
El lago Titicaca, compartido por Bolivia y Perú a 3.809 metros de altitud, muestra señales inequívocas de deterioro: en sus áreas someras la pesca se ha desplomado y muchas familias han comenzado a marcharse, una realidad que evidencia que la contaminación avanza sin freno en el cuerpo de agua navegable más alto del planeta.
La comunidad científica advierte que la ventana para actuar es limitada y que, si no se interviene ya, revertir el daño podría volverse técnicamente inviable en menos de una década. La degradación se ceba especialmente en el llamado “lago menor”, donde la combinación de vertidos y sequías recientes está dejando el agua al límite.
Dónde se agrava: el ‘lago menor’ y la bahía de Cohana

El lago menor, separado del lago mayor por el estrecho de Tiquina, abarca unos 2.000 kilómetros cuadrados y es la zona más vulnerable del sistema. Su parte más honda ronda los 40 metros, pero en grandes sectores la lámina de agua apenas llega a 2-4 metros, con registros de solo 50 centímetros en puntos como Cohana durante los últimos años secos; el lago mayor, en cambio, supera los 6.000 kilómetros cuadrados y conserva mayores profundidades.
La bahía de Cohana se ha convertido en el epicentro del problema porque allí desemboca el río Katari, que concentra las aguas residuales urbanas, industriales y mineras procedentes de El Alto (casi un millón de habitantes) y de la vecina Viacha. Este corredor de contaminación empuja nutrientes y otros compuestos hacia el interior del lago menor.
En superficie aparecen tapices verdes de microalgas alimentadas por nutrientes, mientras que en el fondo se acumula un material negruzco que se adhiere a los tallos de totora; esa costra y el olor penetrante son síntomas de eutrofización y de la pérdida de calidad ecológica del agua.
Hasta hace poco era habitual ver redes en busca de especies nativas como el karachi o el mauri; hoy esa imagen es excepcional. El agua se ha tornado más oscura y el mal olor resulta persistente, señales de un proceso que asfixia peces, ranas y aves en los sectores más impactados.
En las orillas, líderes comunitarios describen un éxodo silencioso: los jóvenes se van porque la pesca ya no sostiene a las familias, y los ingresos ligados a la totora y a la artesanía flaquean. El relato se repite a pie de lago: la contaminación se adentra desde Cohana hacia otras comunidades y el deterioro no da tregua.
Causas y procesos que asfixian el agua
Investigaciones de la Autoridad Binacional del Lago Titicaca apuntan a una combinación de vertidos urbanos, descargas industriales y actividad minera. El fósforo de los detergentes nutre floraciones de microalgas que, al descomponerse con bacterias, reducen el oxígeno disuelto y generan sulfuro de hidrógeno, un compuesto capaz de matar fauna acuática y aves.
Las sequías de los últimos años agravan el cuadro al bajar los niveles y concentrar contaminantes, sobre todo en el litoral del lago menor, que es donde se cruzan presión humana y poca profundidad. Pobladores de varias riberas aseguran que los efectos se notan cada vez más lejos de la bahía de Cohana, con aguas turbias y zonas pantanosas en expansión.
Impacto social: comunidades que se vacían
La isla de Sicuya, la más pequeña del Titicaca, es un espejo de la crisis: tiene menos de 300 habitantes, acceso solo por lancha y una escuela con 27 alumnos. Muchas casas permanecen cerradas gran parte del año porque sus dueños emigraron en busca de oportunidades.
La totora, vital para el ganado y la artesanía, aparece con manchas oscuras que los animales rehúyen; con la pesca en mínimos, el deterioro de este recurso multiplica el daño económico y empuja a más familias a marcharse. En términos cotidianos, la vida “ya no rinde” en la orilla como antes.
La dimensión sanitaria preocupa: organizaciones sociales alertan de riesgos gastrointestinales, renales y hepáticos, e incluso de efectos neurológicos en niños vinculados a la presencia de metales pesados. También se señalan afluentes en el lado peruano, como el río Coata, que aportan aguas sin depurar al sistema.
Alerta científica y ventana de acción
El investigador Xavier Lazzaro (ALT) plantea que no se dispone de más de diez años para frenar la tendencia, con foco en el lago menor. En su propuesta para “salvar el Titicaca” subraya que hay que atacar la fuente del fósforo y evitar que los nutrientes sigan entrando al espejo de agua.
Entre las medidas destacadas figuran culminar 14 plantas de tratamiento para reforzar la estación principal, desplegar “miniplantas” móviles del tamaño de contenedores, construir un gran canal interceptor que desvíe flujos contaminados antes de llegar al lago y crear lagunas someras con totorales que actúen como filtros naturales.
Además, se propone frenar la expansión desordenada de El Alto hacia el lago mediante planificación urbana y promover un turismo responsable que contribuya a la conservación. Existen experiencias replicables: los lagos Lemán (Suiza) y Paranoá (Brasil) lograron mejorar su calidad con políticas sostenidas durante décadas.
Obstáculos y lo que falta por hacer
Sobre el terreno, los avances llegan lentamente: la modernización de la planta principal acumula retrasos y distintos proyectos no han alcanzado la eficacia prevista. Organizaciones como Fundación Tierra advierten carencias en la mitigación pública y piden acelerar inversiones y supervisión.
Más allá de la obra gris, hace falta coordinación binacional, control de vertidos, fiscalización minera y educación ambiental. Iniciativas escolares como “El Titicaca nos cuenta” o programas de divulgación reclaman PTAR, reciclaje y campañas de cuidado del agua para proteger a las comunidades más vulnerables que dependen del lago.
El panorama que dibuja el lago menor es el de un ecosistema acorralado, con Cohana como termómetro de una crisis que requiere cortar el fósforo en origen, completar el tratamiento de aguas, ordenar la expansión urbana y reforzar la vigilancia de la actividad minera; solo con una acción sostenida y compartida será posible dar la vuelta a la degradación antes de que la ventana técnica se cierre.