Seguro que alguna vez has oído que comer pescado es lo mejor del mundo por los beneficios del omega-3 en peces y las proteínas, pero que hay que andar con ojo por el tema del mercurio. La verdad es que el pescado es un pilar fundamental de la dieta mediterránea y aporta nutrientes que nuestro cuerpo no fabrica solo, pero no todas las especies son iguales. El problema no es el alimento en sí, sino un metal pesado que se cuela en el ecosistema marino y que algunos peces acumulan mucho más que otros.
Para que no te comas la cabeza cada vez que vayas a la pescadería, es importante entender que la clave está en el tamaño y la edad del animal. No es lo mismo una sardina que vive unos pocos años que un tiburón que pasa décadas comiendo otros peces. Si sabemos elegir, podemos disfrutar de todos los beneficios cardiovasculares y cerebrales sin exponernos a riesgos innecesarios, especialmente en etapas críticas como el embarazo o la infancia.
¿Qué es exactamente el metilmercurio y cómo llega al plato?

El mercurio es un elemento que se encuentra en la naturaleza, pero que se vuelve peligroso cuando llega al agua y las bacterias lo transforman en metilmercurio. Esta forma orgánica es la más tóxica porque es lipofílica, lo que significa que se mezcla bien con las grasas y atraviesa fácilmente las barreras biológicas, como la placenta o la barrera hematoencefálica del cerebro.
El proceso ocurre mediante la llamada biomagnificación. Imagina una cadena: el plancton absorbe una pizca de mercurio; un pez pequeño come mucho plancton y acumula ese mercurio; y finalmente, un depredador gigante come miles de peces pequeños. Por eso, los animales que están en la cima de la pirámide alimentaria terminan con concentraciones muchísimo más altas que los que están en la base. A esto se suma que el mercurio no se elimina fácilmente, sino que se queda guardado en los músculos y vísceras del pez.
Los sospechosos habituales: pescados con niveles altos

Cuando hablamos de especies que conviene limitar, nos referimos sobre todo a los grandes depredadores pelágicos. El pez espada y el emperador son probablemente los que más concentraciones presentan, pudiendo alcanzar niveles alarmantes. Del mismo modo, el tiburón (que a veces nos venden como cazón o marrajo) y el atún rojo fresco son peces longevos que acumulan el metal durante décadas.
También hay que tener cuidado con especies de agua dulce como el lucio, que al ser un depredador tope en su entorno, presenta niveles elevados. En general, si el pez es muy grande, vive muchos años y se alimenta de otros peces, hay que moderar su consumo. Es curioso que el atún de lata (especialmente el claro) tenga niveles más bajos que el atún rojo fresco, ya que se suele utilizar ejemplares más jóvenes y pequeños.
Las opciones más seguras para el día a día

La buena noticia es que la mayoría de los pescados que más consumimos en España son muy seguros. Las sardinas, los boquerones y las anchoas están prácticamente libres de riesgos porque son pequeños y tienen un ciclo de vida corto. Estos pescados azules son auténticas bombas de salud y pueden comerse sin restricciones.
El bacalao es un caso interesante; aunque es un pez de tamaño considerable, sus niveles de mercurio son sorprendentemente bajos, lo que lo convierte en una opción excelente para cualquier dieta. También podemos confiar en el salmón, la merluza y los moluscos como mejillones o almejas, que al ser filtradores suelen tener niveles mínimos de metales pesados.
Precauciones especiales para embarazadas y niños

El sistema nervioso de un feto o de un niño pequeño es extremadamente sensible. El metilmercurio puede actuar como una neurotoxina, afectando el desarrollo cerebral y la coordinación motriz. Por ello, la AESAN y otras agencias de salud son muy estrictas: las mujeres embarazadas, las que están planeando el embarazo y las madres lactantes deben evitar totalmente el pez espada, el tiburón, el atún rojo y el lucio.
Para los niños, la recomendación es similar. Hasta los 3 años, nada de los grandes depredadores. Entre los 3 y los 12 años, se puede limitar el consumo a cantidades muy pequeñas (unos 50 gramos a la semana) y evitando mezclar varias especies de riesgo en la misma semana. Para el resto de la población, la recomendación general es mantener una dieta variada con 3 o 4 raciones semanales de pescado, priorizando siempre las especies bajas en mercurio.
Consejos prácticos para reducir la exposición
No hace falta dejar de comer pescado, basta con ser un poco más listos al comprar. Lo más efectivo es variar las especies; si un día comes bacalao, el siguiente ve a por sardinas o merluza. No te cases con un solo tipo de pescado. Otra estrategia es optar por el pescado de acuicultura en especies como el salmón, ya que su alimentación está controlada y suele tener menos contaminantes que el salvaje.
Mucha gente cree que cocinar el pescado a alta temperatura elimina el metal, pero esto es un error: el calor no destruye el mercurio. Lo que sí puede ayudar es retirar la piel y las grasas visibles, ya que el metal tiende a concentrarse en esas zonas. Además, es fascinante saber que el pescado contiene selenio, un mineral que actúa como escudo natural uniéndose al mercurio y reduciendo su toxicidad en nuestro organismo.
Síntomas de intoxicación y riesgos generales
Llegar a intoxicarse por comer pescado es raro si no se consumen cantidades industriales de especies muy contaminadas, pero el exceso de mercurio puede pasar factura a los riñones, los pulmones y el sistema cardiovascular. Los síntomas más comunes de una exposición elevada incluyen temblores, visión borrosa, pérdida de memoria, inestabilidad al caminar y, en casos graves, convulsiones.
Afortunadamente, el cuerpo humano puede eliminar el metilmercurio gradualmente. Se estima que su vida media es de unos 70 u 80 días, por lo que, si hemos tenido una dieta inadecuada, reducir la ingesta de peces grandes hace que los niveles en sangre bajen en cuestión de pocos meses.
Lo más sensato es no caer en el miedo extremo y seguir disfrutando del mar. Al elegir pescados pequeños y variados, y limitar los grandes depredadores, conseguimos el equilibrio perfecto entre nutrición y seguridad. El beneficio de los omega-3 para el corazón y el cerebro es tan potente que no comer pescado sería más arriesgado que comerlo con prudencia.