Grandes peces oceánicos en riesgo por el calentamiento de los mares

  • Los grandes peces mesotérmicos, como atunes y tiburones, afrontan un alto riesgo de sobrecalentamiento por el aumento de la temperatura del mar.
  • Una nueva técnica permite estimar su demanda metabólica a partir del tamaño corporal y la estrategia térmica.
  • El estudio ofrece una posible explicación a la extinción de gigantes marinos como el megalodón.
  • Los resultados son clave para la conservación marina y la gestión pesquera en un contexto de cambio climático.

grandes peces oceanicos en riesgo por el calentamiento de los mares

Los grandes peces oceánicos que dominan la parte alta de la cadena trófica, como atunes y tiburones, se encuentran en una situación cada vez más delicada a medida que los mares se calientan. Un trabajo científico reciente ha vuelto a poner el foco en cómo el aumento de la temperatura del agua está estrechando su margen de supervivencia.

La investigación, publicada en la revista Science y con la participación de la Universidad de Granada, alerta de que estos grandes depredadores marinos necesitan cantidades enormes de energía para mantenerse activos y que, al mismo tiempo, tienen crecientes dificultades para disipar el calor que generan. Esta combinación los sitúa frente a un riesgo elevado de sobrecalentamiento y podría forzar importantes cambios en su distribución por los océanos, incluidos los que bañan Europa.

Qué son los peces mesotérmicos y por qué son tan vulnerables

El estudio distingue con claridad entre dos grandes tipos de peces según su relación con la temperatura: los ectotermos estrictos, cuya temperatura corporal depende casi por completo de la del agua, y los mesotermos, capaces de producir y retener parte de su propio calor interno. En este segundo grupo se encuentran algunas de las especies marinas más conocidas y voluminosas.

Entre los mesotermos se incluyen atunes, tiburones blancos, tiburones peregrinos o el tiburón ballena, grandes depredadores o filtradores que, por su tamaño, requieren un suministro continuo de energía. Su ventaja evolutiva —poder mantenerse relativamente calientes y activos en aguas frías— se convierte ahora en un posible punto débil cuando el océano se recalienta.

El trabajo detalla que, para individuos de tamaño similar, los peces mesotérmicos consumen mucha más energía que los ectotermos y, además, les cuesta más deshacerse del calor que producen. Ese desequilibrio energético y térmico se agrava conforme aumentan de tamaño, lo que empuja a las especies más grandes a una situación de especial fragilidad frente al cambio climático.

Los autores subrayan que estos grandes peces oceánicos actúan como indicadores muy sensibles del impacto del calentamiento global en los mares. Si sus poblaciones se ven comprometidas, las consecuencias pueden extenderse rápidamente al resto del ecosistema, con efectos en cascada sobre presas, competidores y, en último término, sobre la pesca comercial.

La técnica que permite medir lo que antes era casi imposible

Uno de los avances centrales del estudio es el desarrollo de una técnica innovadora para estimar la demanda metabólica de una amplia variedad de peces óseos y cartilaginosos. Hasta ahora, medir directamente la tasa metabólica de muchos grandes depredadores marinos en laboratorio era poco realista o directamente inviable.

El equipo internacional, en el que participa el investigador Ignacio Peralta Maraver, de la Universidad de Granada, ha diseñado y validado un modelo que combina el tamaño corporal de cada especie con su estrategia térmica. Con estos parámetros, son capaces de calcular cuánta energía necesitan y qué capacidad real tienen para disipar el calor que producen.

Gracias a estas estimaciones, los científicos pueden incluir en sus análisis especies de gran tamaño que rara vez se estudian en condiciones controladas, como varios tipos de tiburones o grandes túnidos. Esta herramienta abre la puerta a anticipar cómo responderán estas poblaciones a diferentes escenarios de calentamiento oceánico.

Los resultados muestran que el modelo reproduce con bastante precisión la distribución actual de los grandes peces marinos a escala global. Es decir, los lugares donde hoy se concentran estos animales coinciden con las zonas donde, según sus cálculos, el balance entre generación y pérdida de calor todavía les resulta asumible.

Mayor tamaño, más calor: el cuello de botella térmico

Una de las conclusiones más llamativas del estudio es que, conforme los peces mesotérmicos crecen, generan calor más deprisa de lo que son capaces de expulsarlo. Este desajuste se traduce en un riesgo creciente de sobrecalentamiento interno, sobre todo en aguas que ya son cálidas de por sí.

