Los tiburones llevan millones de años surcando los océanos, pero conocer sus rutas exactas y sus hábitos sigue siendo un desafío para la ciencia. En los últimos meses, un equipo de la Universidad Texas A&M ha estado siguiendo a dos especies de escualos en el Golfo de México con telemetría acústica, mientras en el otro lado del mundo, las aguas de Australia Occidental volvían a ser escenario de un trágico ataque. Ambas historias, aparentemente dispares, reflejan la compleja relación entre los tiburones y los humanos: una centrada en estudiarlos para protegerlos mejor, la otra en los riesgos que siguen presentes en las playas.
Los datos que se van conociendo sobre el comportamiento de estos animales muestran que no son máquinas de matar ni criaturas estáticas. Se mueven a lo largo de cientos de kilómetros, utilizan distintos hábitats según la estación y evitan encontrarse con sus propios congéneres cuando las condiciones no son las adecuadas. Todo ello obliga a replantear las estrategias de conservación, que hasta ahora han dependiddo en gran medida de la creación de zonas marinas protegidas con límites fijos.
Rastreando a los tiburones en el Golfo de México

Un estudio publicado recientemente por el Laboratorio de Biología y Pesca de Tiburones de Texas A&M en Galveston ha seguido a ejemplares de tiburón sedoso y tiburón de banco entre agosto de 2022 y octubre de 2025. Los científicos colocaron pequeños transmisores acústicos en un total de 63 ejemplares y desplegaron receptores en 17 bancos del Santuario Marino Nacional de Flower Garden Banks, más cuatro bancos exteriores y catorce arrecifes artificiales. Los resultados confirmaron algo que muchos biólogos sospechaban: cada especie tiene su propia manera de moverse y no siempre se comporta igual a lo largo del año.
Los tiburones sedosos, todos juveniles, mostraron una clara preferencia por los bancos naturales durante el invierno y la primavera, cuando la conectividad entre ellos era máxima. En verano, sin embargo, esos mismos bancos perdían protagonismo frente a las plataformas petrolíferas y otros arrecifes artificiales. Los tiburones de banco, en cambio, eran en su mayoría hembras adultas que mantenían patrones de movimiento constantes y cubrían distancias mucho mayores. De hecho, casi la mitad de los ejemplares detectados fueron localizados fuera de la red acústica del santuario.
Algunos de esos viajes resultan espectaculares. Un tiburón de banco, bautizado como SB-07, acumuló una distancia mínima documentada de unos 6.548 kilómetros, desplazándose desde el Golfo de México hasta las costas de Florida, Carolina del Sur, Georgia e incluso Massachusetts. Otro ejemplar completó un viaje de ida y vuelta entre el santuario y los Cayos de Florida en 522 días. Estos datos refuerzan la idea de que los tiburones no entienden de fronteras y que un área protegida por sí sola no basta para garantizar su conservación.

Tras la pista de un ataque mortal en Australia
Mientras los científicos rastrean los movimientos de los tiburones, la realidad en las playas sigue siendo otra. El pasado viernes, un hombre perdió la vida tras ser atacado por un tiburón en Sorrento Beach, a unos 20 kilómetros de Perth, en Australia Occidental. Los servicios de emergencia recibieron el aviso alrededor de las 10:30 de la mañana y se desplegó un amplio operativo por aire y mar, aunque no se pudo hacer nada por la víctima. Las autoridades cerraron todas las playas de la zona y se informó de la presencia de un ejemplar de tiburón blanco de unos cinco metros en un arrecife cercano, aunque no se ha confirmado que fuera el responsable.
El incidente llega apenas unos días después de que un surfista resultara herido en Geraldton, al norte de Perth, donde perdió un pie y sufrió graves lesiones en una pierna. Además, en lo que va de año ya han muerto varias personas por ataques de tiburón en aguas australianas: un niño de 12 años en Sídney, tres buceadores entre mayo y junio, y ahora este bañista. Australia acumula más de 1.300 incidentes documentados desde 1791, lo que lo convierte en uno de los países con mayor actividad de estos depredadores en sus costas, según la radiografía de los ataques de tiburones en el mundo.
Lo ocurrido en Sorrento plantea de nuevo la difícil convivencia entre usuarios del mar y los grandes escualos. Las autoridades insisten en la necesidad de extremar precauciones y mantener la vigilancia aérea, especialmente en una época en la que las aguas templadas atraen tanto a bañistas como a los peces de los que se alimentan los tiburones. Aunque los ataques son extremadamente raros, cada verano se repiten situaciones similares que mantienen en vilo a residentes y turistas.
Más allá de los incidentes puntuales, el gran desafío sigue siendo la protección de los tiburones. En 2025 se cumplieron 50 años del estreno de Tiburón, la película que convirtió a estos animales en villanos del mar. Su director, Steven Spielberg, ha reconocido en varias ocasiones su arrepentimiento: lamenta sinceramente el impacto que el filme tuvo sobre la población de tiburones, ya que provocó una ola de pesca deportiva y una percepción pública muy negativa que aún perdura.
El autor de la novela original, Peter Benchley, también llegó a decir que jamás habría escrito ese libro de haber conocido el daño que haría. La organización Shark Stewards señala que la representación de los tiburones como asesinos ha dificultado enormemente las campañas de conservación, y que muchas especies han sufrido disminuciones alarmantes. Hoy, la ciencia intenta revertir este daño con estudios como el de Texas A&M, que en lugar de alimentar el miedo, aportan datos objetivos sobre el comportamiento real de los escualos.
Las conclusiones de estas investigaciones apuntan a que las estrategias de protección deben ser más flexibles y considerar que los tiburones se mueven entre santuarios, plataformas petrolíferas, arrecifes artificiales y aguas abiertas. No basta con delimitar zonas en el mapa; hace falta entender qué conexiones existen entre ellas y cómo las usan estos depredadores a lo largo de su vida.
La información que se va acumulando sobre los tiburones, tanto a través de la telemetría como de la gestión de incidentes en las costas, dibuja un panorama mucho más matizado del que ofrecen las películas de Hollywood. Estos animales recorren miles de kilómetros, aprovechan los hábitats que encuentran y rara vez atacan a los humanos. Las medidas que se tomen para su conservación deben tenerlo en cuenta, porque proteger a un tiburón no es solo proteger un punto en el mapa, sino todo un camino.
