Historia de la pesca marítima: de la supervivencia al reto sostenible

  • La pesca ha acompañado a la humanidad desde la Prehistoria, pasando de capturas a mano y anzuelos de hueso a complejas flotas industriales.
  • Las civilizaciones antiguas, los balleneros vascos y las comunidades costeras modernas muestran el peso económico y cultural de la pesca.
  • La sobrepesca, la tecnología y la expansión de la flota en el siglo XX han tensionado al límite los ecosistemas marinos.
  • El futuro de la pesca pasa por la sostenibilidad: cuotas, áreas protegidas, pesca responsable y acuicultura bien gestionada.

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La historia de la pesca marítima es, en realidad, la historia de cómo los seres humanos hemos aprendido a convivir con ríos, lagos y mares para poder alimentarnos, comerciar y, con el tiempo, disfrutar de uno de los deportes más populares, la pesca deportiva, del planeta. Desde las primeras capturas a mano en aguas poco profundas hasta los enormes arrastreros modernos, el camino ha estado lleno de ingenio, progreso… y también de impactos ambientales que hoy obligan a replantear muchas cosas.

A lo largo de miles de años, la pesca ha pasado de ser una actividad de pura supervivencia a convertirse en una pieza clave de la economía mundial, un símbolo cultural para muchas comunidades costeras y un pasatiempo que engancha a millones de aficionados. Entender cómo hemos llegado hasta aquí implica mirar a la Prehistoria, pasear por el Nilo y el Mediterráneo, viajar a Terranova con los balleneros vascos, subir a los grandes barcos industriales del siglo XX y, finalmente, preguntarnos qué pesca queremos para el futuro.

De la Prehistoria a las primeras civilizaciones: cuando pescar era vivir

Mucho antes de que alguien pensara en cañas de fibra o en sonar, nuestros antepasados ya recurrían al agua para conseguir alimento. En los primeros tiempos, la pesca era una actividad extremadamente rudimentaria: los humanos se acercaban a orillas poco profundas y capturaban peces, cangrejos y bivalvos directamente con las manos, aprovechando charcas, mareas bajas y pequeños cursos de agua.

Este método, como es fácil imaginar, tenía sus riesgos. Algunos peces con dientes afilados o espinas venenosas podían causar heridas graves, potencialmente mortales en épocas sin medicina moderna. Además, el más mínimo fallo en el agarre implicaba que la pieza se escapase, dejando al pescador con las manos vacías después de un esfuerzo considerable.

Con el tiempo comenzó a aparecer lo que podríamos llamar el primer “arsenal pesquero”. Se desarrollaron palos afilados, lanzas y arpones que aumentaban tanto la seguridad como la eficacia. En lugar de meter la mano en el agua, se clavaba el arma sobre el pez, reduciendo fugas y mordiscos. Paralelamente, se empezaron a tejer las primeras redes sencillas con fibras vegetales, capaces de atrapar varios peces de una sola vez.

Los restos arqueológicos refuerzan esta historia. En Israel se han encontrado anzuelos de hueso datados de hace unos 12.000 años, atados a cuerdas y pequeños guijarros que actuaban como lastre. Estos anzuelos son un salto enorme respecto a la captura a mano, porque permiten pescar desde cierta distancia, controlar mejor la profundidad y seleccionar cebos atractivos para cada especie.

La invención de las redes fue otro hito revolucionario. Se conoce, por ejemplo, una antiquísima red hallada en Antrea (Finlandia), fabricada con fibras de sauce, que demuestra que los grupos humanos ya dominaban técnicas de tejido complejas. Estas redes se utilizaban desde la orilla, la costa o pequeñas embarcaciones, y con el tiempo se convirtieron en una herramienta esencial desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XX.

La pesca en las culturas antiguas: alimento, comercio y símbolo

Cuando las primeras grandes civilizaciones florecieron, la pesca dejó de ser únicamente una cuestión de supervivencia básica y se transformó en un pilar económico y cultural en muchas regiones. En el antiguo Egipto, por ejemplo, el Nilo era una fuente inagotable de peces que se capturaban con redes, cestas y arpones desde pequeñas embarcaciones de madera.

