
La aparición de un tiburón foca en la playa de Luarca, en el concejo asturiano de Valdés, ha convertido un tranquilo amanecer en un auténtico caso de estudio para la biología marina. El animal, un tiburón de aguas profundas muy poco habitual en la costa cantábrica, fue encontrado sin vida sobre la arena, lejos de las tinieblas oceánicas donde pasa prácticamente toda su existencia.
Lo que en un primer momento parecía un simple varamiento se ha transformado en uno de los hallazgos más llamativos de los últimos años en el norte de España, un recordatorio de episodios previos como la polémica en el quiosco. La necropsia practicada al ejemplar no solo ha permitido esclarecer las causas de su muerte, sino que ha sacado a la luz datos excepcionales sobre su reproducción y su anatomía, aportando información valiosa sobre una especie de la que apenas se tienen registros recientes en estas aguas.
De las profundidades del Cantábrico a la arena de Luarca

El protagonista de esta historia pertenece a la especie Centroscymnus coelolepis, conocida popularmente como tiburón foca o tiburón pailona, según estudios sobre la biología de tiburones marinos. Los pescadores le pusieron ese nombre por su aspecto compacto y su forma de desplazarse, que recuerdan vagamente a una foca cuando se observa desde la superficie. Sin embargo, su hábitat real está muy lejos de la orilla: se trata de un tiburón propio de aguas profundas, con registros que lo sitúan a más de 3.500 metros bajo la superficie.
En esas capas abisales, donde reina la oscuridad y la presión es enorme, este tiburón se mueve con una naturalidad que a los humanos nos cuesta imaginar. Según los datos recopilados por especialistas de CEPESMA (Coordinadora para el Estudio y Protección de las Especies Marinas), se han documentado ejemplares a profundidades cercanas a los 3.600 metros, un entorno en el que cada centímetro cuadrado del cuerpo soporta el equivalente a cientos de kilos de presión.
El ejemplar encontrado en Luarca medía alrededor de 1,40-1,45 metros y pesaba en torno a 18-30 kilos, cifras coherentes con un individuo adulto de esta especie. A simple vista no presentaba signos evidentes de capturas recientes ni grandes traumatismos externos, lo que en un primer momento hizo pensar en una posible muerte natural, algo que en esa primera fase no se descartaba.
Sin embargo, la rareza del hallazgo era evidente. El tiburón foca fue antaño relativamente común en el Mar Cantábrico y en el Atlántico europeo, especialmente hasta mediados del siglo XX. Se capturaba con cierta frecuencia, aunque su principal interés comercial se centraba en el hígado, rico en grasas aprovechadas para aceite. Hoy, en cambio, su presencia en estas aguas se considera casi anecdótica; muchos expertos hablan ya de una especie prácticamente desaparecida del entorno cantábrico y de los retos para la conservación de especies marinas en España.
Para los equipos científicos, que llevan años alertando de la regresión de numerosas especies de aguas profundas, que un ejemplar de estas características acabe varado en una playa asturiana es poco menos que un regalo inesperado, pese a la paradoja de que llegue a sus manos ya sin vida.
Un tiburón adaptado a descansar en el fondo marino

Más allá del impacto mediático del hallazgo, el tiburón foca de Luarca ilustra a la perfección hasta qué punto la evolución ha moldeado a los habitantes de las profundidades. Este elasmobranquio ostentó durante años el récord de tiburón localizado a mayor profundidad, con registros de hasta 3.675 metros. Allí abajo, no solo nada: también se posa sobre el fondo marino, algo poco habitual entre los tiburones.
Esta capacidad de “tumbarse” en el lecho oceánico se debe a una combinación de rasgos anatómicos. El animal presenta un vientre relativamente plano y zonas de la piel desgastadas a ambos lados del cuerpo, como si fueran “marcas de roce” con los sedimentos. Esas franjas, apreciadas claramente en el ejemplar de Luarca, encajan con la idea de un tiburón que pasa buena parte del tiempo apoyado en fondos arenosos o limosos.
Otro elemento clave son los espiráculos, dos orificios situados por encima de los ojos que permiten que el agua llegue hasta las branquias sin necesidad de que el tiburón mantenga la boca abierta o esté nadando constantemente. Gracias a esta adaptación, el animal puede respirar aun cuando permanece inmóvil en el fondo, evitando levantar sedimentos que enturbiarían el entorno y le restarían capacidad para detectar presas.
Los ojos, sorprendentemente próximos al hocico, también reflejan esa vida en penumbra y en ambientes de gran presión. Aunque la luz apenas llega a esas profundidades, la combinación de una vista especializada y otros sentidos químicos y mecánicos le permite localizar alimento y orientarse en un entorno donde los referentes visuales prácticamente desaparecen.
