En las últimas dos décadas, Canarias se ha consolidado como un punto caliente europeo para la ciguatera asociada al consumo de pescado. Lo que antes se consideraba un problema típico de regiones tropicales se ha asentado en el Archipiélago, obligando a las autoridades sanitarias y pesqueras a extremar la vigilancia sobre determinadas especies muy presentes en la mesa canaria.
Los estudios coordinados por la Dirección General de Salud Pública del Gobierno de Canarias y la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (ULPGC) señalan que el medregal y el mero son las especies de pescado con mayor impacto de la ciguatera en Canarias, tanto por número de brotes como por volumen de ejemplares con toxina detectada. Aun así, se han descrito episodios asociados a otros peces que, hasta ahora, ni siquiera figuraban en los programas oficiales de control.
Ciguatera en Canarias: un problema ya asentado
Desde que se identificaron los primeros casos en el Archipiélago, la ciguatera se ha convertido en la intoxicación alimentaria no bacteriana más frecuente vinculada al consumo de pescado en Canarias. Entre 2008 y 2025 se han documentado 28 brotes en las Islas, lo que supone prácticamente uno al año, con algo más de 150 personas afectadas en ese periodo.

Aunque las cifras puedan parecer modestas si se comparan con otras intoxicaciones, los expertos subrayan que la gravedad de los síntomas y la persistencia de la toxina hacen que sea un asunto a tomar muy en serio. La ciguatera no se elimina con cocción, congelación ni salazón; una vez que el pescado está contaminado, el riesgo de intoxicación se mantiene intacto.
En muchos de estos episodios, los casos se han producido fuera del circuito de la pesca profesional, vinculados a capturas recreativas o intercambios informales de pescado. Este factor supone un reto adicional para la sanidad pública, porque escapa de los controles sistemáticos que se aplican en la comercialización oficial.
Qué peces concentran el mayor impacto de la ciguatera
Los datos de vigilancia confirman que dos especies destacan claramente por presencia de ciguatoxinas y número de brotes asociados: el medregal (Seriola spp.) y el mero (Epinephelus spp.). Son peces depredadores de talla media y grande, habituales en las aguas del Archipiélago y muy apreciados en la gastronomía local, tanto en hogares como en restauración.
Según los registros de Salud Pública de Canarias, solo en 2024 se identificaron 348 ejemplares de medregal positivos a ciguatoxina y 187 meros con presencia de la toxina. Aunque existen otros peces sometidos a seguimiento, como el pejerrey (Pomatomus saltatrix), el peto (Acanthoocybium solandri) o el abade (Mycteroperca fusca), el número de casos positivos en estas especies es muy inferior, en parte porque también se capturan y analizan en menor cantidad.
La relación entre tamaño del pez y riesgo de ciguatera es un punto clave: los ejemplares grandes, situados en la cima de la cadena trófica, acumulan más toxina al alimentarse de otros peces ya contaminados. Por ello, históricamente se han fijado umbrales de peso a partir de los cuales se obliga al análisis de determinadas especies, como ocurría con los meros de más de 15 kilos, un límite que se ha ido reduciendo (hasta cerca de los 7 kilos) conforme se generaba nueva evidencia científica.
Brotes causados por especies fuera del programa de control

Pese a que el foco principal se sitúa en medregales y meros, los investigadores han detectado al menos cuatro brotes de ciguatera entre 2008 y 2025 causados por especies que no figuraban en el Programa de Control de Ciguatoxina. Este dato ha encendido las alarmas, porque indica que el listado de especies vigiladas puede no ser suficiente para abarcar todo el riesgo real.
El caso más citado es el brote producido tras el consumo de una bicuda o picuda (Sphyraena viridensis) de unos 2 kilogramos, adquirida en un supermercado de Fuerteventura. La bicuda, similar a las barracudas tropicales, no estaba incluida en los controles obligatorios, pero el episodio demostró que también puede acumular cantidades peligrosas de ciguatoxina.
