Vivir rodeado de 400 tortugas en el jardín no es precisamente la imagen típica de la jubilación tranquila, pero para un vecino de Treviso (Italia) se ha convertido en la normalidad más absoluta. En una parcela de unos 500 metros cuadrados, este exbanquero retirado ha transformado el césped de su casa en un auténtico universo de caparazones, surcos en la tierra y rincones preparados para que las tortugas campen a sus anchas.
Desde que dejó de ir a la oficina, asegura que las grandes beneficiadas son sus animales: las tortugas “le tienen todo para ellas” y marcan el ritmo de su día a día. Lo que empezó como un simple recuerdo de infancia se ha convertido en una afición a medio camino entre la pasión personal, el pequeño criadero controlado y una curiosa atracción para vecinos y visitantes.
De un recuerdo de infancia a un jardín con 400 tortugas
El origen de esta historia se remonta a 2009, cuando el matrimonio compró una casa con jardín en Treviso. Al ver el terreno, al protagonista le vino a la cabeza una escena de cuando era niño: ir con su padre a visitar a un conocido que tenía el patio lleno de tortugas. De aquella época apenas conserva imágenes nítidas, solo la sensación de diversión al caminar entre los animales y observarlos de cerca.
De ese recuerdo surgió la decisión de incorporar las dos primeras tortuguitas al nuevo hogar. A partir de ahí, la cosa se descontroló, en el mejor sentido de la palabra. Poco a poco fueron llegando más ejemplares y, en cuestión de años, el jardín se vio convertido en un auténtico “barrio tortuguero” con alrededor de cuatrocientas tortugas conviviendo en el mismo espacio.
En la parcela conviven desde crías minúsculas, del tamaño de una moneda, hasta ejemplares cuyo caparazón alcanza en torno a 35 centímetros. Las más grandes, explica el cuidador, necesitan al menos veinte metros cuadrados de terreno para moverse con cierta libertad, pastar y excavar. De ahí que la organización del jardín se haya ido adaptando con el tiempo, con zonas de paso, áreas de más sombra y espacios pensados para evitar aglomeraciones.
En los meses más cálidos del año, la convivencia entre interior y exterior se vuelve casi doméstica. Si la puerta de casa queda abierta, no es raro que alguna tortuga se cuele en el salón y avance tranquilamente como si aquel espacio también formara parte de su territorio. La escena, que a cualquiera podría pillarle por sorpresa, se ha hecho tan habitual que el dueño la relata ya con total naturalidad.
Esta convivencia intensiva no es una simple afición de fin de semana. El jardinero de las tortugas, ex empleado de banca, ha ido organizando su tiempo y sus recursos para que el terreno responda a las necesidades específicas de los reptiles, algo que requiere inversión, constancia y, sobre todo, mucha paciencia.
Hibernación, ritmos del año y un menú a base de radicchio
La vida en este jardín de Treviso está totalmente marcada por el calendario biológico de los animales. Durante unos cinco meses al año las tortugas hibernan, normalmente desde finales de octubre hasta marzo. En ese periodo se entierran unos diez centímetros bajo tierra y permanecen inmóviles, conservando una temperatura interna de unos cinco grados y reduciendo al mínimo sus constantes vitales, con apenas un par de latidos por minuto.
Según explica su cuidador, a lo largo de ese letargo apenas pierden alrededor del 2 % de su peso. Para él, esos meses suponen también una especie de respiro: mientras las tortugas duermen bajo el suelo del jardín, la carga diaria de trabajo baja un poco, aunque no desaparecen las comprobaciones y el mantenimiento básico del recinto.
La escena cambia por completo con la llegada de la primavera. Cuando las temperaturas se suavizan, las tortugas comienzan a asomar, cubiertas de tierra y todavía muy lentas. Al inicio les cuesta reaccionar, pero poco a poco despiertan el metabolismo y vuelven a interesarse por la comida. Es en estas semanas cuando el jardín parece cobrar vida de golpe, con decenas de caparazones reapareciendo a la vez.
La dieta que ofrece el jubilado es sencilla, pero no admite demasiadas licencias. El menú diario se basa en hierba, diente de león y, sobre todo, radicchio, una hortaliza muy presente en la cocina italiana. Entre todas las tortugas llegan a consumir en torno a diez kilos de vegetales al día, una cantidad nada despreciable para un espacio doméstico.