Esta limitación explica por qué muchas de estas especies, incluidas algunas poblaciones de atunes del Atlántico y tiburones presentes en aguas europeas, tienden a concentrarse en regiones frías, latitudes altas o zonas profundas. En esos entornos, la temperatura del agua les facilita mantener a raya ese exceso de calor y sostener su elevado gasto energético.

El modelo desarrollado por los investigadores sugiere que, a medida que el océano siga calentándose, muchas especies podrían verse forzadas a desplazarse aún más hacia aguas frías o a profundidades mayores en busca de condiciones tolerables. Este movimiento no sólo alteraría los ecosistemas, sino también las pesquerías que dependen de ellas en el Atlántico noreste y el Mediterráneo.

Según el estudio, este “cuello de botella térmico” no sólo determina dónde pueden vivir los grandes peces hoy, sino que también ayuda a entender por qué existen límites al tamaño máximo que pueden alcanzar. Más allá de ciertos umbrales, la combinación de calor interno, temperatura del agua y necesidad energética deja de ser sostenible.

El megalodón y las extinciones marinas del pasado

El trabajo va un paso más allá al plantear una explicación fisiológica a extinciones marinas ocurridas hace millones de años. Los autores proponen que gigantes prehistóricos como el megalodón pudieron verse atrapados en una situación insalvable de exceso de calor y falta de energía disponible.

Según esta hipótesis, estos grandes depredadores combinaban una altísima demanda energética con una capacidad limitada para disipar el calor. Cuando cambiaron las condiciones del océano —ya fuera por variaciones climáticas globales, alteraciones en las corrientes o modificaciones en las redes tróficas—, sus márgenes fisiológicos se habrían estrechado hasta el punto de volverse inviables.

Este enfoque conecta de manera directa la fisiología de las especies, su distribución geográfica y su riesgo de extinción. Más que ver las extinciones como episodios aislados, el estudio las interpreta como el resultado de un encaje cada vez más forzado entre las características biológicas de los animales y el entorno en el que viven.

En el caso del megalodón, esta lectura apunta a que el calentamiento y otros cambios oceanográficos pudieron empujar a la especie más allá de sus límites térmicos, del mismo modo que el actual cambio climático amenaza con llevar a varias especies de grandes peces contemporáneos a escenarios críticos si no se reducen las presiones adicionales, como la sobrepesca.

Implicaciones para la conservación marina y la pesca en un océano que se calienta

Las conclusiones del estudio no se quedan en el terreno teórico. Sus autores subrayan que sus resultados permiten anticipar qué especies serán más vulnerables al calentamiento oceánico y en qué regiones es más probable que se produzcan cambios bruscos en su distribución.

Para Europa y países como España, con una importante flota dedicada a la pesca de atunes y otros grandes pelágicos, esta información resulta especialmente relevante. Prever desplazamientos hacia aguas más frías, tanto en el Atlántico como en otros caladeros, puede marcar la diferencia a la hora de planificar la gestión a medio y largo plazo.

Los investigadores proponen que las estrategias de conservación y las políticas pesqueras incorporen criterios fisiológicos y térmicos, y no sólo datos históricos de capturas o presencia. De este modo, se podrían diseñar áreas marinas protegidas o medidas de esfuerzo pesquero que tengan en cuenta cómo va a cambiar la distribución de estas especies con cada escenario de calentamiento.

El trabajo también recalca la necesidad de reforzar la protección de especies icónicas como el tiburón blanco, el tiburón peregrino, los atunes o el tiburón ballena, que ya se enfrentan a amenazas como la sobrepesca, la captura accidental o la degradación de hábitats. Si a todo ello se suma el estrés térmico, el riesgo de colapsos poblacionales aumenta de forma considerable.

En conjunto, la investigación pone de manifiesto que el calentamiento de los mares puede reconfigurar profundamente la estructura de los ecosistemas oceánicos, desde los grandes depredadores hasta los niveles tróficos inferiores. Para la ciencia, la conservación y el sector pesquero, entender este nuevo escenario ya no es opcional, sino una necesidad urgente para anticiparse a cambios que, en muchos casos, ya han comenzado.

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