Este y otros episodios han llevado a los equipos de Epidemiología y Prevención a insistir en que el programa de vigilancia debe ser dinámico, actualizándose a medida que se confirman nuevos hallazgos. De hecho, los criterios que maneja la Dirección General de Pesca se revisan con regularidad, incorporando nueva información sobre especies, tallas y zonas de captura con evidencias de toxina.
La situación evidencia que el riesgo no se limita a un pequeño grupo de peces grandes, sino que otras especies de interés pesquero pueden verse afectadas si se dan las condiciones ambientales y ecológicas adecuadas para la proliferación de las microalgas productoras de ciguatoxinas.
Cómo se produce la ciguatera y por qué afecta más a ciertos peces
La ciguatera está causada por un conjunto de toxinas —las ciguatoxinas— producidas por ciertas microalgas bentónicas, especialmente del género Gambierdiscus. Estas algas crecen sobre fondos marinos, rocas o macroalgas, y son ingeridas por peces herbívoros o por invertebrados marinos. A partir de ahí, la toxina se va concentrando a medida que subimos en la cadena alimentaria.

Los peces pequeños pueden presentar niveles suficientes de ciguatoxina como para causar un cuadro de intoxicación, pero el riesgo se dispara en los ejemplares de mayor tamaño, que se alimentan de presas previamente contaminadas. Esto explica que especies como el medregal o el mero, depredadores de media y gran talla habituales en aguas canarias, estén tan estrechamente ligadas a la ciguatera en el Archipiélago.
Una característica que complica la gestión del problema es que no hay forma fiable de detectar a simple vista si un pez está contaminado. No cambia de olor, ni de color, ni de textura, y la toxina es estable al calor y al frío. Tampoco existe, de momento, una prueba rápida comercial ampliamente implantada que pueda usar cualquier pescador en puerto o en una cofradía sin recurrir a un laboratorio especializado.
En cuanto a la salud humana, la ciguatera puede provocar síntomas gastrointestinales (vómitos, diarrea), alteraciones cardiovasculares y problemas neurológicos y sensoriales que, en algunos casos, se prolongan durante semanas o incluso meses. Esa persistencia, unida a la imposibilidad de eliminar la toxina mediante procesado del pescado, hace que las autoridades la consideren un riesgo alimentario de especial relevancia.
El papel del IUSA y los programas de vigilancia en Canarias
Desde 2012, el Instituto de Sanidad Animal y Seguridad Alimentaria (IUSA), adscrito a la ULPGC, funciona como laboratorio de referencia regional para la ciguatera en Canarias. Su trabajo principal consiste en analizar muestras de pescado sospechoso, tanto procedente de la pesca profesional como de capturas recreativas, para evitar que ejemplares contaminados lleguen al consumidor.
Los controles oficiales se centran en puntos clave de la cadena alimentaria, especialmente en lonjas y primeras ventas, donde se decide si un lote de pescado puede comercializarse o debe retirarse por la presencia de toxina. Cuando se confirma un positivo, se rastrea el origen de la captura y se aplican medidas de gestión y comunicación, reduciendo así la probabilidad de que se produzca un brote.
Las autoridades insisten en que, a pesar de los casos documentados, el sistema de vigilancia temprana ha demostrado ser eficaz. El hecho de que se hayan registrado solo 28 brotes en 17 años se interpreta como una señal de que los controles sobre la pesca comercial funcionan razonablemente bien, especialmente si se tiene en cuenta el volumen de pescado que se mueve en Canarias cada año.
Sin embargo, existe un eslabón más débil: la pesca recreativa y las ventas informales. Muchos de los brotes recientes se han relacionado con piezas obtenidas por particulares, a veces vendidas sin control a pequeños bares, tascas o guachinches. En estos casos, además del problema de salud pública, puede haber consecuencias legales graves para quienes distribuyen pescado contaminado fuera de los cauces oficiales.