Pese a esa aparente simplicidad, los animales resultan ser sorprendentemente tiquismiquis. Su cuidador relata, entre risas, que rechazan de forma sistemática la parte blanca del radicchio y que en cuanto notan que algo no les convence lo dejan a un lado. Esa delicadeza obliga a revisar a diario el alimento sobrante y ajustar las raciones para mantener una dieta equilibrada y evitar desperdicios.
Salud, vigilancia y la rutina de mirar a 400 tortugas a los ojos
La jornada del dueño de este peculiar jardín arranca muy temprano. Nada más levantarse, da una vuelta general para saludar a las tortugas y observarlas una por una. Asegura que mirarlas a los ojos le sirve para detectar si alguna no está del todo bien, si se mueve menos de lo normal o si muestra algún síntoma extraño. Con cuatrocientas miradas que revisar, no es de extrañar que llegue a la hibernación deseando también “tomar aire”.
Cada ejemplar está marcado cuidadosamente. Para evitar confusiones, el cuidador ha aplicado pequeñas señales de color en el caparazón, que le permiten saber a simple vista a qué “familia” pertenece cada tortuga y controlar mejor la reproducción. En su experiencia, por cada macho es recomendable contar con unas diez hembras, ya que los machos se muestran especialmente activos durante la época de apareamiento.
La organización del espacio va acompañada de un sistema de control tecnológico poco habitual en un jardín doméstico. El exbanquero ha instalado unas treinta cámaras de vigilancia repartidas por la parcela, con las que puede supervisar en remoto lo que ocurre en cada rincón. Si está fuera de casa y ve que alguna hembra comienza a excavar para poner huevos, toma nota exacta del punto para localizar después el nido con precisión.
Esta vigilancia a distancia cobra especial sentido durante las vacaciones. Aunque se encuentre a kilómetros, frente al mar, puede abrir la aplicación, comprobar la actividad en el jardín y anotar dónde deben recogerse los huevos a su regreso. De vuelta a casa, los traslada a incubadoras preparadas, donde controla mejor las condiciones de desarrollo de las crías.
En el día a día, los vecinos también participan, casi sin querer, en el control del grupo. Antes de reforzar el cierre del jardín, era relativamente habitual que alguna tortuga decidiera explorar más allá de la verja. En esas ocasiones, no faltaba quien apareciera en la puerta avisando: “¡Oye, que tienes una tortuga al fondo del campo!”. Esas pequeñas escapadas han contribuido a que la colonia de reptiles se haya hecho muy conocida en el barrio.
Huevos, incubadoras y el papel decisivo de la temperatura
A partir de mediados de mayo arranca uno de los periodos más intensos del calendario tortuguero: la temporada de puesta de huevos. Las hembras pueden pasar hasta dos horas cavando un hoyo en el suelo para dejar la puesta, y después se esmeran en taparlo y camuflarlo. Desde la superficie, es prácticamente imposible distinguir dónde se encuentra el nido, de ahí la importancia de las cámaras y de las anotaciones detalladas.
Una vez localizados, el cuidador recoge los huevos y los traslada a incubadoras específicas, donde controla tanto la temperatura como la humedad. Estos parámetros no son un mero detalle técnico: en el caso de las tortugas, el sexo de las crías depende en gran medida de la temperatura de incubación, y no se define por completo hasta varios años después del nacimiento.
La experiencia acumulada le ha permitido comprobar algunas tendencias curiosas. En el norte del país, donde el clima es más fresco, tienden a nacer más machos, mientras que en zonas del sur, con temperaturas más elevadas, son más abundantes las hembras. Este fenómeno obliga a planificar bien la reproducción para evitar un desequilibrio excesivo entre sexos en el grupo del jardín.
Esa planificación se suma al control exhaustivo de las “familias” de tortugas que viven en la parcela. Saber qué ejemplares se relacionan entre sí, quién es descendencia de quién y cuántos individuos hay de cada sexo se ha convertido en parte del trabajo cotidiano de este jubilado, casi como si gestionara un pequeño libro de registro genealógico.