En el entorno de Israel y el Levante mediterráneo, las evidencias arqueológicas demuestran el consumo habitual de peces de agua dulce y marina. En asentamientos cercanos al río Jordán, al Yarkon o al mar de Galilea se han encontrado restos de tilapias y otras especies de incubación bucal, mientras que en yacimientos alejados de la costa se han hallado huesos y escamas de besugo, mero, corvina o lisa, procedentes en gran medida del Mediterráneo y, en épocas posteriores, incluso del Mar Rojo.

Como estas comunidades interiores no tenían acceso directo al mar, el pescado se sometía a técnicas de conservación como el ahumado o el salado antes de ser transportado. Este proceso permitió desarrollar redes comerciales de largo alcance: se sabe, por ejemplo, que se importaba perca del Nilo desde Egipto, probablemente seca o ahumada, y que el comercio de huevas en salmuera se convirtió en un producto de exportación muy apreciado.

En Jerusalén, el tráfico de pescado llegó a ser tan intenso que una de las entradas a la ciudad se conocía como la Puerta del Pescado, en referencia al mercado situado en sus inmediaciones. Es un buen ejemplo de cómo la pesca no solo daba de comer, sino que se integraba en la organización urbana y el comercio regional.

En la antigua Grecia, en cambio, el oficio de pescador era visto como una ocupación de bajo estatus. Hay pocas representaciones iconográficas de pescadores, lo que indica que la actividad no gozaba de gran prestigio social. Sin embargo, el griego Opiano de Apamea escribió entre los años 177 y 180 d. C. el Halieulica o Halieutika, considerado el tratado más antiguo sobre pesca marítima que ha llegado hasta nosotros, prueba de que el saber técnico sobre el mar interesaba a ciertos círculos cultos.

Los griegos consumían una gran variedad de productos marinos: en islas y zonas costeras se comían con frecuencia pescado fresco, calamar, pulpo y bivalvos, además de sardinas y anchoas que se comercializaban frescas o, más habitualmente, saladas. Estelas como la de Akraiphia, junto al lago Copais, recogen incluso listas de precios, donde se comparan especies baratas, como el probable pez loro (skaren), con otras de lujo como el atún azul del Atlántico.

Para los romanos, el pescado se convirtió en un producto gastronómico de prestigio. Obras como el recetario Apicius muestran un despliegue impresionante de salsas y preparaciones, con recetas que combinan peces fritos con complejas mezclas de especias, vinos, miel y caldos. El pescado, generalmente más caro que muchos cortes de carne, se asociaba al refinamiento culinario y al lujo de las élites urbanas.

Los romanos también practicaron una suerte de “acuicultura” primitiva, creando estanques de agua dulce y salada para mantener vivas ciertas especies. La morena mediterránea, considerada un auténtico manjar a pesar (o precisamente por) su peligrosidad, se criaba en estas piletas e incluso se usaba en ocasiones con fines punitivos. Los salmonetes (mullus), con sus llamativas escamas rojizas, alcanzaron precios disparatados y se convirtieron en símbolo de ostentación, hasta el punto de que algunas cenas exhibían al pez agonizando en la mesa, una práctica que más tarde caería en desgracia.

Orígenes legendarios y primeros relatos sobre la pesca deportiva

Junto a los datos arqueológicos y las fuentes históricas, conviven también relatos legendarios sobre el origen de la pesca, especialmente de la pesca con caña. Un ejemplo curioso procede de la tradición oriental, que atribuye a la emperatriz Zingo la invención de un rudimentario equipo de pesca: una aguja a modo de anzuelo, una vara de madera como caña y el hilo de una prenda suya usado como sedal.

Aunque no deja de ser una historia con tintes míticos, refleja algo interesante: la idea de que la pesca con caña, hoy asociada sobre todo a hombres, podría haber sido impulsada, al menos en el imaginario cultural, por el ingenio de una mujer. Independientemente de su veracidad histórica, esta anécdota ilustra cómo muchas culturas intentan explicar el nacimiento de las artes de pesca a través de personajes carismáticos o divinizados.

Con el paso de los siglos, y en paralelo a la consolidación de técnicas y herramientas más eficientes, la pesca empezó a adquirir también una vertiente lúdica. Más adelante, ya en la Edad Moderna y Contemporánea, se desarrollarían las cañas pensadas para el disfrute, el “captura y suelta” y toda una filosofía deportiva centrada no tanto en la necesidad de alimentarse como en el placer de la espera, la técnica y el contacto directo con la naturaleza.

