante tejido conectivo, les otorga gran flexibilidad.
Las mandíbulas merecen mención aparte. A diferencia de muchos vertebrados, las mandíbulas de los tiburones no están soldadas al cráneo. Para soportar el enorme esfuerzo que supone atrapar y despedazar presas, la superficie mandibular presenta una capa de pequeñas placas hexagonales calcificadas llamadas teselas. En grandes especies como el tiburón blanco o el tiburón tigre, puede haber varias capas de teselas que refuerzan todavía más la estructura.
La piel está cubierta de escamas placoides o dentículos dérmicos. Cada dentículo tiene forma de diminuto diente orientado hacia la cola, lo que hace que el cuerpo sea liso al tacto en sentido cabeza-cola y áspero al revés. Estos dentículos reducen la fricción con el agua, mejoran la hidrodinámica y protegen frente a parásitos y lesiones. En muchas especies, los dentículos presentan pigmentaciones y patrones que contribuyen al camuflaje, como las franjas del tiburón tigre o las manchas del tiburón cebra.
En cuanto a la cola, la mayoría de los tiburones poseen una aleta caudal heterocerca, donde el lóbulo superior es más desarrollado y la columna vertebral se prolonga en él. Esta configuración genera empuje y, a la vez, cierta sustentación vertical que compensa su flotabilidad negativa. En cazadores veloces como el cailón o el mako, el lóbulo inferior también es muy potente para mantener altas velocidades de persecución.
Otras especies han llevado al extremo la especialización de la cola, como el tiburón zorro pelágico (Alopias pelagicus), cuya aleta caudal superior puede ser tan larga como el resto del cuerpo y se utiliza como auténtico látigo para aturdir bancos de peces.

Dientes, dentición y aparato digestivo
La dentadura de los tiburones es un clásico de la biología marina. Los dientes no están anclados al hueso, sino incrustados en las encías, organizados en varias hileras que funcionan como una cinta transportadora. A lo largo de su vida, un tiburón puede llegar a perder y reemplazar decenas de miles de dientes.
La forma de los dientes depende mucho de la dieta. Los tiburones que se alimentan de crustáceos y moluscos presentan dientes aplanados, tipo muela, para triturar con fuerza. Los que se centran en peces pequeños suelen tener dientes finos y puntiagudos, perfectos para sujetar presas resbaladizas. En grandes depredadores de mamíferos marinos, como el tiburón blanco, los dientes superiores son triangulares y aserrados, ideales para seccionar grandes trozos de carne, mientras que los inferiores sirven para agarrar.
En especies filtradoras como el tiburón ballena o el tiburón peregrino, los dientes son diminutos y casi testimoniales; el papel principal lo tienen las branquiespinas, unas estructuras largas y delgadas que actúan como tamiz para retener plancton y pequeños peces mientras el agua pasa a través de las branquias.
El aparato digestivo presenta adaptaciones curiosas. El estómago, en forma de J, puede distenderse para almacenar grandes volúmenes de alimento. Si el tiburón ha ingerido algo que no le conviene (huesos grandes, objetos extraños), es capaz de evertir parcialmente el estómago, literalmente darle la vuelta y expulsar el contenido por la boca.
El intestino es relativamente corto, pero en su interior alberga una válvula espiral, una especie de “tobogán en espiral” que aumenta mucho la superficie de absorción sin necesidad de un tubo larguísimo. Gracias a esta estructura, el alimento avanza lentamente y se aprovechan al máximo los nutrientes antes de que los restos lleguen a la cloaca.
Respiración, circulación y flotabilidad
Como todos los peces, los tiburones obtienen el oxígeno disuelto en el agua a través de las branquias, pero su sistema tiene particularidades. Las hendiduras branquiales no están cubiertas por un opérculo como en los peces óseos, sino que aparecen como ranuras abiertas detrás de la cabeza. Muchas especies presentan además un espiráculo, una pequeña abertura situada justo detrás del ojo, muy útil para aspirar agua cuando el tiburón descansa sobre el fondo.
