Aunque impone por su tamaño, el tiburón ballena es un pez filtrador y no representa un peligro para las personas. Una investigación realizada en Papúa Occidental (Indonesia) pone el foco en lo contrario: las lesiones que sufren estos animales por la actividad humana, especialmente junto a plataformas pesqueras tradicionales (bagans) y barcos turísticos.
El trabajo, publicado en una revista científica internacional, se extendió durante 13 años y empleó técnicas de foto-identificación para seguir individuos a lo largo del tiempo. En la zona de Bird’s Head Seascape se reconocieron 268 ejemplares únicos y se constató que la inmensa mayoría de los avistamientos se produjeron donde operan los bagans, un entorno con creciente presión turística.
Dónde y cómo se hizo el seguimiento

Bird’s Head Seascape alberga una extensa red de áreas marinas protegidas y es un punto caliente de biodiversidad. Científicos, guardaparques, pescadores y visitantes contribuyeron con fotografías fechadas y geolocalizadas. Gracias a la foto-identificación—el patrón de manchas de cada tiburón es único, como una huella— se construyó una base con más de mil registros para evaluar movimientos, estado corporal y la evolución de las cicatrices.
El perfil de la población observada muestra un claro sesgo: en torno al 90% eran machos, la mayoría juveniles de 4 a 5 metros. Las hembras adultas rara vez se ven cerca de la costa, una pauta coherente con estudios que indican que prefieren aguas oceánicas más profundas y, por tanto, menos interacción directa con actividades humanas costeras.
Qué está causando las lesiones

Los datos indican que alrededor del 77% de los tiburones registrados presentaba cicatrices o heridas visibles. Entre ellas, la mayoría—en torno a ocho de cada diez—se vincula a interacciones con estructuras o embarcaciones, no con depredadores naturales. Las abrasiones leves son las más comunes, pero también se documentaron laceraciones profundas, amputaciones y traumatismos en una fracción relevante de individuos.
Los bagans son plataformas iluminadas por la noche para atraer cardúmenes de sardina o anchoa. Los tiburones ballena acuden a alimentarse de restos de cebo y quedan expuestos a cuerdas, redes y elementos cortantes de las estructuras. A ello se suma la presión del turismo: acercamientos excesivos, golpes de casco y contactos con hélices, sobre todo cuando los animales se alimentan a poca distancia de embarcaciones en movimiento.
Un patrón clave del estudio es que la práctica totalidad de los avistamientos—en torno al 97%—se produjo junto a bagans, lo que explica la alta exposición a daños. Además, varios ejemplares fueron fotografiados en múltiples temporadas, regresando con cicatrices nuevas o agravadas, señal de que el riesgo es persistente.
¿Son peligrosos para las personas?
Todo apunta a que el tiburón ballena, pese a su envergadura, no supone una amenaza. Se alimenta filtrando plancton y peces pequeños, y no hay registros fiables de ataques intencionados a humanos. Por eso muchos lo apodan el “gigante afable”; la realidad es que el riesgo se invierte: el animal es el que sale peor parado cuando coincide con plataformas y turismo mal gestionado.
Qué medidas proponen los investigadores
El equipo plantea acciones de bajo coste y alto impacto: eliminar bordes afilados de estabilizadores y armazones de redes en los bagans, fijar distancias y velocidades seguras para el avistaje, limitar el número de embarcaciones y reforzar la vigilancia en zonas críticas. Con una regulación clara del turismo y controles efectivos sobre las plataformas, las cicatrices podrían reducirse de forma notable.
Más allá del caso local, el tiburón ballena figura como especie En Peligro en la Lista Roja de la UICN. Sus poblaciones han caído más de un 50% a escala global—y hasta un 63% en el Indo-Pacífico—y su madurez sexual tardía, cercana a los 30 años, ralentiza cualquier recuperación. De poco sirven las protecciones “en papel” si no van acompañadas de cumplimiento real y gestión adaptativa.
La participación de la comunidad ha sido clave para esta base de datos sin precedentes; aun así, los autores recuerdan que pueden existir sesgos de muestreo y piden más ciencia ciudadana y coordinación entre gestores, pescadores y operadores turísticos. Reducir el daño pasa por integrar el conocimiento local con normas verificables y seguimiento continuado.
Proteger al tiburón ballena en Papúa Occidental implica pasar de la fascinación del avistaje a la acción concreta: adaptar plataformas, ordenar el turismo y vigilar mejor. Con esas medidas sobre la mesa y una implicación sostenida de autoridades y comunidad, este gigante filtrador tiene opciones reales de esquivar nuevas heridas y seguir cumpliendo su papel en la salud de los océanos.
