La presencia de especies exóticas invasoras en los ecosistemas acuáticos de España se ha convertido en un quebradero de cabeza para los agricultores y para las administraciones públicas. Especialmente dañinas son la almeja asiática (Corbicula fluminea) y el mejillón cebra (Dreissena polymorpha), dos bivalvos que han colonizado decenas de ríos y canales de riego, provocando daños millonarios en las infraestructuras hidráulicas y en la biodiversidad autóctona. Aunque se han invertido cientos de millones de euros en los últimos años, la sensación de los regantes es que la batalla está lejos de ganarse.
Según un estudio de la profesora Elena Angulo, de la Universidad de París-Saclay, el coste anual de estas invasiones supera los 19 millones de euros, con un gasto acumulado de más de 232 millones de euros hasta 2021. La mayoría de esa inversión se ha destinado a acciones de manejo después de la invasión, cuando lo recomendable es apostar por la prevención. Además, los agricultores sufren en silencio porque muchos de los costes recaen en sus bolsillos, como ocurre en las comunidades de regantes de Badajoz, Mérida o el Alto Aragón.
Un problema que se enquista en los canales de riego

En la cuenca del Guadiana, los regantes de Lobón y Montijo llevan más de una década lidiando con la almeja asiática. Paco Sánchez, presidente de ambas comunidades, recuerda que empezaron a ver pequeñas conchas en los sedimentos y pronto se encontraron con los filtros de las tuberías completamente taponados. Han tenido que invertir entre 800.000 y 850.000 euros en los últimos diez años para mantener limpios los conductos y poder seguir regando sus cultivos. La solución llegó de la mano de una empresa de Aragón, STF, que diseñó unos filtros específicos para retener a este molusco y evitar que obstruyera los aspersores.
Sin embargo, el problema no es exclusivo del Guadiana. En el Ebro, el mejillón cebra ha infestado más de la mitad del sistema de riego del Alto Aragón, con alrededor de 2.500 kilómetros de canales y acequias afectados. Yolanda Gimeno, técnica de la comunidad de regantes de esa zona, explica que los tratamientos químicos anuales superan el millón de euros, y que a eso hay que sumar los costes mecánicos, como el desecado de balsas y pantanos. A pesar de todo, la plaga sigue avanzando, lo que ha obligado a los agricultores a colaborar con investigadores del CSIC y con empresas como Regaber para desarrollar métodos de filtración más eficaces.
La factura de la inacción
El impacto económico no se queda en los canales de riego. En el Segura, la comunidad de regantes de Lorca ha previsto una inversión de 400.000 euros solo para este año en equipos contra la almeja asiática y el mejillón cebra, siguiendo la estrategia para proteger el ecosistema del río Segura, mientras que en el Guadalquivir los tratamientos cuestan entre 40 y 70 euros por hectárea. El briozoo, un organismo similar al coral, también está causando estragos en el Duero, donde se han destinado casi 400.000 euros en el último lustro para frenar su avance.
A pesar de estas cifras, los expertos señalan que la prevención es la asignatura pendiente. Por ejemplo, no existe una restricción efectiva a la navegación deportiva en embalses, a pesar de que las barcas son uno de los principales vectores de dispersión del mejillón cebra. Tampoco se han habilitado puntos de desinfección en la mayoría de los embarcaderos, una medida reclamada desde hace años por las asociaciones de regantes. Además, la falta de transparencia de algunas administraciones dificulta el acceso a los datos de muestreos, como denuncian los ecologistas en los ríos de Madrid donde las especies invasoras representan el 45% de los peces.
La buena noticia es que existen soluciones tecnológicas y científicas. En el Alto Aragón, los regantes controlan la densidad larvaria con estaciones automáticas que toman muestras cada hora, y gracias a la colaboración con el CSIC han logrado reducir el impacto del mejillón cebra en algunas zonas. En Lorca, se están probando nuevos sistemas de filtración con membranas capaces de retener partículas de menos de 20 micras, un tamaño suficiente para atrapar a las larvas, que miden entre 40 y 70 micras.
Mientras tanto, en O Grove (Galicia), un hallazgo reciente ha encendido las alarmas: la aparición de la macroalga tropical Asparagopsis taxiformis, un signo más de la tropicalización del litoral atlántico. Aunque todavía no se ha establecido, los científicos advierten de que su combinación con la Rugulopteryx, parte de la expansión de las algas invasoras, podría causar una coinvasión con efectos impredecibles en los ecosistemas marinos.
En definitiva, la lucha contra las especies invasoras no tiene un final a corto plazo. Los regantes seguirán invirtiendo en tecnología y en tratamientos, pero hacen falta políticas de prevención más decididas y una mayor implicación de las administraciones. Si no se actúa de forma coordinada, el coste económico y ecológico seguirá creciendo año tras año.