En movimiento, el agua entra por la boca y fluye sobre las branquias en lo que se denomina ventilación por ariete. La mayoría de tiburones son capaces, además, de bombeo activo de agua con la musculatura de la faringe cuando están quietos. Sin embargo, algunas especies pelágicas muy activas han perdido esta capacidad y se consideran “ventiladores obligados”: si dejan de nadar, el flujo de agua se detiene y podrían asfixiarse.
El sistema circulatorio es relativamente sencillo: un corazón bicameral impulsa la sangre desoxigenada hacia las branquias a través de la aorta ventral, donde se oxigena y regresa por la aorta dorsal para distribuirse por todo el cuerpo. De ahí vuelve por las venas cardinales al corazón, cerrando el circuito.
En cuanto a la flotabilidad, los tiburones no cuentan con vejiga natatoria llena de gas, como la mayoría de peces óseos. En su lugar, poseen un hígado enorme, rico en aceites de baja densidad, en especial escualeno. Este órgano puede representar hasta un 30 % de la masa corporal y actúa como reserva de energía y como estructura de flotación parcial. Aun así, su flotabilidad sigue siendo negativa y dependen mucho del movimiento y de la forma de sus aletas para mantenerse a la profundidad deseada.
En especies que pasan tiempo en el fondo, como el tiburón nodriza, esta flotabilidad negativa es incluso una ventaja, ya que les permite reposar sobre el sustrato sin esfuerzo. Algunos tiburones, si se los gira boca arriba o se les acaricia la zona del morro, entran en un estado de inmovilidad tónica que los investigadores utilizan para manejarlos con mayor seguridad.

Fisiología: temperatura, osmorregulación y química interna
La mayoría de los tiburones son animales de sangre fría o poiquilotermos, de modo que su temperatura corporal se aproxima a la del agua que los rodea. Sin embargo, algunas especies pertenecientes a la familia Lamnidae, como el tiburón blanco o el mako, son capaces de mantener ciertos tejidos a temperaturas superiores gracias a un sistema de intercambio de calor a contracorriente (rete mirabile) y a bandas de musculatura roja situadas en el interior del cuerpo.
La regulación de sales y agua también es particular. Los tejidos de los tiburones contienen concentraciones elevadas de urea y N-óxido de trimetilamina (TMAO), lo que hace que sus fluidos corporales sean casi isotónicos respecto al agua de mar. Esto les permite evitar la pérdida excesiva de agua por ósmosis, pero complica su vida en agua dulce, donde podrían ganar demasiada agua y perder sales.
Al morir un tiburón, la urea se degrada a amoníaco por acción bacteriana, lo que explica el fuerte olor a amoniaco de los cadáveres en descomposición. Además, poseen una glándula rectal especializada en excretar cloruros, clave para terminar de ajustar el equilibrio salino.
La digestión en estos animales puede ser lenta. Después de pasar por el estómago y el intestino en espiral, los restos no digeribles se expulsan finalmente por la cloaca. Este ritmo digestivo pausado, combinado con su estrategia de caza, hace que no necesiten comer todos los días; algunas especies pueden pasar largos periodos sin alimentarse tras un gran banquete.
Los sentidos de los tiburones: mucho más finos de lo que imaginas
Si algo hace especiales a los tiburones es su conjunto de sentidos. Poseen olfato, vista, oído, gusto y sensibilidad mecánica muy desarrollados, pero además cuentan con una capacidad extra: la electrorrecepción. Todo ello los convierte en depredadores extremadamente eficientes, incluso en aguas turbias o en plena oscuridad.
Olfato y gusto
Los tiburones tienen bulbos olfatorios muy desarrollados conectados a fosas nasales independientes de la boca. Son capaces de detectar concentraciones ínfimas de ciertas sustancias, como los compuestos presentes en la sangre de peces, y también de localizar la dirección del olor comparando el momento en que llega a cada fosa nasal.
El tamaño relativo del bulbo olfatorio varía según el entorno. En aguas con baja visibilidad, los tiburones suelen confiar mucho más en el olfato, mientras que en arrecifes bien iluminados algunas especies reducen su dependencia de este sentido y apoyan más la vista. Las especies de aguas profundas, donde la luz apenas llega, presentan de nuevo grandes estructuras olfativas.