Se habla, por ejemplo, de cañas concebidas en Europa central en torno al siglo XIII, si bien las cañas tal y como las conocemos hoy -con materiales como la fibra de vidrio primero, y composites más avanzados después- son fruto de desarrollos mucho más recientes. En cualquier caso, la línea que une aquellos arpones de hueso con las modernas cañas de carbono muestra cómo la pesca ha ido evolucionando desde la supervivencia hacia el ocio, sin perder su peso económico en muchos territorios.

La pesca en el País Vasco: de las cuevas prehistóricas a Terranova

Si hay un territorio donde la pesca ha marcado de forma profunda la identidad colectiva es la costa vasca. Los primeros indicios de actividad pesquera en la zona son arqueológicos y muy antiguos: en cuevas de diferentes puntos del País Vasco se han encontrado abundantes restos de marisqueo paleolítico, con conchas y desechos que evidencian la recolección intensiva de recursos litorales.

Algunos especialistas consideran que ciertas pinturas rupestres de la región muestran posibles representaciones de peces planos como gallos o lenguados, lo que sugeriría una familiaridad temprana con la fauna marina local. Más adelante, ya en época romana, se documentan instalaciones de salazón de pescado en lugares como Ghetary, en el actual País Vasco francés, que enlazan la costa vasca con el gran circuito comercial mediterráneo de los salazones.

Los documentos escritos más antiguos sobre la pesca vasca corresponden a la Edad Media y se centran, en buena medida, en la captura de ballenas. Durante los meses fríos, ejemplares de la especie Eubalaena glacialis solían acercarse a las costas cantábricas, y los arrantzales vascos desarrollaron una intensa actividad ballenera que dejó huella en crónicas, ordenanzas y relatos de la época.

En esos mismos siglos ya se mencionan también otras especies clave, como el besugo y la sardina de Bermeo, citados incluso en obras literarias tan conocidas como el Libro del Buen Amor. Ordenanzas de cofradías y manuscritos diversos describen asimismo la pesca de merluza, congrio, jibiones y otras especies, organizadas en distintas costeras estacionales: una campaña invernal centrada en el besugo y otra veraniega en torno al atún.

El gran salto se produce en el siglo XVI, con la entrada de los vascos en las grandes pesquerías trasatlánticas. A partir de la década de 1530 se multiplican las referencias a campañas en Terranova, y más tarde en Islandia y Spitzberg, donde barcos vascos -galeones y carabelas que transportaban pequeñas pinazas pesqueras- se dedicaban durante meses a la caza de ballenas y a la pesca intensiva de bacalao.

Estas expediciones implicaban inversiones importantes por parte de comerciantes de plazas como Donostia, Bilbao o Baiona, pero también generaban beneficios extraordinarios cuando la campaña era exitosa. No en vano, algunos historiadores consideran que, en los siglos XVI y XVII, la pesca trasatlántica fue la segunda gran actividad no agraria del País Vasco, solo superada por el sector siderúrgico.

Sin embargo, no faltaban los riesgos. Los barcos podían quedar atrapados por hielos tempranos si intentaban alargar la temporada, o ser atacados por corsarios a la vuelta. Estas amenazas impulsaron el desarrollo de sistemas de seguros marítimos que, de algún modo, anticipaban herramientas financieras modernas para repartir los riesgos entre varios inversores.

Declive, transformación y revolución industrial en la pesca vasca

La “edad de oro” de las pesquerías vascas en Terranova tocó a su fin de forma abrupta a comienzos del siglo XVIII, tras el Tratado de Utrecht de 1713. A partir de entonces, la hegemonía en el Atlántico Norte pasó primero a manos británicas y luego francesas, y los vascos tuvieron que replegarse hacia otras formas de pesca y comercio.

En Gipuzkoa, la pesca perdió peso frente a nuevas oportunidades coloniales más rentables, como las ligadas a la Compañía de Caracas. Cuando esta desapareció, buena parte de la tradición marinera guipuzcoana se había debilitado, y numerosos pescadores comenzaron a combinar la pesca con tareas agrícolas, algo que en Bizkaia resultaba casi impensable en aquellos años.

En Bizkaia se vivió en la segunda mitad del siglo XVIII un renacer de la actividad pesquera, perceptible en la documentación de puertos como Lekeitio o Bermeo. No obstante, las guerras y conflictos bélicos de finales del XVIII y buena parte del XIX golpearon duramente al sector, tanto en Bizkaia como en Gipuzkoa, complicando la continuidad de muchas empresas armadoras.