Más allá de los números, la temporada de huevos sigue siendo uno de los momentos que más expectación genera entre las personas que visitan el jardín. Niños y adultos escuchan con atención cuando el dueño explica cómo las hembras excavan, cómo protegen el nido y de qué manera un factor tan aparentemente simple como la temperatura puede condicionar el futuro de toda una generación de tortugas.
Ley, microchips y tortugas que se heredan
Esta peculiar colonia no escapa de la burocracia. Las tortugas están consideradas animales protegidos por normativa específica y su tenencia está sujeta a controles. Cada ejemplar debe contar con un microchip identificativo y con la correspondiente documentación CITES, el convenio internacional que regula el comercio de especies amenazadas.
El cuidador insiste en que poseer una tortuga sin papeles puede salir caro. Las autoridades pueden imponer multas elevadas e incluso abrir procesos penales si se detectan animales sin registrar. Por eso, una parte nada menor de su dedicación pasa por mantener al día ese archivo de certificados y comprobantes, algo que cualquier aficionado europeo debe tener muy presente si quiere ampliar su propio pequeño grupo de reptiles.
Otra cuestión clave es la longevidad. Muchas de estas tortugas pueden vivir entre 90 y 100 años, incluso más, por lo que es habitual que pasen de una generación a otra como una especie de “herencia viva”. En el caso de este jardín de Treviso, parte de los ejemplares proceden de otro gran aficionado que falleció; a su viuda no le entusiasmaba seguir cuidándolas y decidió entregárselas a alguien que pudiera hacerse cargo.
Esta vida tan larga refuerza la idea de que adoptar una tortuga no es un capricho pasajero, sino un compromiso que, en muchos casos, terminará recayendo en los descendientes. En cierto modo, cada animal se convierte en un legado familiar que puede acompañar a varias generaciones.
El veterano cuidador también ha comprobado hasta qué punto las tortugas despiertan fascinación en personas de edades muy distintas. Recuerda, por ejemplo, el caso de un hombre de unos ochenta años, recién salido del hospital tras una larga estancia, que se presentó decidido a llevarse una. Después de meses de tensión y ruido de máquinas, dijo desear “algo lento, sólido y silencioso” que le ayudara a cambiar de ritmo.
Un jardín que atrae miradas, curiosidad y sonidos inesperados
Con los años, el jardín de este exbanquero se ha convertido casi en una pequeña atracción local. Familias de la zona se acercan para ver de cerca a los animales, sobre todo en primavera y verano, cuando las tortugas están más activas. A los niños les llama la atención su forma de moverse, su caparazón y la paciencia con la que avanzan; los adultos, por su parte, suelen interesarse por los cuidados, los costes y los requisitos legales.
Pese a la fama de animales silenciosos, el dueño asegura que las tortugas no son tan calladas como se cree. Durante el apareamiento, los machos emiten sonidos muy particulares y protagonizan una especie de danza de cortejo que incluye pequeños mordiscos en las patas de la hembra, como una forma de reclamar su atención. Estos comportamientos rompen la imagen estática que muchos tienen de la especie.
En cuanto al carácter, no se trata de mascotas afectivas en el sentido clásico, pero el cuidador está convencido de que reconocen su entorno y a las personas que las atienden. Cambios bruscos en el jardín, la entrada de desconocidos o la presencia de extraños se reflejan en su comportamiento, algo que él ha aprendido a leer con los años.
Esta relación cotidiana, basada más en la observación y el respeto que en el contacto físico directo, ha terminado moldeando también la vida del propio cuidador. A sus años de jubilación, su rutina no gira ya en torno a reuniones ni a gráficos financieros, sino a comprobar cómo salen de la tierra tras el invierno, cómo devoran el radicchio o cómo una nueva generación de crías se abre paso desde la incubadora.
Lo que empezó como un simple capricho en un jardín recién estrenado se ha transformado en un proyecto personal a gran escala: un jardín europeo convertido en hogar para 400 tortugas, gestionado con rigor, paciencia y una mezcla muy particular de tecnología, normativa ambiental y cariño por unos animales que, poco a poco, han ido ocupando cada rincón de su vida.