Esa anatomía extrema, que en superficie puede parecer extraña, es la que llevó a Luis Laria, presidente de CEPESMA y responsable de la recogida del ejemplar, a referirse a este tiburón como “un ser increíble” en los vídeos divulgativos difundidos en redes sociales. No es solo una licencia retórica: para explicar a los más pequeños qué significa vivir con la presión de miles de metros de agua encima, los expertos recurren a comparaciones sencillas, como imaginar cientos de kilos apoyados en cada centímetro cuadrado del cuerpo.
La necropsia: una hembra en plena gestación y un hallazgo excepcional
Una vez trasladado el animal, un equipo formado por Luis Laria y los veterinarios Susana Echevarría y Miguel Fernández, de la Clínica Veterinaria Michel, llevó a cabo una necropsia detallada para aclarar qué había sucedido y aprovechar al máximo la oportunidad de estudiar la especie. El examen interno de este tiburón foca reveló un dato que nadie esperaba: se trataba de una hembra en pleno proceso reproductivo.
Al abrir la cavidad abdominal, tras superar la rugosa piel que Laria describió como similar a “un papel de lija”, los especialistas localizaron 12 huevos de unos 7 centímetros de diámetro, cada uno con un pequeño embrión de tiburón en su interior. El tamaño de los huevos era comparable al de pelotas de tenis, lo que da una idea del volumen que ocupaban dentro del cuerpo de la madre.
Además de esos 12 huevos bien desarrollados, se encontraron otros 9 en fases tempranas de formación, de tamaño similar al de canicas. En conjunto, el paquete reproductor rondaba los 2 kilos de peso, es decir, más de una décima parte del peso total del animal. Para una especie ya de por sí escasa, topar con una hembra gestante en este estado supone una oportunidad única de recopilar información sobre su ciclo vital.
El tiburón foca es una especie ovovivípara: los huevos se desarrollan dentro del útero de la madre, donde permanecen hasta que eclosionan. Las crías, por tanto, no se depositan en el fondo como sucede con otros peces, sino que son expulsadas al mar ya formadas, aunque todavía de pequeño tamaño y con una supervivencia complicada. Se calcula que esta especie puede alumbrar entre 3 y 22 crías por camada, aunque la tasa de éxito real en la naturaleza es difícil de conocer.
En el caso de Luarca, las crías no llegaron a ver la luz. Los 12 embriones localizados, de entre 1 y 2 centímetros de longitud, se encontraban sin vida dentro de los huevos. La escena, más allá del impacto visual, es tremendamente ilustrativa: un solo individuo representa al mismo tiempo la pérdida de una madre y de toda una futura progenie en una especie que ya muestra claros signos de regresión.
La causa de la muerte: un anzuelo y una hemorragia interna
Durante las primeras horas tras el hallazgo se manejaron diversas hipótesis, incluidas posibles causas naturales o efectos indirectos de la contaminación profunda. No en vano, desde hace años se sabe que plásticos, microplásticos y nanoplásticos han alcanzado incluso las capas más profundas del océano y pueden afectar a la fauna abisal a través de la cadena alimentaria.
No obstante, la necropsia exhaustiva del sistema digestivo terminó por inclinar la balanza hacia una explicación mucho más concreta. Los especialistas detectaron un desgarro de unos 3,5 centímetros en el esófago, acompañado de abundante sangre tanto en la cavidad interna como en la boca del animal y en la arena donde había aparecido varado.
Según el diagnóstico explicado por Laria, las características de la lesión son compatibles con la ingestión de un anzuelo, probablemente asociado a una línea de palangre u otro arte de pesca de fondo. El escenario reconstruido apunta a que el tiburón habría mordido el cebo, tragando el anzuelo, y que, al notar el tirón, se revolvió con brusquedad hasta conseguir soltarse.
Ese intento de liberarse habría tenido un coste letal: al salir, el anzuelo habría rasgado el esófago, provocando una hemorragia interna masiva. En un animal ya exigido por la gestación y acostumbrado a vivir a gran profundidad, una lesión de este tipo puede ser definitiva. Desorientado, debilitado y sangrando, habría ido perdiendo fuerza hasta acabar arrastrado por las corrientes hacia la línea de costa de Luarca.
Desde el primer momento, los especialistas descartaron la presencia de plásticos u otros residuos dentro del tracto digestivo, lo que refuerza la hipótesis del accidente con artes de pesca. Aun así, el equipo insiste en que la presión humana sobre los ecosistemas marinos es múltiple: a las capturas accidentales se suman la degradación del hábitat, la contaminación química y la alteración de las cadenas tróficas.
Un hígado descomunal y una historia de sobrepesca
El análisis anatómico del tiburón foca de Luarca también ha servido para recordar por qué esta especie fue objeto de una explotación tan intensa en el pasado. Uno de los datos que más ha llamado la atención es el peso de su hígado, un órgano que en los tiburones de aguas profundas cumple una doble función: actuar como reserva energética y ayudar en la flotabilidad.
