La comunidad científica lleva años advirtiendo de que los mares están cambiando a una velocidad sin precedentes. Ahora, un amplio trabajo internacional encabezado por el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC) y la Universidad Nacional de Colombia refuerza esa señal de alarma: el calentamiento crónico de los océanos está asociado a un descenso anual cercano al 20% en la biomasa de peces en amplias zonas del hemisferio norte.
Lejos de tratarse de un fenómeno puntual, los datos muestran una tendencia persistente en aguas del Mediterráneo, Atlántico Norte y Pacífico nororiental, regiones clave para Europa y para la seguridad alimentaria mundial. Aunque algunas poblaciones pueden dispararse temporalmente durante las olas de calor marinas, ese aparente «subidón» es, según los investigadores, un espejismo que puede confundir a los gestores de la pesca si no se interpreta con cautela.
Un calentamiento crónico que vacía lentamente los mares
El estudio se apoya en un conjunto de datos excepcionalmente amplio: 702.037 estimaciones de cambios de biomasa correspondientes a 33.990 poblaciones de peces analizadas entre 1993 y 2021. Mediante registros de campañas de arrastre de fondo, los equipos científicos calcularon cómo evoluciona el peso total de los peces vivos capturados en distintas áreas marinas del hemisferio norte.
Una vez descontado el «ruido» de la variabilidad meteorológica a corto plazo, los autores observaron que el calentamiento sostenido del océano se asocia con un descenso continuado de la biomasa de hasta el 19,8% anual. Esa pérdida repetida año tras año se traduce en una presión constante sobre los ecosistemas marinos del mar Mediterráneo, el Atlántico Norte y el Pacífico nororiental, todas ellas zonas con gran relevancia para las flotas europeas y españolas.
Según detalla el investigador del MNCN Shahar Chaikin, el análisis confirma que, tanto a escala global como local, la tendencia general es de disminución de biomasa conforme suben las temperaturas del agua. O lo que es lo mismo, incluso allí donde se observan repuntes temporales ligados a episodios cálidos, el balance a medio y largo plazo apunta claramente hacia menos peces.
El calentamiento oceánico no actúa de forma aislada. Cambios como la reducción del oxígeno disuelto, la estratificación de la columna de agua y las alteraciones en la productividad influyen en el metabolismo, el crecimiento y la reproducción de multitud de especies. Todo ello contribuye a que la producción de biomasa sea menor y hace que las poblaciones resulten más vulnerables a otros impactos, incluida la pesca intensiva.
Olas de calor marinas: subidones engañosos y desplomes severos
Uno de los aspectos más llamativos del trabajo es cómo describe el impacto desigual de las olas de calor marinas, cada vez más frecuentes y duraderas. El efecto no es el mismo en todas partes ni para todas las especies: algunas poblaciones ganan biomasa y otras sufren pérdidas muy fuertes, en función de su posición respecto a la llamada zona de confort térmico.
Esta «zona de confort» define el rango de temperaturas en el que cada especie crece y se desarrolla mejor. Cuando un episodio extremo de calor empuja el agua por encima de ese umbral en áreas ya cálidas, la respuesta puede ser drástica: la biomasa llega a desplomarse hasta un 43,4% en pocas campañas de muestreo. Para pesquerías costeras del Mediterráneo o de latitudes templadas, esto implica caídas muy bruscas de las capturas potenciales.
En cambio, en los bordes fríos de la distribución de muchas especies, los investigadores observaron el fenómeno opuesto: durante una ola de calor, la biomasa puede aumentar temporalmente y alcanzar repuntes de hasta el 176%. Estas subidas se han detectado en áreas más septentrionales del Atlántico Norte o en zonas frías del Pacífico nororiental, donde las temperaturas adicionales sitúan a las poblaciones más cerca de su rango óptimo.
Ahora bien, el propio equipo deja claro que estos incrementos son transitorios. Si las autoridades aprovechan esos picos para elevar las cuotas de captura sin considerar que se deben a un evento puntual, se corre el riesgo de que, cuando las temperaturas regresen a valores más habituales o cuando el calentamiento de fondo siga avanzando, las poblaciones colapsen al no poder sostener la presión pesquera adicional.
Esta dinámica hace que la lectura de los datos resulte delicada: los aumentos locales durante olas de calor pueden dar la falsa impresión de una recuperación estructural de los recursos, ocultando la tendencia descendente a largo plazo asociada al calentamiento crónico. De ahí que varios expertos insistan en que los repuntes «de temporada» no deben usarse como base para relajarse en la gestión.