Para minimizar este riesgo, el IUSA ofrece análisis gratuitos de ciguatoxina a pescadores y particulares, que solo deben encargarse del transporte y la logística de las muestras. La recomendación es clara: si hay dudas sobre el tamaño o la especie de un pez capturado, es preferible analizarlo antes de consumirlo o comercializarlo.
Impacto económico de las especies más afectadas
La gestión de la ciguatera en Canarias se complica por el fuerte peso económico de las especies más implicadas. Medregales y meros figuran entre los veinte pescados que más facturación generan en el Archipiélago, de modo que cualquier medida restrictiva tiene un efecto directo sobre las cofradías, la flota artesanal y el sector hostelero.
Los datos de la Dirección General de Pesca del Gobierno de Canarias apuntan a que, solo en lo que va de 2025, las capturas de medregal han superado los 500.000 euros de valor en primera venta, situando a esta especie en torno al puesto once del ranking económico de más de 160 especies registradas. El mero, por su parte, ronda los 300.000 euros, alrededor del puesto diecisiete en la misma lista.
A diferencia de otros territorios donde se ha optado por prohibir por completo la comercialización o el consumo de ciertas especies de alto riesgo, en Canarias las autoridades tratan de encontrar un equilibrio entre salud pública y sostenibilidad económica. De momento, la hoja de ruta se basa en ampliar y afinar los controles, restringir por talla y zona de captura en lugar de vetar especies enteras, y reforzar la formación de profesionales sanitarios y del sector pesquero.
Este equilibrio es delicado: por un lado, no se puede ignorar el riesgo de ciguatera; por otro, un cierre total de la pesca de medregal o mero tendría consecuencias muy severas para muchas familias que dependen de estas capturas. De ahí que los programas se estén diseñando de forma progresiva, ajustando límites y listas de especies a medida que se dispone de nuevos datos.
Un problema emergente que puede extenderse más allá de Canarias
La experiencia canaria no solo preocupa en el ámbito regional, sino que se observa con atención desde otras zonas de Europa. La presencia de ciguatera en el Archipiélago y en regiones cercanas, como Madeira, se interpreta como un posible indicador de cambios ambientales y climáticos que favorecen la expansión de las microalgas productoras de toxina.
Expertos del servicio de Calidad Alimentaria de la Dirección General de Salud Pública recuerdan que, hace apenas tres décadas, la ciguatera ni siquiera existía en el Archipiélago y hoy es un riesgo estable y conocido. En el Mediterráneo ya se han detectado microalgas relacionadas con la ciguatera, lo que alimenta la hipótesis de que la toxina podría extenderse a nuevas áreas costeras europeas en los próximos años si se mantienen las condiciones favorables.
Mientras tanto, en Canarias se trabaja no solo en mantener la vigilancia, sino también en desarrollar métodos de detección más rápidos y específicos. Una de las líneas de investigación en marcha busca crear tests rápidos adaptados a la variante de ciguatoxina presente en las Islas, diferente de la que se encuentra en otras regiones tropicales del planeta.
Contar con una prueba rápida y fiable permitiría agilizar enormemente las decisiones en puerto y en lonjas, evitando que partidas sospechosas se mezclen con otras y liberando con mayor rapidez los lotes seguros. Sería, además, una herramienta útil para la pesca recreativa, donde actualmente el acceso al control depende casi por completo del envío voluntario de muestras a laboratorios especializados.
Determinadas especies de pescado, especialmente medregal y mero, concentran el mayor impacto de la ciguatera en Canarias, tanto por toxicidad como por importancia económica y social. Los brotes asociados a peces fuera del programa de control demuestran que el listado de especies de riesgo debe seguir actualizándose, mientras que el trabajo del IUSA y de las autoridades sanitarias ha permitido contener el número de episodios en niveles relativamente bajos. Con un escenario ambiental cambiante y una posible expansión hacia otras zonas como el Mediterráneo, mantener y mejorar los sistemas de vigilancia, la formación sanitaria y la información a la población será clave para seguir disfrutando del pescado con garantías en las Islas y en el resto de Europa.