En el País Vasco francés, por su parte, el enfoque se desplazó hacia la pesca costera de sardina y otras especies, vinculada a la industria conservera. Fábricas de transformación se abastecían tanto de capturas locales como de pescado procedente de las provincias vascongadas, generando empleo femenino en tareas de salazón, limpieza y envasado.

A finales del siglo XIX se produjo una auténtica revolución tecnológica con la introducción de motores de vapor en las embarcaciones pesqueras. Los llamados “Mamelenas”, matriculados en Donostia, fueron pioneros en esta transición, que se aceleró dramáticamente tras un gran naufragio en 1912 en el que falleció un elevado número de arrantzales. La tragedia generó una fuerte presión social para modernizar la flota y mejorar la seguridad en la mar.

Sin embargo, no todo fueron avances positivos. La mayor capacidad extractiva de los barcos a vapor y la presencia de arrastreros potentes cerca de la costa dispararon la presión sobre los caladeros. A finales del XIX ya se detectaba un acusado declive en las capturas de besugo invernal, y la merluza también empezaba a escasear. Técnicas como el bolinche o la pesca a la ardora, que aprovechaba la luminosidad de los bancos de peces por la noche, incrementaban todavía más la explotación.

Sobrepesca, desarrollismo y límites del mar en el siglo XX

Durante buena parte del siglo XX, muchos pescadores vascos mantuvieron una actitud excesivamente confiada respecto al estado de los recursos. Si la sardina desaparecía o se hacía rara, se apostaba por la anchoa; si la anchoa se alejaba, se buscaban nuevos caladeros más lejanos. La creación en 1927 de la compañía PYSBE en Pasajes devolvió incluso a la flota vasca a los mares del Atlántico Norte, sensación de continuidad que enmascaraba la creciente fragilidad de los ecosistemas marinos.

Las estadísticas muestran que, entre 1900 y la actualidad, hubo múltiples etapas de descenso en las capturas por unidad de esfuerzo. Únicamente durante el periodo inmediatamente posterior a la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial -entre 1939 y 1945– se registró un repunte notable, fruto del parón bélico que permitió una relativa recuperación de algunas poblaciones de peces.

Aun así, durante la década de 1950 se vivió una extracción masiva que en ocasiones el mercado no podía absorber. En los años 60 se dieron situaciones tan extremas que, ante capturas desbordantes de anchoa, las cofradías se vieron obligadas a declarar “días de bandera”, jornadas en las que ninguna embarcación podía salir a pescar para evitar un colapso de precios y desperdicio de producto.

Al mismo tiempo, especies como el bonito capturado en la costa próxima tendían a reducir su tamaño. Para mantener la rentabilidad de grandes barcos, muchos armadores optaron por prolongar las campañas hacia otras zonas como Canarias o la costa de África occidental, abandonando métodos más selectivos como el tradicional curricán con caña y anzuelo cebado con mazorcas de maíz en favor del cebo vivo con anchoílla, que disparaba el número de capturas.

El desarrollismo franquista impulsó además una Ley de Renovación de la Flota Pesquera que animó a endeudarse para construir barcos cada vez más grandes, potentes y equipados con sonar, radar y otros dispositivos avanzados. España llegó a tener la tercera flota pesquera del mundo, por detrás únicamente de Japón y Rusia, y Bizkaia y Gipuzkoa sumaban más embarcaciones que países como Gran Bretaña o Alemania, algo completamente desproporcionado respecto a la capacidad de los caladeros.

El golpe definitivo llegó cuando, a finales de los años 70, la mayoría de estados comenzaron a declarar zonas económicas exclusivas de 200 millas reservadas a sus propias flotas nacionales. De la noche a la mañana, la práctica totalidad de las capturas vascas realizadas en aguas de otros países se topó con nuevas fronteras legales y fuertes restricciones, generando una crisis profunda en el sector.

La entrada de España en la entonces Comunidad Económica Europea en los años 80 se vivió con la esperanza de que se abrieran amplias zonas de pesca para la flota vasca. Pero la política pesquera comunitaria, centrada en la conservación y en el reparto de cuotas, chocó con esas expectativas, limitando de forma creciente los volúmenes que podían extraerse legalmente.

