La temporada de pesca del salmón atlántico en Cantabria ha terminado con un balance que los ecologistas califican de «demoledor». De los 38 ejemplares que el Gobierno autonómico autorizó capturar, solo se pescaron tres, repartidos entre los ríos Nansa, Deva y Asón. En el río Pas, donde se había fijado un cupo de 15 salmones, no se registró ni una sola captura. La organización Ecologistas en Acción ha reaccionado con dureza y exige que se declare la veda total de la especie en la comunidad, así como la de la angula europea, cuya fase juvenil también está en situación crítica.
Los datos de los dos últimos años no dejan lugar a dudas sobre la tendencia. En 2025, la Dirección General de Pesca fijó un cupo de 70 salmones y al final solo se capturaron ocho. Para 2026, la Consejería redujo el límite a 38 ejemplares y retrasó un mes el inicio de la temporada, una decisión que la consejera María Jesús Susinos justificó como «ir por la vía del medio». Sin embargo, el resultado ha sido aún peor. Ecologistas en Acción sostiene que esa postura intermedia «ya no responde a la gravedad de la situación» y acusa al Ejecutivo cántabro de «vivir en una ficción» al gestionar recursos que, a su juicio, «no existen».
Un declive que no es nuevo ni local
El problema del salmón atlántico en España no se limita a Cantabria. Un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, publicado en la revista Fishes, documentó que las poblaciones de esta especie en los ríos cantábricos se redujeron un 85% entre los años 50 y 2022, con caídas especialmente acusadas desde finales de los 80. A nivel nacional, la pérdida media se sitúa en el 82% respecto a los niveles históricos. El salmón ya está vedado en Galicia, País Vasco y Navarra, comunidades que, según Ecologistas en Acción, «están actuando con la responsabilidad que la situación demanda».
Las causas del declive son múltiples y están interconectadas. La organización ecologista señala la reducción de caudales, los vertidos contaminantes, las barreras transversales en los ríos (presas, azudes), la pesca, el furtivismo y el deterioro general de los hábitats. A esto se suma el cambio climático, que agrava la situación al aumentar las temperaturas del agua y la frecuencia de las sequías estivales. España cuenta con más de un millón de barreras artificiales en sus ríos, lo que fragmenta el cauce y convierte los veranos en trampas mortales para la fauna acuática: cuando el caudal baja, el agua se divide en charcas aisladas donde el oxígeno disuelto cae a niveles letales.

El Ministerio ya estudia su inclusión como especie en peligro
Mientras tanto, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO) ha encargado informes técnicos para evaluar la posible inclusión del salmón atlántico en el Catálogo Español de Especies Amenazadas (CEEA) como especie «en peligro de extinción», así como en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial (LESRPE). En el caso de la anguila europea, el MITECO ya propuso en enero de 2026 a las comunidades autónomas declararla también «en peligro de extinción», después de que el Comité Científico recomendara su inclusión en el CEEA.
Ecologistas en Acción ha presentado tres escritos de alegaciones entre 2024 y 2025 ante la Dirección General de Pesca de Cantabria, basados en informes científicos nacionales y europeos, en los que ya solicitaba la veda de ambas especies. La organización insiste en que el Gobierno regional debe «abordar de forma clara y decidida, sin esconderse tras falsos argumentos, esta grave situación». Entre las medidas que reclama figuran la mejora de caudales, la eliminación o permeabilización de obstáculos, el control de vertidos, la protección de frezaderos y una vigilancia efectiva contra el furtivismo.
La situación es tan crítica que, según los ecologistas, mantener la pesca de especies en mínimos históricos supone asumir el riesgo de perder dos de los elementos más emblemáticos del patrimonio natural cántabro. «Vamos camino de perder al salmón atlántico y a la angula», advierten, y recuerdan que otras especies fluviales como el desmán ibérico (con una pérdida del 70% de sus ejemplares) o el jarabugo (70% en solo seis años) también están al borde del colapso. La restauración de caudales ecológicos y la eliminación de barreras obsoletas son, según los científicos, las medidas más urgentes para frenar el declive antes de que varias especies crucen el umbral de no retorno.