En cuanto al gusto, los tiburones cuentan con papilas gustativas en la boca (no en la lengua, ya que carecen de ella). Su paladar es especialmente sensible a la grasa, algo lógico si pensamos que necesitan dietas muy energéticas. Muchas veces muerden algo, lo prueban y, si no encaja con lo que buscan, lo escupen sin más.
Visión y bioluminiscencia
Contrariamente al tópico, los tiburones no son animales “medio ciegos”. Su estructura ocular es similar a la de otros vertebrados, con cristalino, córnea y retina. Además, poseen un tapetum lucidum, una capa reflectante detrás de la retina que rebota la luz y mejora mucho la visión con poca iluminación.
La mayoría de especies estudiadas parecen tener visión en blanco y negro o con un rango cromático muy limitado, ya que muchas retinas solo presentan bastones o un tipo de cono sensible al verde. Esto sugiere que para ellos es más importante el contraste que el color a la hora de detectar presas o obstáculos.
Algunos tiburones poseen membrana nictitante, un párpado transparente o semitransparente que se cierra para proteger el ojo durante el ataque. Otras especies, como el gran tiburón blanco, carecen de esta membrana y en su lugar giran los ojos hacia atrás en el momento de la embestida para evitar daños.
Un rasgo fascinante de ciertos tiburones, como algunos tiburones gato o el tiburón globo, es la biofluorescencia. Bajo luz azul marina, partes de su piel emiten tonos verdes debido a compuestos fluorescentes derivados del metabolismo de ácidos como el quinurénico. Se piensa que esta capacidad puede servir para el camuflaje o para la comunicación entre individuos.
Oído y línea lateral
Aunque carecen de orejas externas, los tiburones cuentan con pequeñas aberturas en la cabeza que conducen al oído interno. Son particularmente sensibles a sonidos de baja frecuencia, como los generados por movimientos bruscos o animales heridos, que pueden detectar a cientos de metros.
Relacionado con el oído está el sistema de línea lateral, una serie de canales llenos de líquido que discurren a lo largo del cuerpo con neuromastos (células ciliadas) sensibles a las vibraciones y cambios de presión. Este “sexto sentido mecánico” les permite percibir corrientes, obstáculos y presas incluso cuando no tienen contacto visual, con una sensibilidad en el rango de 25 a 50 Hz.
Electrorrecepción: las ampollas de Lorenzini
Quizá la capacidad sensorial más asombrosa de los tiburones sea la electrorrecepción. En la región del morro y alrededor de la cabeza, se localizan cientos o miles de ampollas de Lorenzini, pequeños órganos conectados al exterior por poros llenos de un gel conductor.
Estos órganos detectan campos eléctricos diminutos generados por la actividad muscular y nerviosa de otros animales. Gracias a ello, un tiburón puede localizar presas enterradas en la arena o ocultas en la oscuridad total. Además, parece que perciben los campos eléctricos inducidos por las corrientes marinas en el campo magnético terrestre, algo que podría ayudarles a orientarse y a realizar largas migraciones.
Comportamiento, vida social y movimiento
Durante mucho tiempo se pensó que los tiburones eran depredadores solitarios y poco sofisticados, pero los estudios modernos muestran una realidad bastante más compleja. Se han descrito bancos de decenas o cientos de tiburones, jerarquías entre especies y dentro de las mismas, e incluso comportamientos que recuerdan al juego.
Algunas especies, como el tiburón martillo común, se reúnen en grandes grupos alrededor de montes submarinos o islas. En estas concentraciones, no todos los individuos ocupan la misma posición ni se comportan igual, lo que sugiere roles sociales diferenciados. En situaciones de alimentación, se han observado dominancias claras: por ejemplo, los tiburones oceánicos de puntas blancas pueden imponerse a tiburones sedosos de tamaño similar.
Los movimientos migratorios también son impresionantes. Muchos tiburones pelágicos recorren miles de kilómetros al año, cruzando cuencas oceánicas enteras para reproducirse, alimentarse o aprovechar condiciones ambientales favorables. Sus rutas pueden ser más complejas de lo que imaginamos, con paradas clave en zonas ricas en presas.
