El asombroso pulpo carnívoro de 19 metros que dominó los mares del Cretácico

  • Un nuevo estudio en Science describe pulpos carnívoros de hasta 19 metros que vivieron hace entre 100 y 72 millones de años.
  • Las mandíbulas fósiles revelan un desgaste extremo y asimétrico, señal de depredación intensa y posible comportamiento avanzado.
  • Las especies gigantes del género Nanaimoteuthis habrían competido con mosasaurios y plesiosaurios en la cúspide de la cadena trófica marina.
  • El uso de inteligencia artificial y tomografía ha permitido localizar y reconstruir digitalmente estos fósiles casi invisibles en la roca.

pulpo carnivoro de 19 metros

Durante siglos, el kraken ha sido el típico monstruo marino de las historias de marineros, un ser descomunal que abrazaba barcos con sus tentáculos y los arrastraba al fondo. Ahora, un conjunto de estudios publicados en la revista Science apunta a que detrás de ese mito pudo haber una realidad prehistórica todavía más sorprendente: auténticos pulpos carnívoros gigantes que dominaron los océanos hace decenas de millones de años.

Según esta nueva investigación, realizada por equipos internacionales con fuerte participación japonesa, en los mares del Cretácico tardío vivieron cefalópodos de cuerpo blando que alcanzaban longitudes totales de entre 7 y 19 metros, con brazos tan largos como para rivalizar en tamaño con los grandes reptiles marinos de la época. Estos animales, lejos de ser presas pasivas, se situaban en lo alto de la cadena alimentaria como superdepredadores capaces de triturar conchas, caparazones y huesos.

Un pulpo carnívoro gigante en los mares del Cretácico

pulpo carnivoro fosil

La nueva imagen de estos gigantes procede del análisis detallado de mandíbulas fósiles excepcionalmente bien conservadas, unos elementos que en los pulpos actuales se conocen como picos por su parecido con el de ciertas aves de presa. Aunque el cuerpo blando de estos animales apenas deja rastro en el registro geológico, sus picos endurecidos pueden fosilizar y guardar mucha información sobre el tamaño y la dieta del animal.

El trabajo, liderado por científicos de la Universidad de Hokkaidō, se ha centrado en un conjunto de 27 mandíbulas recuperadas en sedimentos marinos de Japón y de la isla de Vancouver, en la costa pacífica de Canadá. A partir de estas piezas, el equipo ha identificado dos especies extintas de cefalópodos gigantes: Nanaimoteuthis jeletzkyi y, sobre todo, Nanaimoteuthis haggarti, la forma de mayor tamaño.

Las estimaciones anatómicas apuntan a que estos pulpos presentaban un cuerpo de alrededor de 1,5 a 4,5 metros de longitud, al que se sumaba la enorme extensión de los brazos, hasta alcanzar un total de entre unos 7 y unos 19 metros de longitud. Incluso en el extremo más conservador de ese rango, se trataría de animales de dimensiones colosales si los comparamos con los cefalópodos vivos.

Para ponerlo en contexto, el pulpo gigante del Pacífico, la especie de pulpo de mayor tamaño que habita hoy nuestros océanos, puede llegar a una envergadura de brazos de algo más de 5,5 metros. En cambio, las cifras propuestas para N. haggarti sitúan a estos animales a la altura de los mosasaurios más grandes —reptiles marinos que alcanzaban unos 17 metros— y por encima de muchos plesiosaurios, que rondaban los 12 metros de longitud.

En algunos ejemplares adultos de Nanaimoteuthis, el desgaste llega a eliminar aproximadamente un 10% de la longitud original de la mandíbula. Parte de estos daños está rellena de sedimento, una señal de que se produjeron cuando el animal aún estaba vivo, antes de la fosilización. El entorno donde se depositaron los fósiles hace muy improbable que se trate de simple abrasión durante el transporte por el fondo marino, por lo que la explicación más sencilla es una actividad de alimentación intensa a lo largo de toda la vida.

La clave del estudio no está solo en el tamaño de las mandíbulas, sino en las huellas de desgaste observadas en su superficie. Los investigadores han detectado bordes redondeados, pequeñas fracturas y arañazos que recuerdan mucho a lo que se observa en los picos de cefalópodos actuales que se alimentan de presas con concha o estructura ósea resistente.

Este patrón indica que los pulpos gigantes no se limitaban a capturar animales blandos, sino que trituraban repetidamente conchas y caparazones. Los autores interpretan que su dieta incluiría amonites de concha espiralada, grandes bivalvos, peces óseos y otros cefalópodos, lo que encaja con un estilo de vida de depredador activo y voraz situado en los niveles tróficos superiores.

