Impacto de los drones y del turismo en los tiburones ballena

  • Los drones, usados con biotelemetría y acelerómetros, permiten estudiar al tiburón ballena con impacto mínimo cuando se vuelan a alturas adecuadas.
  • En Australia no se detectaron cambios de comportamiento significativos por drones entre 10 y 60 metros, aunque se recomienda un uso prudente.
  • En México, el turismo masivo con muchas embarcaciones y nadadores altera el nado y la alimentación del tiburón ballena y aumenta las lesiones por hélices.
  • La aplicación rigurosa de buenas prácticas turísticas y regulaciones basadas en estos datos es clave para compatibilizar conservación y actividad económica.

dron sobre tiburon ballena

Los drones se han colado en la investigación marina a una velocidad brutal: hoy sirven para seguir animales, medir su tamaño, estudiar sus movimientos y hasta vigilar el impacto del turismo. Pero cuando el protagonista es el tiburón ballena, el pez más grande del planeta, la pregunta clave es inevitable: ¿estamos molestando a estos gigantes cada vez que les plantamos un dron encima o les llenamos el entorno de barcos y nadadores?

En los últimos años, varios equipos científicos han tirado de drones, cámaras, biotelemetría y acelerómetros para averiguar si estas tecnologías y el turismo asociado al avistamiento están alterando el comportamiento natural del tiburón ballena. Los resultados son interesantes: los drones a cierta altura parecen bastante inocuos, pero el turismo mal gestionado, con demasiados barcos y gente en el agua, tiene un impacto claro en cómo se mueven, se alimentan y utilizan su hábitat.

Por qué se usan drones para estudiar a los tiburones ballena

El uso de drones en ecología marina ha crecido porque permiten obtener información detallada sin necesidad de acercarse demasiado a los animales. En vez de depender únicamente de observaciones desde un barco, los investigadores pueden grabar desde el aire el movimiento, la posición y las interacciones de los tiburones ballena con su entorno y con las personas.

En el caso del tiburón ballena, esta tecnología se ha vuelto clave en zonas como el arrecife Ningaloo (Australia Occidental) y las penínsulas de Yucatán y Baja California (México). Son lugares donde estos animales se reúnen para alimentarse y donde el turismo de avistamiento ha explotado en pocos años, hasta el punto de generar preocupación entre científicos y conservacionistas.

Los drones permiten, por ejemplo, contar individuos, medir longitudes aproximadas, seguir trayectorias de nado y ver cómo reaccionan ante barcos, nadadores o incluso ante el propio dron. Además, al combinarlos con dispositivos colocados en las aletas dorsales, se obtiene una imagen muy completa del comportamiento del animal tanto en superficie como bajo el agua.

Todo esto se hace con una intención clara: minimizar la invasividad de la investigación, reducir al máximo el estrés añadido y, a la vez, recopilar datos de calidad para diseñar mejores normas de manejo turístico y estrategias de conservación.

biotelemetria en tiburon ballena

Estudio en Ningaloo: biotelemetría para medir el efecto directo de los drones

Un trabajo liderado por la Universidad de Murdoch y el Instituto Harry Butler se propuso ir un paso más allá de la simple observación visual. En lugar de limitarse a mirar desde un barco si el tiburón parece nervioso o cambia de rumbo, utilizaron datos biotelemétricos para registrar, segundo a segundo, cómo se comportaban los animales bajo el agua mientras un dron volaba sobre ellos.

Para ello, el equipo colocó etiquetas con sensores de movimiento en 13 tiburones ballena en el arrecife Ningaloo, en Australia Occidental. Estas etiquetas, fijadas en la primera aleta dorsal, incluían un registrador de datos de comportamiento tipo “Daily Diary” y un transmisor acústico continuo. En conjunto, permitían registrar con mucho detalle el esfuerzo de nado, el movimiento de la cola y los patrones de buceo de cada tiburón.

Mientras los tiburones llevaban estas etiquetas, los investigadores hicieron vuelos con un dron sobre los animales a alturas entre 10 y 60 metros, incluyendo fases de ascenso y descenso del aparato. Posteriormente, compararon los datos de comportamiento registrados durante los periodos con dron en el aire con otros periodos en los que no había ningún dron sobrevolando la zona.