En cuanto a la velocidad, la mayoría de los tiburones se mueven a un ritmo relativamente moderado, alrededor de 8 km/h, suficiente para patrullar su territorio. No obstante, algunas especies alcanzan picos espectaculares: el mako de aleta corta puede rondar los 50 km/h, y el gran tiburón blanco también registra velocidades similares en sus embestidas.
La actividad diaria combina fases de desplazamiento activo con periodos de reposo aparente. Se ha demostrado que en especies como la mielga la médula espinal es capaz de coordinar la natación incluso cuando el cerebro está en un estado de baja actividad, lo que sugiere una especie de “natación dormida”.
Alimentación: de filtradores gigantes a depredadores de emboscada
La dieta de los tiburones es muy variada, aunque la mayoría son fundamentalmente carnívoros. Dependiendo de la especie, pueden alimentarse de peces pequeños, cefalópodos, crustáceos, bivalvos, tortugas, aves marinas o mamíferos marinos. Esta diversidad de presas se refleja directamente en su morfología y en sus estrategias de caza.
Entre los gigantes filtradores destacan el tiburón ballena, el tiburón peregrino y el tiburón de boca ancha. Cada uno ha desarrollado un modo distinto de filtrar el plancton: el primero se basa en la succión activa de grandes volúmenes de agua, el segundo nada con la boca abierta dejando que el agua fluya y el tercero combina succión con estructuras lumínicas en la boca que pueden atraer presas en aguas profundas.
En el extremo opuesto tenemos especialistas como el tiburón cortador de galletas, que arranca pequeños discos de carne de peces y mamíferos marinos mucho más grandes. Sus dientes inferiores, enormes y afiladísimos, son perfectos para engancharse y girar el cuerpo arrancando un trozo de tejido.
Otros muchas especies bentónicas, como angelotes y tiburones alfombra, se camuflan sobre el fondo y se convierten en depredadores de emboscada. Esperan inmóviles hasta que una presa pasa lo bastante cerca y entonces abren la boca de forma explosiva, generando una fuerte succión que la engulle de golpe.
Los tiburones de arrecife o costeros activos tienden a perseguir peces, cefalópodos o crustáceos. En algunos casos, como el tiburón de arrecife de puntas blancas, se ha documentado caza cooperativa en grupo, acorralando bancos de peces o forzando a las presas a salir de grietas y cuevas.
Existe incluso una especie conocida omnívora, el tiburón cabeza de pala, que además de invertebrados marinos y pequeños peces ingiere cantidades apreciables de pastos marinos y es capaz de aprovechar cerca de la mitad de los nutrientes vegetales que consume.
Reproducción: estrategias, tipos de desarrollo e hibridación
Frente al típico pez que pone miles de huevos y apenas cuida de ellos, los tiburones siguen una estrategia reproductiva de tipo K. Esto significa que producen pocas crías, bien desarrolladas, con altas probabilidades de supervivencia, pero que tardan en alcanzar la madurez sexual. Es una apuesta por la calidad frente a la cantidad, muy efectiva en ecosistemas estables pero que los hace vulnerables a la sobrepesca.
La fecundación es interna. Los machos tienen en las aletas pélvicas unos órganos llamados pterigopodios o claspers, que introducen en el oviducto de la hembra para transferir el esperma. El apareamiento, difícil de observar en libertad, suele implicar sujeción mediante mordiscos, hasta el punto de que en algunas especies las hembras han desarrollado piel más gruesa en determinadas zonas para soportar estas “muestras de cariño” algo bruscas.
Dependiendo de la especie, el desarrollo de las crías puede seguir tres grandes modos: oviparidad, ovoviviparidad y viviparidad. En los tiburones ovíparos, la hembra deposita cápsulas de huevo con consistencia de cuero, conocidas popularmente como “bolsas de sirena”, adheridas a algas o grietas. Dentro se desarrollan uno o varios embriones que eclosionan fuera del cuerpo materno; es típico de muchos tiburones gato o del tiburón de Port Jackson.
