El mar volvió a recordar que es territorio de imprevisibles. En una inmersión de investigación en la remota isla del Coco, Costa Rica, el biólogo marino mexicano Mauricio Hoyos sufrió un mordisco en la cabeza de un tiburón y, contra todo pronóstico, salió con vida.
El episodio se produjo durante una campaña científica para marcar tiburones y estudiar sus movimientos. El propio Hoyos, de 48 años, relató que la reacción del animal fue instantánea y defensiva, un susto mutuo bajo el agua que acabó con un rescate a contrarreloj.
Ataque durante una inmersión científica
La jornada comenzó como tantas otras: equipo ajustado, controles de rigor y descenso paulatino hasta los 37 metros de profundidad. En ese punto, el equipo detectó un tiburón de Galápagos de unos 2,7 metros, objetivo del programa de marcaje para fines de conservación.
Hoyos apuntó y lanzó una marca que se incrustó en la base de la aleta dorsal del escualo. Fue entonces cuando el animal se giró con rapidez y, en un movimiento seco, se abalanzó sobre el investigador, iniciando un instante crítico que duró apenas segundos.

El instante crítico y la reacción del tiburón
Según narró el científico, el tiburón abrió la boca por completo y llegó a engullir su cabeza durante un segundo. Oyó un crujido que identificó como presión sobre el cráneo y, en cuanto el animal notó el contacto con el hueso, lo soltó y se alejó nadando.
Entre la adrenalina y la falta de visibilidad, Hoyos distinguió la sombra del tiburón alejarse en dos ocasiones. Asegura que, de haber insistido, el resultado habría sido otro. Su lectura es clara: se trató de una respuesta de sorpresa tras el marcaje, no de un ataque depredador.
Heridas, equipo dañado y ascenso controlado
El mordisco dejó múltiples cortes en el cuero cabelludo y la cara; se habló de 27 heridas punzantes y puntos de sutura, además de molestias en la mandíbula. La mascarilla quedó torcida y anegada por agua y sangre, complicando cualquier maniobra. Casos similares de ataque de tiburón en costas turísticas han reavivado el debate sobre seguridad.
Los dientes del tiburón seccionaron las mangueras de aire del equipo, lo que obligó a un ascenso cuidadoso para no agravar el riesgo de descompresión. Con exhalaciones cortas y la mente fría, el científico inició la subida hasta alcanzar la superficie.
Ya en el exterior, compañeros de expedición lo aseguraron al esquife y lo trasladaron a la isla del Coco, donde recibió primeros auxilios por parte del personal del parque antes de ser evacuado a tierra firme. Posteriormente, contó lo sucedido desde un hospital en San José.
Trayectoria y objetivo de la expedición
Hoyos lideraba el equipo en una investigación sobre los corredores migratorios de tiburones a lo largo de una cadena montañosa submarina frente a la isla del Coco, a más de 600 kilómetros del continente. La misión había partido de Costa Rica el 20 de septiembre y el encuentro se produjo en el sexto día de buceo.
Con más de tres décadas de trayectoria, el mexicano ha marcado tiburones blancos, tigre y martillo, además de tiburones ballena. Dirige la organización conservacionista Pelagios Kakunjá, con sede en La Paz (México), y en esta campaña colaboraba con el grupo Fins Attached Marine Research and Conservation.
Alex Antoniou, responsable de Fins Attached, subrayó que la experiencia y templanza de Hoyos marcaron la diferencia: su reacción fue serena y eficaz, una respuesta fruto de conocer el comportamiento de los tiburones y de entrenarse para escenarios extremos.
Comportamiento del tiburón y seguridad en el agua
El equipo interpreta el incidente como un caso de defensa cercana: la hembra marcada no vio llegar al buzo, sintió el pinchazo de la etiqueta y ejecutó un mordisco de advertencia para despejar su espacio. Los tiburones de Galápagos, depredadores ápice, suelen mostrar menos temor a los humanos, lo que facilita el marcaje, pero también exige cautelas adicionales.
La expedición insiste en que el objetivo del estudio es reforzar las medidas de protección frente a la pesca comercial y comprender mejor los movimientos de estas especies clave. La convivencia entre ciencia y vida salvaje implica riesgos; minimizarlo pasa por protocolos estrictos, entrenamiento y respeto por el comportamiento natural de los animales.
El caso de Mauricio Hoyos deja una estampa poderosa: un investigador veterano que, tras un encuentro extraordinario a 37 metros, logró mantener la calma, salvar la vida y aportar información valiosa sobre cómo interactuar con grandes tiburones en contextos de conservación.