La lógica de este enfoque es sencilla pero potente: si el dron produce estrés, miedo o molestia, eso debería reflejarse en cambios en la intensidad del aleteo caudal, modificaciones en la frecuencia o profundidad de los buceos o patrones de nado que sugieran intento de huida o agitación anómala.

La investigadora principal, la doctora Samantha Reynolds, recalcó precisamente este punto: hasta ahora, la mayoría de estudios sobre el efecto de los drones en fauna marina se basaban en lo que se observa a simple vista, algo que puede ser subjetivo y pasar por alto reacciones sutiles que solo aparecen en los datos finos de movimiento.

dron investigando tiburon ballena

Resultados en Australia: drones poco invasivos, pero con cautela

Al analizar todos los registros, el equipo de Murdoch concluyó que no encontraron evidencias de que el dron alterara el comportamiento natural de los tiburones ballena cuando volaba entre 10 y 60 metros de altura. Es decir, los patrones de esfuerzo de nado, la dinámica del movimiento de la cola y el comportamiento de buceo fueron prácticamente iguales con dron y sin dron.

Según explicó Reynolds, los tiburones ballena se comportaron igual con el dron en el aire que en condiciones normales. No se detectaron cambios consistentes que apuntaran a un aumento de estrés, una reacción de huida o un intento de evitar la zona donde se encontraba el aparato.

Este resultado lanza un mensaje relativamente tranquilizador para la comunidad científica: a esas alturas de vuelo, y en las condiciones concretas del estudio, los drones parecen ser una herramienta de investigación mínimamente invasiva para tiburones ballena. Eso da margen para seguir utilizándolos en estudios de comportamiento, fotoidentificación o conteo de individuos sin generar un daño evidente.

Ahora bien, la propia Reynolds fue muy clara al introducir matices importantes. Por un lado, reconoció que puede haber efectos fisiológicos (por ejemplo, hormonales) que el estudio no midió y que no siempre se reflejan en el patrón de movimiento inmediato; los efectos fisiológicos requieren a menudo mediciones distintas a las de acelerómetros y transmisores.

También recordó que estos hallazgos son específicos para el tiburón ballena y para ese entorno concreto. En el mismo ecosistema viven aves marinas, tortugas, delfines y ballenas que sí se han mostrado mucho más sensibles a la presencia de drones, reaccionando de forma clara incluso a mayores alturas de vuelo.

Por este motivo, la recomendación del equipo fue mantener un enfoque de precaución: volar a la mayor altura posible que permita obtener los datos necesarios, reducir el tiempo de vuelo al mínimo imprescindible y utilizar drones solo cuando aporten un valor añadido evidente a la investigación.

En línea con esto, la legislación de Australia Occidental ya marca que los drones con fines recreativos o comerciales no deben molestar a la fauna silvestre y obliga a mantener una distancia mínima de 60 metros respecto a tiburones ballena y mamíferos marinos, reforzando la idea de compatibilizar tecnología y bienestar animal.

Turismo y drones en México: cuando el problema no es el dron, sino los barcos

Mientras en Australia se afinan las técnicas para comprobar si el dron en sí altera el comportamiento del tiburón ballena, en México el foco se ha puesto más en el turismo de avistamiento y en cómo las embarcaciones y los nadadores afectan a estos animales. Aquí los drones se han convertido en una especie de “ojo en el cielo” que deja poco margen para la duda; de hecho, hay una creciente preocupación por el futuro del tiburón ballena cuando la presión humana se dispara.

El biólogo marino Lucas Griffin tuvo su primer contacto con el turismo de tiburón ballena en 2013, en la península de Yucatán. Aquella experiencia, que en principio iba a ser un viaje familiar más, acabó convirtiéndose en el motor de sus investigaciones posteriores. Lo que encontró fue un escenario caótico: muchos barcos cruzándose, turistas saltando al agua sin demasiado control y una gran confusión sobre la forma correcta de interactuar con los animales.

En las últimas décadas, el turismo de avistamiento en esa zona ha pasado de ser una actividad puntual a convertirse en una industria masiva con más de 200 embarcaciones autorizadas. A principios de los 2000 se estimaba que acudían unos 3.000 turistas por temporada; para el periodo 2017-2018, las cifras se disparaban ya por encima de 100.000 personas.

El biólogo marino Rafael de la Parra, director de la organización Choojajauil y coautor de una investigación con drones en la zona, resume la situación con claridad: el crecimiento ha sido descontrolado, las autoridades se han visto superadas y se han seguido otorgando permisos hasta saturar el área. Cada lancha puede llevar hasta 10 personas, lo que multiplica de forma brutal la presión sobre los animales cuando los tiburones son pocos.