La ovoviviparidad, bastante extendida entre tiburones, consiste en que los huevos permanecen dentro del oviducto y las crías se alimentan de la yema y de secreciones uterinas hasta que nacen ya totalmente formadas. En algunos lamniformes se produce oofagia (los embriones más desarrollados se comen los huevos restantes) e incluso canibalismo intrauterino, como en el tiburón tigre de arena, donde las crías más fuertes devoran a sus hermanos todavía en desarrollo.
En la viviparidad propiamente dicha, se forma una estructura análoga a la placenta que conecta al embrión con la madre y permite intercambiar nutrientes de manera similar a los mamíferos. Es el caso de muchos tiburones martillo, tiburones sarda o especies del género Mustelus. Las crías nacen ya activas y autosuficientes, capaces de valerse por sí mismas desde el primer día.
Los periodos de gestación pueden ser muy largos. La mielga, por ejemplo, presenta gestaciones de hasta 24 meses, y se sospecha que en el tiburón peregrino o en el tiburón anguila sean aún mayores. Como consecuencia, muchas hembras solo se reproducen cada varios años, lo que limita mucho la capacidad de recuperación poblacional.
Un fenómeno sorprendente documentado en acuarios y en algunos casos de vida libre es la partenogénesis: hembras que producen crías sin haber tenido contacto reciente con machos ni presentar aporte genético paterno detectable. Todo indica que es una solución de emergencia cuando no hay pareja disponible, pero reduce la variabilidad genética y podría, a largo plazo, debilitar las poblaciones.
Además, en las últimas décadas se han descrito varios casos de hibridación natural entre especies cercanas, como entre Carcharhinus tilstoni y Carcharhinus limbatus, o entre distintos tiburones martillo. Estos híbridos podrían ser más resistentes a cambios ambientales y acabar sustituyendo localmente a las especies de origen, aunque todavía se está estudiando su impacto real.
Longevidad y ritmo de vida
La esperanza de vida varía mucho según la especie, pero la mayoría de los tiburones vive entre dos y tres décadas. Hay, sin embargo, auténticos “abuelos del mar”: la mielga puede superar ampliamente los 100 años, y el tiburón ballena también parece rebasar el siglo de vida.
El récord conocido entre los vertebrados lo ostenta el tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus). Dataciones por radiocarbono en el cristalino de sus ojos han revelado ejemplares con más de 270 años, y estimaciones que apuntan a edades cercanas a los 400 años en algunos individuos grandes. Eso significa que algunos podrían haber nacido antes de la Revolución Francesa.
Este ritmo vital tan lento, combinado con la madurez sexual tardía y la baja fecundidad, explica por qué las poblaciones de tiburones se desploman tan rápido cuando aumenta la presión pesquera y, en cambio, tardan muchísimo en recuperarse incluso cuando se implantan medidas de protección estrictas.
Tiburones y humanos: ataques, mitos y convivencia
Cada vez que hay un ataque de tiburón, acapara titulares en todo el mundo, pero si miramos las cifras frías la cosa cambia mucho. De las más de 500 especies descritas, solo unas pocas han protagonizado un número significativo de ataques mortales no provocados: el gran tiburón blanco, el tiburón tigre, el tiburón sarda y el tiburón oceánico de puntas blancas.
El Archivo Internacional de Ataques de Tiburón registra, de media, poco más de una decena de fallecidos al año en todo el planeta por ataques no provocados, frente a otras causas de muerte en el mar (ahogamientos, accidentes náuticos) infinitamente más frecuentes. Aun así, la imagen del tiburón como “devorador de hombres” se ha fijado con fuerza en el imaginario colectivo, en gran parte por películas como la saga “Tiburón”.
Los estudios indican que, en muchos ataques, el tiburón podría confundir a un bañista o surfista con una presa habitual, como una foca. No es raro que tras un primer mordisco suelte a la víctima al comprobar que “no sabe a lo que esperaba”. En la mayoría de las zonas donde humanos y tiburones comparten espacio, la convivencia es diaria y sin incidentes.