Zona de confort térmico y redistribución de especies
El concepto de zona de confort térmico se sitúa en el centro del análisis. Cada especie presenta un rango de temperaturas en el que su metabolismo, tasa de crecimiento y éxito reproductivo funcionan de forma óptima. Al calentarse el agua, las poblaciones tratan de mantenerse dentro de ese rango desplazándose a otras áreas, normalmente hacia latitudes o profundidades más frías.
Este proceso genera una redistribución espacial que ya se está documentando en numerosos sistemas marinos. El estudio señala que parte de los cambios observados en biomasa puede obedecer, no sólo a aumentos o disminuciones reales en la abundancia total, sino también a movimientos de las poblaciones dentro de su área de distribución. Distinguir entre un auténtico descenso de biomasa y un simple desplazamiento geográfico seguirá siendo, según especialistas independientes, un reto científico de primer orden.
Para afinar en esa distinción, varios investigadores apuntan a la utilidad de modelos espaciales avanzados que integren datos oceanográficos, biológicos y pesqueros. Gracias a ellos, sería posible anticipar de forma más realista dónde y cuándo podrían concentrarse las poblaciones a medida que los océanos sigan calentándose, lo que tendría implicaciones directas sobre el diseño de reservas marinas, el reparto de cuotas y la planificación de la flota.
En el contexto europeo, estos desplazamientos ya se dejan notar en especies de interés comercial que se mueven hacia aguas más septentrionales o cambian sus patrones de presencia estacional. Esta realidad complica la tarea de los Estados miembros a la hora de fijar posibilidades de pesca en caladeros compartidos, incluidos los gestionados bajo el paraguas de la política pesquera común.
En paralelo, el calentamiento a largo plazo ejerce una presión negativa constante sobre las poblaciones del Mediterráneo, el Atlántico Norte y el Pacífico nororiental, lo que reduce el margen de maniobra para compensar con medidas de gestión lo que se está perdiendo por efecto del clima. La combinación de desplazamientos y descensos netos de biomasa sitúa a muchas pesquerías en un escenario mucho más incierto que el de décadas anteriores.
Gestión pesquera: cuando los modelos clásicos se quedan viejos
Uno de los mensajes más contundentes de la investigación es que los enfoques tradicionales de gestión pesquera no encajan con la velocidad del cambio climático. Sistemas basados en promedios históricos y en la estabilidad de las poblaciones se ven superados por la rapidez con la que cambian la temperatura del agua, la distribución de los peces y su capacidad de reproducirse.
Para responder a esta nueva realidad, los autores proponen un marco de actuación en tres niveles que combina medidas de choque, estrategias de fondo y cooperación más estrecha entre países. En primer lugar, plantean la necesidad de activar medidas de protección inmediatas cuando se detecten olas de calor marinas intensas, especialmente en los límites cálidos de la distribución de las especies, donde las pérdidas pueden ser más severas.
Estas medidas podrían incluir reducciones temporales de cuotas, cierres espaciales o limitaciones adicionales al esfuerzo de pesca, con el objetivo de dar margen a la recuperación de las poblaciones más afectadas en momentos críticos. La clave, subrayan, es que estas respuestas estén diseñadas de antemano y se puedan aplicar casi en tiempo real cuando se confirme un evento extremo.
En segundo término, el estudio defiende que la gestión sostenible debe incorporar explícitamente el descenso silencioso y continuado de la biomasa derivado del calentamiento crónico. Esto implica ajustar las cuotas y los planes de explotación bajo el supuesto de que, incluso sin episodios extremos, el océano tenderá a producir menos biomasa de peces en las próximas décadas.
El tercer pilar está ligado a la reorganización espacial de las especies: al desplazarse en busca de su rango térmico óptimo, las poblaciones atraviesan fronteras internacionales. De este modo, una especie puede estar reduciéndose claramente en un país mientras parece prosperar en otro, lo que hace que modelos de gestión estáticos y basados en jurisdicciones nacionales resulten obsoletos.
Cooperación internacional y riesgos de sobreexplotación
En un escenario en el que los peces no entienden de fronteras, los investigadores insisten en que la conservación eficaz requiere coordinación internacional y acuerdos conjuntos. De lo contrario, las decisiones tomadas por un solo Estado pueden contradecir los esfuerzos de sus vecinos, especialmente en caladeros compartidos o en alta mar.