Lo que se ha observado en los últimos años es que, ante pocas apariciones de tiburones y muchas embarcaciones abarrotadas, los animales suelen sumergirse y no volver a la superficie hasta que el enjambre de barcos se reduce. Es decir, modifican su comportamiento para evitar la acumulación de embarcaciones y personas en el agua.

Qué muestran los drones sobre el impacto del turismo en Yucatán

Mediante vuelos sistemáticos de drones sobre las áreas de avistamiento, los investigadores han podido documentar, con imágenes muy claras, cómo se organiza (o desorganiza) el turismo alrededor del tiburón ballena. Las grabaciones muestran grupos de barcos demasiado juntos, nadadores muy cerca de los animales e incluso personas tocando a los tiburones.

Este tipo de presión genera en los tiburones ballena respuestas de estrés y alteraciones en su comportamiento de nado. Los estudios apuntan a cambios en la dirección y la aceleración del movimiento, un aumento de la vigilancia y una tendencia a bucear más profundo cuando la presencia de barcos y nadadores es elevada.

En un trabajo comparativo, Griffin y su equipo analizaron dos momentos distintos: en 2016, cuando todavía había abundancia de tiburones ballena, y en 2022, cuando solo detectaron unos pocos grupos. Los drones permitieron no solo seguir a los animales, sino también observar de manera objetiva cómo se comportaban los operadores turísticos y los propios visitantes en cada escenario.

La conclusión fue que, en situaciones de alta presión humana, el tiburón ballena opta con frecuencia por alejarse, sumergirse o interrumpir actividades clave como la alimentación. Esto no solo afecta al bienestar del individuo a corto plazo, sino que puede tener efectos acumulativos si las perturbaciones se repiten a diario durante toda la temporada turística.

Además, se ha empezado a trabajar con acelerómetros que se fijan en el cuerpo del tiburón ballena, capaces de registrar cada coletazo, giros y variaciones sutiles en los patrones de movimiento. El objetivo de esta “siguiente fase” es cruzar, con gran precisión temporal, lo que ve el dron desde arriba con lo que registra el acelerómetro desde el propio animal.

De la Parra explica que, para ello, se coloca un dispositivo muy visible (por ejemplo, de color naranja brillante) en un tiburón previamente identificado mediante fotografías. El dron sigue a ese individuo desde cierta altura, observando en tiempo real sus interacciones con otros tiburones, con las embarcaciones y con los nadadores.

ConCiencia México y el proyecto Tiburón Ballena México: drones, cámaras y datos finos

En las penínsulas de Baja California y Yucatán, la organización ConCiencia México y el proyecto Tiburón Ballena México, dirigido por la doctora en ciencias Dení Ramírez Macías, han utilizado una combinación de drones y cámaras submarinas para estudiar el comportamiento del tiburón ballena frente a embarcaciones turísticas y nadadores.

El contexto de estas investigaciones es preocupante: además de la presión turística, la especie se enfrenta a pérdida de hábitat, destrucción de manglares y pesca indiscriminada. Todo ello en una especie que ya está catalogada en peligro de extinción y que, por su ciclo de vida lento, tarda mucho en recuperarse de cualquier disminución poblacional. Estos problemas y su dimensión local están bien reflejados en análisis sobre la de la especie en México.

Un dato especialmente llamativo procede del Golfo de California en 2015: de los 126 ejemplares que llegaron a la zona, el 56 % presentaba heridas causadas por embarcaciones, desde roces hasta cortes profundos por las hélices. Esto subraya que la amenaza no es solo comportamental, sino también física, con lesiones visibles y, en algunos casos, potencialmente graves; investigaciones sobre cicatrices y heridas lo documentan con detalle.

Con el apoyo de entidades como el World Wildlife Fund (WWF), estos proyectos tratan de difundir la importancia de las buenas prácticas turísticas y de generar evidencia sólida para ajustar los programas de manejo establecidos por las autoridades ambientales mexicanas.

Para obtener datos de comportamiento sin interferir demasiado, el equipo desarrolló un sistema de cámaras fijadas a la aleta dorsal del tiburón ballena combinado con drones que filmaban desde el aire. El diseño del prototipo llevó toda una temporada de trabajo, pero finalmente consiguieron una herramienta adecuada para registrar cómo interactúa el tiburón con otras especies, con las embarcaciones y con los turistas, así como para obtener información adicional sobre su ecología y uso del hábitat.

