
En la laguna de Fúquene, entre Cundinamarca y Boyacá, el cangrejo rojo americano (Procambarus clarkii) dejó de ser una rareza para convertirse en un quebradero de cabeza ambiental. Su presencia presiona a la fauna nativa y al pez capitán, una especie endémica que ya venía muy tocada.
Ante este escenario, la Universidad de Cundinamarca está probando una salida pragmática: transformar al invasor en harina proteica para alimentar animales, con muestreos en campo y pruebas de laboratorio orientadas a un aprovechamiento controlado y sostenible.
Impacto ecológico en Fúquene y avance de la especie
La especie ha sido especie invasora por la CAR debido a su rápida expansión y a los efectos sobre el ecosistema. Según los investigadores, compite por alimento y hábitat, y complica la recuperación del pez capitán, señalado como uno de los más afectados.
Su ciclo reproductivo acelerado y la falta de enemigos naturales se combinan con un aliado inesperado: el buchón de agua, planta flotante que le sirve de refugio. El problema ya no está solo en Fúquene: hay registros en otros humedales de Cundinamarca y Boyacá, lo que dificulta cualquier contención rápida.
Cómo llegó y por qué se adapta tan bien
El cangrejo rojo se introdujo en Colombia en 1986 en el Valle del Cauca con fines comerciales. De allí escapó y se dispersó por varias cuencas; su presencia en Fúquene se documenta desde mediados de los 2000, con reportes que lo sitúan en torno a 2006 en el altiplano.
Su éxito invasor se explica por su tolerancia ambiental, alta fecundidad y, sobre todo, por llegar sin depredadores naturales. A ello se añade el posible transporte accidental por personas o su arrastre a través de redes hídricas que comunican distintas lagunas y humedales; esta tolerancia es habitual en algunos cangrejos de río.
Del laboratorio al corral: así es el proyecto
El equipo universitario recolecta ejemplares en Fúquene, a menudo junto a buchón, y los traslada a los laboratorios de la sede de Ubaté. La idea es caracterizar la biología del crustáceo, su entorno y tomar muestras representativas de la población local.
En el laboratorio se realiza una precocción para eliminar patógenos y luego se muele el material hasta obtener una harina experimental. Esta se está probando en aves para evaluar su seguridad y su potencial como ingrediente alimentario.
Las variables en estudio incluyen ganancia de peso, pigmentación y valor nutricional, con especial atención al contenido de proteína y a su fracción realmente asimilable. El equipo baraja, con cautela, usos futuros en acuicultura si los resultados acompañan y el manejo ambiental lo permite.
Equipo, calendario y proyección en territorio
Participan tres docentes y cuatro estudiantes, con apoyo de la coordinación del programa de Zootecnia. Los primeros hallazgos se darán a conocer en un encuentro internacional en Ocaña durante noviembre, como parte del diálogo técnico sobre invasiones biológicas y sostenibilidad.
La apuesta es conectar ciencia y campo: alternativa productiva para reducir la presión del invasor, generar ingresos y reforzar la sostenibilidad local. Si cuaja, podría replicarse en otras áreas afectadas del altiplano.
Riesgos sanitarios y daños en riberas
Para las personas, el mayor riesgo procede de la alteración del ecosistema; aun así, se advierte sobre parásitos y bacterias asociados al crustáceo, como la paragonimiasis y Vibrio mimicus, que pueden transmitirse por consumo o manipulación de ejemplares crudos o mal cocinados.
En el entorno, esta langostilla excava túneles en orillas, aumenta la turbidez, desestabiliza riberas y favorece pérdidas de agua en canales y humedales. Todo ello implica deterioro del hábitat de especies nativas y merma de servicios ecosistémicos clave.
Con un enfoque que evita promesas grandilocuentes, la propuesta de la Universidad de Cundinamarca busca convertir un problema en oportunidad: aprovechar biomasa invasora sin perder de vista el equilibrio de Fúquene y sumar herramientas de control biológico y productivo al servicio del territorio.