De la pesca artesanal a la industrial: dos caras de la misma moneda

Si observamos el panorama global, la historia de la pesca marítima ha ido diferenciando cada vez más entre pesca artesanal y pesca industrial. La primera se caracteriza por el uso de pequeñas embarcaciones cercanas a la costa, técnicas heredadas de generación en generación y escaso desarrollo tecnológico. Suele practicarse en regiones menos desarrolladas, con producciones modestas destinadas al autoconsumo o a mercados locales.

La pesca industrial, en cambio, se apoya en embarcaciones de gran eslora, por encima de los 18 metros, capaces de operar en alta mar con redes de arrastre, palangres y artes de cerco. Su objetivo es maximizar el volumen capturado -atún, merluza, bacalao, sardina, camarones, etc.- y abastecer cadenas comerciales globales, plantas procesadoras y mercados internacionales.

La diferencia tecnológica y de escala ha hecho que gran parte de las críticas sobre el impacto ambiental de la pesca se dirijan a la vertiente industrial, especialmente por el efecto devastador del arrastre de fondo sobre los ecosistemas marinos. No obstante, incluso la pesca artesanal puede resultar muy dañina si se ignoran vedas, tallas mínimas y normativas sobre las artes permitidas en cada zona.

En paralelo a estas modalidades tradicionales se han desarrollado actividades específicas alrededor de otros recursos marinos, como los crustáceos. El caso del cangrejo real de Alaska es ilustrativo: su explotación a mediados del siglo XIX se convirtió en una fuente crucial de ingresos para muchas familias y llegó a influir en la presión social para que Alaska obtuviera la condición de estado en 1959, con el objetivo de controlar directamente sus recursos naturales.

La captura de cangrejos impulsó innovaciones como las trampas diseñadas por Benjamin F. Lewis en la década de 1920, patentadas en 1928 y perfeccionadas diez años después. Estas estructuras en forma de caja, con cebos grasos en el interior, permitían que los crustáceos entraran fácilmente pero tuvieran muy difícil la salida. Con el tiempo se convirtieron en el método estándar en lugares como la bahía de Chesapeake y acabaron extendiéndose por todo el mundo.

Las legislaciones modernas han ido exigiendo que estas trampas incorporen paneles de desintegración que se rompan con el tiempo si la trampa queda perdida, permitiendo que los cangrejos escapen y evitando la llamada “pesca fantasma”, una de las causas silenciosas de muerte y despilfarro de vida marina.

La pesca deportiva y la captura responsable

Al margen de la vertiente comercial, tanto artesanal como industrial, la pesca se ha consolidado como un deporte y actividad recreativa con millones de aficionados. La pesca con caña -ya sea en el mar o en agua dulce- es probablemente la modalidad deportiva más conocida, y ha dado lugar a todo un mercado de cañas, carretes, líneas, señuelos y accesorios de lo más variado.

En este ámbito se ha extendido mucho la filosofía de la captura y suelta. Muchos pescadores optan por devolver el pez al agua en las mejores condiciones posibles, una vez disfrutado el lance, con el objetivo de reducir el impacto sobre las poblaciones y favorecer una pesca más sostenible. Cuando se realiza correctamente, minimizando el daño al pez, esta práctica puede contribuir a equilibrar la presión sobre los recursos.

También ha ganado popularidad la pesca submarina con arpón, que combina apnea y puntería bajo el agua. Con fusiles específicos -normalmente de aluminio, aunque también los hay de madera o fibra de carbono- el pescador selecciona individualmente cada pieza que quiere llevarse a la mesa. Bien practicada, con respeto a tallas y especies protegidas, se considera una de las modalidades más selectivas y con menor impacto ambiental, ya que no genera capturas accesorias masivas.

No hay que olvidar que muchas comunidades costeras han integrado estas formas de pesca recreativa y semi-profesional en su tejido económico y cultural. En regiones como Galicia, el País Vasco, el Mediterráneo o amplias zonas del sudeste asiático, las técnicas se transmiten en familia, se celebran fiestas vinculadas a las campañas pesqueras y se organizan competiciones que refuerzan esa relación íntima entre mar y sociedad.