El investigador Miguel B. Araújo, también del MNCN-CSIC, subraya que los gestores deben equilibrar con mucha cautela los aumentos localizados con los descensos de largo plazo si no quieren agravar la sobreexplotación. Un auge puntual en una población situada en el borde frío de su rango no debería interpretarse como carta blanca para incrementar capturas indefinidamente, porque esas ganancias se diluyen cuando el calentamiento global continúa.
En la práctica, esto significa que las cuotas pesqueras no pueden fijarse únicamente en función de repuntes recientes de biomasa ligados a olas de calor. Tomar esos datos a corto plazo como referencia para aumentar el esfuerzo de pesca puede conducir al colapso cuando desaparezcan las condiciones que originaron el pico. Varios ejemplos, como el caso de la lubina del Mediterráneo citado por los autores, ilustran cómo una misma especie puede sufrir fuertes pérdidas en aguas meridionales mientras mantiene o incluso incrementa su presencia en zonas más frías como Galicia o la fachada atlántica más al norte.
Frente al avance del calentamiento oceánico, Araújo recalca que la única estrategia sensata pasa por priorizar la resiliencia a largo plazo. Esto implica aceptar que la biomasa disponible tenderá a ser menor y que las reglas del juego de la pesca industrial y artesanal han de adaptarse a esa realidad, integrando escenarios climáticos en las evaluaciones de stock y en los marcos de decisión política.
En última instancia, la coordinación entre países costeros y organizaciones regionales de ordenación pesquera jugará un papel decisivo. Las respuestas fragmentadas o centradas en un solo territorio difícilmente podrán asegurar la sostenibilidad de poblaciones que se desplazan cientos de kilómetros en pocas décadas buscando aguas más adecuadas.
Cambio climático, sobrepesca y políticas públicas
Voces expertas externas al equipo firmante consideran que el trabajo es metodológicamente sólido y coherente con la literatura previa sobre los efectos del calentamiento oceánico en la biomasa de peces. Sin embargo, advierten de un punto delicado: el riesgo de construir una narrativa donde el cambio climático aparezca como única causa de los descensos, dejando en segundo plano la sobreexplotación pesquera.
Organismos internacionales como la FAO llevan tiempo señalando que la proporción de poblaciones sobreexplotadas a escala global sigue aumentando, lo que indica que la presión de pesca continúa siendo un factor determinante en la caída de la biomasa. Para algunos especialistas, la situación actual es el resultado de la superposición de dos crisis: por un lado, décadas de sobrepesca y, por otro, el progresivo calentamiento y desoxigenación de los océanos que agravan todavía más la vulnerabilidad de las especies.
En materia de política pública, el estudio refuerza la idea de que los sistemas de gestión deben volverse mucho más adaptativos al clima. No basta con introducir ajustes puntuales tras cada evento extremo ni con reaccionar sólo cuando se detectan cambios bruscos. Las decisiones sobre cuotas, artes de pesca y esfuerzo total han de incorporar señales de largo plazo y proyecciones climáticas, evitando respuestas impulsivas a incrementos coyunturales.
Expertos en oceanografía y gobernanza marina, como Carlos García-Soto del IEO-CSIC, subrayan la importancia de la coherencia entre ciencia, planificación y marcos de gobierno, especialmente en ecosistemas compartidos o en mar abierto. Ajustar las cuotas únicamente en función de la variabilidad climática, sin abordar la sobrecapacidad de la flota ni reducir el impacto de artes muy agresivas como el arrastre de fondo, probablemente no será suficiente para recuperar las poblaciones.
De cara al futuro, varios especialistas coinciden en que las reformas de gestión deberán integrar de forma simultánea los motores climáticos y los de origen pesquero. Ignorar cualquiera de los dos factores implicaría subestimar la magnitud del problema y diseñar políticas que se queden cortas para detener la pérdida de biomasa en un océano cada vez más cálido y con menos oxígeno disponible.
Todo este cuerpo de evidencia apunta en la misma dirección: en un contexto de calentamiento crónico, los océanos tenderán a sostener menos biomasa de peces y a redistribuirla de manera distinta, lo que obligará a replantear tanto la forma de explotar los recursos como la manera de cooperar entre países y sectores. Lejos de ofrecer soluciones milagrosas, los datos invitan a asumir una gestión más prudente, flexible y basada en la mejor información científica disponible para evitar que la combinación de cambio climático y sobrepesca deje a los mares, y a las comunidades que dependen de ellos, en una situación todavía más frágil.