Qué revelan los datos sobre la reacción del tiburón ballena al turismo

Mediante muestreos sistemáticos, el equipo de Ramírez Macías analizó el comportamiento de 30 tiburones ballena mientras se alimentaban y 90 cuando no estaban comiendo. Los resultados fueron bastante claros al comparar cómo reaccionaban ante embarcaciones y nadadores en cada situación.

En el grupo de tiburones que no se estaban alimentando, el 22 % reaccionó ante la presencia de barcos. Aproximadamente la mitad cambió su rumbo de nado, mientras que la otra mitad optó por bucear al detectar la aproximación de una lancha o una embarcación turística.

Cuando se analizó la reacción frente a los nadadores, las cifras fueron aún más llamativas: el 60 % de los tiburones respondió a su presencia, ya fuera buceando, evitando a las personas o cambiando de dirección para alejarse del grupo de turistas que intentaba acercarse.

El escenario más delicado se dio en los tiburones que estaban comiendo. En ese contexto, se observó un cese total de la alimentación en el 100 % de los encuentros con embarcaciones o turistas. Es decir, cada vez que un barco o un grupo de nadadores entraba en la zona de alimentación, el tiburón interrumpía esa actividad crucial.

Este tipo de interrupciones constantes puede suponer un problema serio a medio plazo. Si un tiburón ballena deja de alimentarse repetidamente durante la temporada en la que se concentra el plancton, podría no ingerir la cantidad de alimento necesaria para mantenerse en buen estado, reproducirse o completar sus migraciones.

La conclusión de Ramírez Macías es que las afecciones causadas por el turismo pueden reducirse de forma sustancial si se respetan las reglas para una buena práctica turística y se aplican adecuadamente los programas nacionales de manejo impulsados por la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. No se trata de prohibir el turismo, sino de gestionarlo con cabeza.

Buenas prácticas, regulación y uso responsable de drones y embarcaciones

De todos estos estudios se desprende una idea clave: los drones pueden ser, si se usan con criterio, una herramienta muy útil para proteger al tiburón ballena, pero el verdadero punto crítico suele estar en el volumen y el comportamiento de las embarcaciones turísticas y de los nadadores.

Las recomendaciones de los expertos pasan por limitar el número de barcos simultáneos en las zonas de avistamiento, restringir el número de personas en el agua y asegurar que todos los operadores turísticos reciben formación específica sobre cómo acercarse a los tiburones sin bloquear su trayectoria, sin tocarles y sin rodearles hasta acorralarlos.

En cuanto al uso de drones, la línea general es bastante clara: volar lo más alto posible mientras se mantenga la calidad de los datos necesarios, minimizar la duración de los vuelos y evitar maniobras bruscas, acercamientos repentinos o vuelos continuos sobre el mismo individuo sin justificación científica sólida.

Además, es importante tener en cuenta que los resultados relativamente tranquilizadores obtenidos con tiburones ballena en Ningaloo no son extrapolables automáticamente a otras especies. Aves marinas, delfines, tortugas o ballenas pueden reaccionar con mucha más intensidad al ruido, la sombra o el movimiento del dron, por lo que las normas deben adaptarse a la especie y al contexto.

En zonas como México, donde el turismo de naturaleza es una fuente de ingresos esencial para muchas comunidades, la clave estará en compatibilizar la mejora económica con la conservación a largo plazo. Los drones, las cámaras y la biotelemetría aportan datos objetivos que ayudan a diseñar regulaciones mejor fundamentadas y a demostrar, con imágenes muy claras, cuándo se incumplen las normas.

La suma de todos estos trabajos dibuja una escena compleja pero con margen de maniobra: los tiburones ballena parecen tolerar bien los drones usados con prudencia, pero se ven seriamente afectados por un turismo masificado y poco regulado, que modifica su forma de nadar, les obliga a bucear para evitar barcos y nadadores y les hace abandonar la alimentación cuando la presión es demasiado alta. Aprovechar la tecnología para entender mejor estas reacciones y poner coto a los excesos del turismo será decisivo para que estos gigantes sigan cruzando nuestros mares durante muchas generaciones más.

avistamiento de tiburón ballena en La Paz
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