Este tipo de evidencia, que recuerda al de una herramienta que se desgasta tras años de uso, confirma que las mandíbulas se empleaban de forma muy dinámica para desgarrar, fragmentar y procesar presas resistentes, y no solo como elemento pasivo de sujeción. En otras palabras, los picos de estos pulpos funcionaban como auténticas trituradoras en miniatura.

Los resultados han llevado a los autores del estudio, publicado en Science, a proponer que estos cefalópodos gigantes ocupaban el mismo peldaño ecológico que los grandes vertebrados del Cretácico tardío. En lugar de concebir a los invertebrados como eslabones débiles, el escenario que emerge es el de un océano con varios grupos de superdepredadores compitiendo por recursos similares.

Un depredador comparable al kraken, pero con base científica

Las leyendas del kraken hablaban de un monstruo tentaculado capaz de engullir barcos y marineros, una imagen que durante mucho tiempo se consideró pura fantasía. La nueva investigación sugiere que, si bien no hay pruebas de pulpos derribando embarcaciones, sí existieron animales que, en tamaño y en posición en la cadena alimentaria, se acercan sorprendentemente a aquella criatura imaginaria.

En los océanos del Cretácico tardío, hace aproximadamente entre 100 y 72 millones de años, el consenso científico situaba a mosasaurios, plesiosaurios y grandes tiburones como dueños indiscutibles del mar. Mientras tanto, los invertebrados eran vistos sobre todo como presas que reforzaban sus conchas para resistir la presión de estos vertebrados depredadores.

El papel de Nanaimoteuthis haggarti rompe ese esquema. Con un cuerpo voluminoso pero flexible, largos brazos cargados de ventosas y mandíbulas robustas, estos pulpos gigantes probablemente ocupaban la misma cima ecológica que los grandes reptiles marinos. Si se producían encuentros directos entre ellos es algo que los fósiles aún no permiten confirmar, pero la posibilidad de que un cefalópodo del tamaño de un autobús articulado persiguiera presas de gran porte ya no suena a ciencia ficción.

Los investigadores subrayan que los pulpos no necesitan una boca descomunal para cazar animales grandes; su estrategia se basa en usar los brazos para sujetar y controlar a la presa, mientras el pico va fragmentando las partes comestibles. Este sistema, que ya emplean los pulpos actuales, habría sido llevado al extremo en el caso de las formas gigantes del Cretácico.

Desde el punto de vista evolutivo, los cefalópodos siguieron un camino paralelo al de muchos vertebrados marinos, aunque con soluciones distintas. Mientras los grandes reptiles fueron aligerando sus esqueletos y reduciendo sus armaduras externas para ganar velocidad, los antepasados de estos pulpos perdieron la concha rígida y se convirtieron en animales de cuerpo blando, más rápidos, con mejor visión y mayor capacidad de maniobra. Ambos grupos, sin embargo, convergieron en rasgos similares: gran tamaño, movilidad elevada y mandíbulas poderosas.

Señales de un cerebro complejo en un gigante sin huesos

Uno de los aspectos más llamativos del trabajo es la detección de un desgaste asimétrico en las mandíbulas, más acusado en un lado que en el otro. Este patrón, que se observa de manera consistente en varias piezas, se interpreta como una posible señal de lateralización, es decir, de preferencia por utilizar uno de los lados del cuerpo en determinadas tareas.

En animales actuales, la lateralidad se ha relacionado con sistemas nerviosos más sofisticados y con comportamientos complejos. Los pulpos modernos, por ejemplo, muestran preferencias a la hora de usar uno u otro brazo para manipular objetos, algo que los estudios asocian con su notable inteligencia y su capacidad para resolver problemas.

Los científicos que han revisado el estudio señalan que no se puede medir la inteligencia directamente en un fósil, pero sí inferirla a partir de pistas indirectas como esta. La presencia de lateralización en Nanaimoteuthis sugiere que estos pulpos gigantes no eran simples máquinas de comer, sino animales con un comportamiento probablemente avanzado, con estrategias de caza complejas e incluso con variaciones individuales.

En este sentido, los hallazgos encajan con la imagen que ya se tiene de los pulpos actuales, reconocidos por su capacidad para resolver laberintos, abrir recipientes o utilizar objetos del entorno. La idea de que hace 100 millones de años existían pulpos gigantes e inteligentes obliga a reconsiderar el papel de los invertebrados de cuerpo blando en los ecosistemas marinos antiguos.

