Tras una década de desconcierto, un grupo internacional de científicos señala a una bacteria del género Vibrio como la causa principal de la mortandad masiva de estrellas de mar en el Pacífico nororiental, un episodio que transformó a millones de individuos en un residuo gelatinoso en cuestión de días.
La enfermedad, conocida como síndrome de desgaste de las estrellas de mar (SSWD/SSWS), se extendió desde Alaska hasta Baja California y afectó a más de 20 especies; las estimaciones superan los 5.000 millones de bajas, con la estrella de mar girasol como víctima emblemática.
¿Qué se sabe del brote?

Desde 2013 se documentan lesiones cutáneas, torsiones de brazos y desprendimiento de extremidades que desembocan en una rápida descomposición de los tejidos en unas dos semanas.
La especie más golpeada es Pycnopodia helianthoides (estrella de mar girasol), cuya población se desplomó alrededor de un 90% en los primeros años del episodio, con impactos en cascada sobre el ecosistema costero.
El patógeno bajo la lupa

El estudio identifica a Vibrio pectenicida —pariente de la bacteria del cólera— como responsable del cuadro; en concreto, una cepa denominada FHCF-3 que desencadena la degradación del tejido.
Vibrio es un grupo bacteriano ampliamente distribuido que causa problemas en corales y moluscos; la cepa encontrada en estrellas de mar no se ha vinculado a infecciones humanas desde su descripción en los años noventa.
El trabajo, publicado en Nature Ecology & Evolution, aporta evidencias que resuelven una pregunta abierta durante años, según microbiólogos marinos que no participaron en la investigación.
La investigación: del falso rastro al hallazgo
Tras múltiples hipótesis, incluyendo un densovirus inicialmente propuesto, los experimentos no lograron reproducir de forma consistente aquella causa viral, y las pruebas moleculares la descartaron.
El giro llegó al analizar el fluido celómico —líquido que baña los órganos de estos invertebrados—, donde se detectó la presencia dominante de V. pectenicida en ejemplares enfermos frente a sanos.
En condiciones controladas, las estrellas sanas enfermaban y morían al exponerse a fluidos no tratados de individuos afectados; cuando ese fluido se calentaba previamente, los animales no desarrollaban la patología, indicando un agente biológico sensible al calor.
El equipo logró aislar y cultivar la bacteria a partir de muestras afectadas e inocularla en ejemplares sanos, reproduciendo el síndrome; un conjunto de pruebas que, para expertos externos, supera con solvencia el listón de evidencia experimental.
Transmisión y condiciones que agravan el problema

Los ensayos muestran que el patógeno puede propagarse por contacto directo y a través del agua, y que es capaz de persistir fuera del hospedador durante periodos cortos.
Varios expertos apuntan a que olas de calor marinas y anomalías térmicas podrían favorecer la proliferación de Vibrio, un género que prospera en aguas más cálidas y podría ver acelerada su dinámica con el cambio climático.
Aunque el foco del brote masivo estuvo en el Pacífico de Norteamérica, se han observado episodios similares y la presencia de cepas afines en Europa, con registros en Francia —incluidos criaderos de vieiras— y eventos puntuales en costas de España e Inglaterra.
Efectos en el ecosistema

La drástica caída de la estrella de mar girasol ha disparado las poblaciones de erizos, sus presas habituales, provocando un consumo masivo de bosques de kelp y alterando funciones ecológicas clave.
En el norte de California se ha documentado la pérdida de hasta un 95% del kelp en una década, lo que afecta a peces, nutrias y otras especies que usan esos bosques como hábitat y fuente de alimento.
Próximos pasos y líneas de acción

Con el patógeno identificado, se abren opciones como la cría en cautividad, el traslado de poblaciones sanas a zonas seguras y la búsqueda de variantes resistentes para reforzar la resiliencia.
Se exploran estrategias complementarias, desde probióticos hasta programas de restauración que integren el control del erizo y la recuperación del kelp, con el fin de reestabilizar las redes tróficas.
Voces como la de Antonio Figueras piden prudencia para no dar por cerrado el caso: el historial de la enfermedad incluye pistas falsas y podrían intervenir factores ambientales que modulasen la severidad de los brotes.
El escenario actual vincula de forma sólida la presencia de Vibrio pectenicida con el brote, en un contexto marcado por calor oceánico y el desequilibrio ecológico. La identificación del culpable permite poner en marcha soluciones a escala, aunque su efectividad dependerá de la adecuada combinación de ciencia, gestión adaptativa y seguimiento constante.