Pesca, gastronomía y cultura: mucho más que alimento

A lo largo de la historia, la pesca no solo ha llenado mesas, sino que ha moldeado cocinas enteras y tradiciones culinarias. Platos emblemáticos como el sushi japonés, el ceviche peruano, las conservas de anchoa del Cantábrico o los guisos de bacalao del norte de Europa son solo la punta del iceberg de una diversidad gastronómica ligada al mar.

El caso del sushi es especialmente ilustrativo. Su forma más antigua, el nare-zushi, surgió en el sureste asiático y llegó a Japón hacia el siglo VIII como un método de conservación fermentada: el pescado se salaba y se envolvía en arroz que fermentaba lentamente, evitando la descomposición. Curiosamente, en aquel sistema solo se consumía el pescado; el arroz fermentado se desechaba.

Con el tiempo aparecieron variantes como el namanare, en el periodo Muromachi, donde el pescado parcialmente crudo se consumía fresco junto al arroz antes de que la fermentación fuera demasiado intensa. Finalmente, en la era Edo se desarrolló el haya-zushi, en el que tanto arroz como pescado se comen juntos, usando vinagre en lugar de fermentación prolongada. Esta forma es el antecedente directo del sushi contemporáneo que hoy sigue siendo un estandarte de la cocina japonesa.

En el Mediterráneo, la tradición de mariscos, pescados a la parrilla, salazones y guisos marineros ha dejado una huella profunda en países como España, Italia o Grecia. En muchas localidades pesqueras, las fiestas patronales y romerías giran en torno a la llegada de ciertas especies -como el atún o el salmón- y se acompañan de platos específicos que refuerzan el vínculo simbólico entre el mar, la comunidad y la mesa.

Desde el punto de vista económico, la pesca sigue proporcionando empleo a millones de personas en todo el mundo: pescadores, mariscadoras, trabajadores de lonjas, conserveras, frigoríficos, transportistas, restauradores… Al mismo tiempo, esta dependencia económica hace que cualquier crisis pesquera, ya sea por sobreexplotación, contaminación o cambios normativos, tenga un impacto social fuerte y a veces traumático.

Retos actuales y futuro de la pesca marítima

En las últimas décadas, la palabra clave en cualquier conversación sobre pesca es sostenibilidad. La combinación de sobrepesca, destrucción de hábitats, contaminación y cambio climático ha llevado a muchas poblaciones de peces a niveles críticos, y organismos internacionales como la FAO insisten en la urgencia de cambiar el rumbo.

Entre las medidas más importantes se encuentran la creación de áreas marinas protegidas donde se limita o prohíbe la pesca, permitiendo que los ecosistemas se regeneren; la fijación de cuotas ajustadas a evaluaciones científicas de stocks; las vedas temporales para permitir la reproducción y la protección de zonas de cría esenciales.

Han ganado peso también las certificaciones de pesca responsable, como el sello del Marine Stewardship Council (MSC), que premian a las pesquerías que cumplen criterios estrictos de impacto ambiental reducido, buena gestión y trazabilidad. Estas etiquetas buscan orientar al consumidor hacia productos más sostenibles, premiando a quienes hacen las cosas bien.

Al mismo tiempo, la acuicultura se ha expandido como alternativa a la pesca salvaje, con cultivos de salmón, dorada, lubina, camarón y muchas otras especies. Bien gestionada, puede aliviar la presión sobre los mares; mal planteada, genera sus propios problemas de contaminación, escapes y uso intensivo de piensos, por lo que no es una solución mágica, sino otra pieza de un puzle complejo.

La tecnología también está transformando la actividad: desde drones y satélites que ayudan a localizar bancos de peces hasta aplicaciones móviles que permiten a los pescadores registrar capturas, tallas y zonas de pesca en tiempo real. Todo ello puede facilitar una gestión más fina de los recursos, siempre que se use con responsabilidad y no para apurar aún más los límites del ecosistema.

Mirando en conjunto esta larga trayectoria, desde aquellos humanos que atrapaban peces con las manos en charcas poco profundas hasta las sofisticadas flotas actuales reguladas por tratados internacionales, la pesca marítima aparece como un espejo de nuestra relación con la naturaleza: una mezcla de ingenio, necesidad, apetito de riqueza y, cada vez más, conciencia de fragilidad. El gran reto de las próximas décadas será lograr que esta actividad milenaria siga siendo fuente de alimento, cultura y trabajo sin agotar los mares que la hacen posible.

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