En el ejemplar estudiado, el hígado alcanzaba alrededor de 5 kilos de peso, es decir, cerca de una tercera parte del peso total del animal. En otros análisis anatómicos se han manejado cifras de hasta un 27-30 % del peso corporal concentrado en este órgano. Para la industria pesquera del siglo pasado, esa masa de tejido graso suponía una fuente muy apreciada de aceite y compuestos ricos en ácidos grasos, lo que llevó a capturas masivas de la especie en diversos puntos del Atlántico Norte, el Pacífico y zonas de Europa y África.
En el entorno del Mar Cantábrico, los pescadores conocían bien a este tiburón. Hasta la década de 1960 no era raro que apareciera en las redes, aunque nunca alcanzó el valor comercial de otros grandes depredadores. Con el tiempo, el descenso en el número de ejemplares fue tan acusado que la especie prácticamente desapareció de las capturas habituales, hasta convertirse en un pez cada vez más esquivo incluso para quienes faenan a grandes profundidades.
Hoy ya no se considera una especie de interés pesquero comercial en España ni en buena parte de Europa, pero las poblaciones no se han recuperado al ritmo esperado. La baja tasa reproductiva, la vulnerabilidad de las crías y el impacto acumulado de décadas de sobrepesca explican que un solo varamiento, como el de Luarca, tenga una relevancia científica tan grande.
Para CEPESMA y otros colectivos dedicados a la conservación marina, este caso sirve para recordar que los efectos de la pesca intensiva no se circunscriben a las especies más conocidas. Muchos tiburones de aguas profundas han sido históricamente los grandes olvidados de la gestión pesquera, pese a que sus características biológicas —crecimiento lento, madurez tardía y pocas crías— los hacen especialmente sensibles a las capturas excesivas; por eso la biodiversidad y conservación son cuestiones clave.
El tiburón foca de Luarca se ha convertido, así, en un símbolo de esa fauna discreta que habita más allá del alcance de la vista humana, pero que sufre igualmente las consecuencias de la actividad en superficie.
De la morgue al museo: divulgación y ciencia a partir de un varamiento
Lejos de limitarse a la necropsia, el equipo de CEPESMA ha planteado conservar el ejemplar con fines divulgativos. La intención es que, una vez completados los trabajos de preparación, el cuerpo del tiburón foca se exponga temporalmente en el Parque de la Vida, una instalación de carácter científico y educativo situada en el concejo de Valdés.
El objetivo es doble. Por un lado, mostrar al público la anatomía de un pez abisal que raramente se ve fuera de los libros o los documentales. Por otro, aprovechar el impacto del hallazgo para reforzar mensajes sobre la necesidad de conservar los ecosistemas marinos. Poder observar de cerca los huevos, el hígado y la estructura corporal de un animal así ayuda a entender mejor su fragilidad y a poner rostro —o, en este caso, morro— a conceptos que a menudo suenan abstractos.
El interés despertado por el caso ha ido mucho más allá del ámbito local. Los vídeos difundidos por Luis Laria en redes sociales, en los que explicaba el hallazgo y mostraba parte del proceso de necropsia, superaron en pocas horas las 170.000 visualizaciones. Desde distintos países llegaron preguntas sobre el estado de los huevos, la localización exacta del varamiento y la situación actual de la especie.
Esa respuesta masiva demuestra que existe una curiosidad creciente por la vida en las profundidades y por el impacto de nuestras actividades en lugares que, a priori, parecen alejados de todo. Aprovechar ese interés para explicar conceptos como la presión oceánica, la contaminación invisible o la sobrepesca es, para entidades como CEPESMA, una parte fundamental de su labor.
A ello se suma el componente emocional. Para muchos vecinos de Luarca, ver un tiburón de aguas profundas sobre la arena de una playa familiar supone un choque entre dos mundos: el litoral cotidiano y las zonas abisales que casi nadie imagina tan cerca. Ese contraste, bien gestionado desde la divulgación, puede convertirse en una herramienta muy potente de concienciación ambiental.
El caso del tiburón foca varado en Luarca reúne en un solo episodio muchos de los retos a los que se enfrenta hoy la conservación marina: una especie poco conocida y en declive, una muerte vinculada con artes de pesca, una hembra gestante perdida junto a toda su futura descendencia y, al mismo tiempo, una oportunidad única de investigar y divulgar. Lo que empezó como una imagen desconcertante en la orilla se ha transformado en una pieza clave para entender mejor cómo viven, se reproducen y mueren los habitantes de las grandes profundidades del Cantábrico, y hasta qué punto nuestras decisiones en superficie acaban dejando huella a miles de metros bajo el mar.