El propio desgaste desigual de los picos, combinado con la intensidad de las marcas, refuerza la hipótesis de que estos animales procesaban presas duras de forma repetida y probablemente aplicando patrones de mordida preferentes. Todo ello apunta a un repertorio conductual complejo, muy alejado de la imagen tradicional de los invertebrados como actores pasivos en la historia de la vida.

Una nueva cima para la cadena trófica marina

Durante unos 370 millones de años, la narrativa dominante en paleontología ha sido que los grandes depredadores vertebrados ocupaban sin competencia seria los niveles más elevados de las redes tróficas marinas. Este nuevo trabajo propone que, al menos en el Cretácico tardío, ciertos cefalópodos de tipo “kraken” rompieron ese patrón y se incorporaron a ese nivel superior.

Los autores argumentan que Nanaimoteuthis haggarti y sus parientes alcanzaron tamaños comparables a los de los mayores depredadores vertebrados de su tiempo, y que la combinación de mandíbulas poderosas, brazos largos, cuerpo ligero y alta movilidad les permitió explotar presas muy variadas. En un océano poblado por grandes peces, tiburones, reptiles marinos y abundantes amonites, la competencia por alimento debió de ser intensa.

En este contexto, el aumento de tamaño corporal habría ofrecido ventajas claras: a mayor tamaño, mayor capacidad para manipular y procesar presas grandes, y también para enfrentarse a otros depredadores. Los investigadores no llegan tan lejos como para afirmar una depredación sistemática sobre mosasaurios o plesiosaurios, pero sí sostienen que estos pulpos gigantes compartían con ellos la cúspide del ecosistema.

La propuesta implica una revisión profunda de cómo se entiende la estructura de los ecosistemas marinos cretácicos. Lejos de un esquema simple con vertebrados dominantes e invertebrados subordinados, el escenario que se dibuja es el de mares mucho más complejos y diversos, con múltiples linajes de superdepredadores que llegaron de forma independiente a soluciones evolutivas similares.

Para la comunidad científica europea y española, estos resultados tienen un interés particular porque redefinen el papel de grupos tradicionalmente infravalorados, como los cefalópodos, en la historia de la vida marina. Además, ayudan a contextualizar mejor la evolución de los pulpos modernos, muy abundantes en las aguas del Atlántico y del Mediterráneo, como herederos lejanos de estos gigantes desaparecidos.

Minería digital de fósiles: así se encontró al pulpo de 19 metros

Una parte decisiva del trabajo no tiene que ver solo con la biología del animal, sino con la metodología empleada para localizar las mandíbulas. De las 27 piezas analizadas, una docena no se obtuvo con las técnicas tradicionales de pico y martillo, sino gracias a lo que los autores denominan “minería digital de fósiles”.

Esta técnica combina tomografía de alta resolución —capaz de generar imágenes detalladas del interior de las rocas a escala microscópica— con modelos de inteligencia artificial entrenados para reconocer estructuras orgánicas fosilizadas. El sistema examina grandes volúmenes de datos de imagen en busca de patrones que delaten la presencia de restos animales, como las mandíbulas de pulpo enterradas en la matriz rocosa.

Gracias a este enfoque, el equipo pudo identificar picos que habrían pasado completamente inadvertidos en un examen visual convencional y, además, reconstruirlos en tres dimensiones sin necesidad de extraerlos físicamente de la roca. Esto no solo preserva el material original, sino que permite estudiar con mucha precisión las superficies de desgaste y otras características microscópicas.

El uso de inteligencia artificial en paleontología está empezando a abrir una nueva etapa en el estudio de fósiles difíciles de detectar, especialmente en grupos con escasa preservación como los pulpos y otros invertebrados de cuerpo blando. La historia de este pulpo carnívoro de 19 metros es un buen ejemplo de cómo las herramientas digitales pueden recuperar capítulos enteros de la evolución que, hasta ahora, habían permanecido ocultos en la piedra.

Todo este conjunto de datos —desde el tamaño estimado hasta la dieta, pasando por las señales de lateralidad y el entorno marino en el que vivieron— dibuja el retrato de un auténtico gigante de las profundidades cretácicas: un pulpo carnívoro, potencialmente muy inteligente, que compartió escenario con los grandes reptiles marinos y que obliga a replantear el protagonismo de los invertebrados en los antiguos océanos de la Tierra.

pulpo Dumbo características y hábitat
Artículo relacionado:
Pulpo Dumbo: Explorando su mundo único en las profundidades