Hay algunas recomendaciones sencillas para reducir aún más el riesgo: evitar bañarse al amanecer y al atardecer en zonas conocidas por la presencia de grandes tiburones depredadores, no entrar al agua con heridas sangrantes ni con joyas brillantes que reflejen la luz como escamas de pez, y no chapotear de forma exagerada en áreas donde se alimentan tiburones.
Paradójicamente, mientras una parte de la cultura popular demoniza a los tiburones, muchas culturas tradicionales los han venerado. En Hawai, por ejemplo, existen aumakua tiburón, espíritus protectores familiares; en la mitología polinesia y samoana abundan las historias de humanos transformados en tiburones y de dioses con forma de escualo.
Relación con la pesca, aleteo y conservación
Si miramos el impacto en la otra dirección, el panorama es desolador; el impacto de la captura de tiburones es enorme. Se estima que, solo en las últimas décadas, casi 100 millones de tiburones mueren cada año por la actividad humana, ya sea por pesca dirigida, captura accidental o aleteo. Los estudios señalan una disminución global cercana al 70 % en las poblaciones de tiburones y rayas oceánicos en los últimos 50 años.
El aleteo es una de las amenazas más visibles y polémicas. Consiste en cortar las aletas a los tiburones, a menudo cuando aún están vivos, y arrojar el cuerpo al mar. Como las aletas alcanzan precios muy altos en el mercado (particularmente en Asia para la sopa de aleta de tiburón), muchos barcos optan por almacenar solo esta parte del animal, desaprovechando el resto.
Además de las aletas, la carne de tiburón se consume en numerosos países y se emplea en platos tradicionales, a veces bajo nombres genéricos de “pescado blanco” o “flake”. También se ha promovido el consumo de cartílago y otros derivados como supuestos remedios contra el cáncer o la artrosis, pero los estudios científicos no respaldan estas propiedades, y sí alertan de la presencia de contaminantes como mercurio o neurotoxinas (por ejemplo, BMAA) en algunos productos.
Otro problema grave es la captura de tiburones como parte de medidas de “control” para reducir ataques. Programas de redes y líneas de tambor en lugares como Queensland o Nueva Gales del Sur (Australia), KwaZulu-Natal (Sudáfrica) o la isla de Reunión han matado decenas de miles de tiburones, además de delfines, tortugas, rayas y otras especies no objetivo, sin demostrarse de forma clara que reduzcan de manera efectiva el riesgo para los bañistas.
Frente a este escenario, en las últimas décadas han surgido iniciativas importantes: prohibiciones del aleteo en aguas de la Unión Europea y de diversos países, leyes estatales en Estados Unidos que vetan el comercio de aletas, y la creación de santuarios de tiburones en lugares como las Bahamas, Palaos, las Islas Cook, varias naciones del Pacífico o zonas de las Maldivas.
La lista roja de la UICN considera ya a una parte importante de las especies de tiburones y rayas en peligro de extinción, muchas de ellas en categorías altas como “en peligro” o “en peligro crítico”. Organismos como CITES han incorporado varias especies de alto valor comercial (tiburones martillo, oceánicos de puntas blancas, marrajos) a sus apéndices, de manera que su pesca y comercio internacional requiera permisos y controles estrictos.
Todo ello refleja una realidad incuestionable: sin tiburones no hay océanos sanos. Como grandes depredadores, regulan las poblaciones de presas, evitan la proliferación de individuos enfermos o débiles y mantienen la estructura de las comunidades marinas. Protegerlos no es solo una cuestión ética, sino una necesidad ecológica de primer orden.
La biología de los tiburones marinos nos muestra un grupo de animales increíblemente bien adaptados, con anatomía, sentidos y comportamientos finamente ajustados a la vida en el mar abierto y en los arrecifes. Entender cómo funcionan sus cuerpos, cómo se relacionan, cómo se alimentan y cómo se reproducen es el primer paso para desmontar mitos, valorar su papel en los ecosistemas y asumir que su futuro depende en buena medida de lo que hagamos —o dejemos de hacer— en las próximas décadas.
