
Las islas Galápagos, ese archipiélago volcánico que inspiró a Darwin, viven una paradoja: mientras algunas especies se recuperan gracias a la intervención humana, otras luchan por no desaparecer. Dos historias recientes lo ejemplifican. Por un lado, la erradicación de cabras introducidas ha permitido que las tortugas gigantes del volcán Alcedo vuelvan a reproducirse con éxito. Por otro, la solitaria Fernanda, la única tortuga de Fernandina localizada, sigue esperando que aparezca un compañero.
Ambos casos muestran cómo la conservación en este remoto rincón del Pacífico combina ciencia, tecnología y mucho dinero. El resultado es un ecosistema que, poco a poco, se reconstruye, aunque no sin dificultades. Estas son las claves de dos de los proyectos más ambiciosos para salvar a los quelonios más famosos del planeta.
La erradicación de cabras devuelve la vida a las tortugas del volcán Alcedo
Durante décadas, las cabras asilvestradas arrasaron la vegetación de varias islas. En Isabela, estos animales cruzaron el istmo de Perry y llegaron al volcán Alcedo, donde encontraron un paraíso sin depredadores. Su población explotó hasta alcanzar unos 100.000 ejemplares solo en el norte de la isla. El sobrepastoreo provocó erosión, pérdida de bosques y redujo el alimento disponible para las tortugas gigantes.
Para atajar el problema, el Parque Nacional Galápagos y la Fundación Charles Darwin pusieron en marcha el Proyecto Isabela en 1997. Con un presupuesto de más de 10,5 millones de dólares, desplegaron cazadores terrestres, helicópteros y una estrategia tan ingeniosa como polémica: las llamadas “cabras Judas”. Estos animales esterilizados, equipados con radiotransmisores, servían para localizar a sus congéneres gracias a su instinto gregario. Así lograron eliminar más de 140.000 cabras en total, incluidas 62.800 en Isabela y 79.579 en Santiago.
La inversión dio resultados. La proporción de tortugas juveniles en el volcán Alcedo pasó del 5% al 24% entre los periodos 1995-1999 y 2000-2005. Además, los investigadores detectaron mejoras en el crecimiento y la condición corporal de los animales. En la isla Santa Cruz, donde no se retiraron las cabras durante ese tiempo, no se observaron cambios similares, lo que confirma que la erradicación fue el factor clave.
La recuperación también se notó en la vegetación: árboles rebrotando desde tocones, arbustos de zonas altas, cactus Opuntia y especies endémicas que reaparecieron fuera de los refugios donde habían sobrevivido. El ecosistema empezó a sanar por sí mismo una vez eliminada la presión.
Fernanda, la última tortuga de Fernandina, sigue sin pareja
Mientras tanto, en la isla Fernandina, la situación es mucho más delicada. Allí se encontró en 2019 a Fernanda, una tortuga gigante de la especie Chelonoidis phantasticus, que se creía extinta desde 1906. El análisis de ADN confirmó en 2022 que pertenecía a ese linaje único, pero desde entonces no se ha localizado ningún otro ejemplar.
Fernanda, que tiene más de 50 años y un tamaño reducido debido a la escasez de vegetación, vive bajo cuidado en el Centro de Cría de Tortugas Gigantes de Santa Cruz. Las expediciones a Fernandina han encontrado rastros, huellas y excrementos, pero ningún otro individuo. Sin un macho compatible, la reproducción natural es imposible, y la especie se enfrenta a un riesgo crítico de extinción.
El Parque Nacional Galápagos, con el apoyo de Galápagos Conservancy y Re:wild, ha diseñado un plan de acción para los próximos cinco años. Incluye expediciones para buscar evidencias, análisis de restos subfósiles, revisión de colecciones de museos y la identificación de posibles ejemplares fuera del archipiélago. La comunidad científica insiste en que cada paso se dará con rigor y sin anticipar resultados, pero el tiempo corre.
El caso de Fernanda recuerda que la conservación no siempre tiene final feliz. Mientras que la erradicación de cabras ha demostrado que se puede revertir el daño ecológico, la supervivencia de una especie puede depender de un solo individuo. La búsqueda continúa, pero cada año que pasa sin noticias reduce las esperanzas.
En definitiva, Galápagos sigue siendo un laboratorio natural donde la intervención humana puede tener efectos positivos, pero también donde la fragilidad de la biodiversidad se hace evidente. La historia de las tortugas es un recordatorio de que cada especie cuenta y de que la ciencia, bien aplicada, puede marcar la diferencia.