Durante décadas nos han contado que los primeros animales que salieron del agua lo hicieron siguiendo el mismo patrón que las ranas actuales. Se daba por hecho que nacían como larvas acuáticas y sufrían una transformación radical antes de pisar tierra. Sin embargo, el análisis de unos fósiles pequeñísimos encontrados en Estados Unidos sugiere que esta idea podría ser papel mojado y que la realidad fue bastante distinta.
Una investigación reciente publicada en la prestigiosa revista Science ha puesto patas arriba uno de los pilares de la biología evolutiva. Al parecer, aquellos pioneros de cuatro patas no pasaban por una metamorfosis compleja, sino que crecían de forma mucho más directa, lo que obliga a los científicos a reescribir gran parte de la historia sobre cómo nuestros ancestros abandonaron los océanos.
El tesoro paleontológico de Mazon Creek
El hallazgo ha sido posible gracias a las piezas encontradas en Mazon Creek, un yacimiento en Illinois que es auténtica canela en rama para los expertos. En este lugar se han conservado restos de animales tan sumamente diminutos que, en condiciones normales, desaparecerían sin dejar rastro, permitiendo por fin estudiar a las crías de especies que habitaron la Tierra hace unos 350 millones de años.
Entre los ejemplares más destacados del estudio se encuentran los embolómeros. Estos animales, que de adultos parecían cocodrilos de tres metros de largo, dominaban los pantanos del Carbonífero. Lo sorprendente es que las crías analizadas, que apenas medían unos centímetros, ya presentaban una estructura física muy similar a la de los adultos, sin rastro de las características típicas de un renacuajo.
Sin rastro de branquias ni fases de renacuajo
Lo que los investigadores esperaban encontrar eran pruebas de branquias externas o rasgos larvarios, pero los resultados han sido negativos. Estos pequeños fósiles muestran que las crías ya tenían extremidades formadas y carecían de la reorganización corporal que vemos en los anfibios de hoy en día. Básicamente, nacían y crecían siguiendo un camino similar al de los reptiles o los mamíferos, rompiendo con el mito del ancestro «rana».
Este descubrimiento implica que la metamorfosis no fue la herramienta clave que permitió a los vertebrados conquistar los continentes. De hecho, los datos apuntan a que esta capacidad de transformarse apareció unos 40 o 60 millones de años después en un linaje concreto, el de los temnospóndilos, que son los que finalmente dieron lugar a las salamandras y sapos que conocemos actualmente.
Una nueva perspectiva sobre la conquista de la tierra
Hasta ahora se pensaba que la transición del agua a la tierra firme había sido un proceso lineal donde la fase larvaria era obligatoria para adaptarse al nuevo medio. No obstante, estos nuevos datos indican que la evolución fue mucho más enrevesada y llena de experimentos biológicos. Los primeros tetrápodos ya vivían en entornos húmedos, pero su crecimiento no dependía de una transformación drástica para sobrevivir fuera del agua.
Los expertos señalan que las adaptaciones para la vida terrestre, como la locomoción o los cambios en el cráneo, fueron procesos independientes que no necesitaron de un «momento renacuajo». Resulta curioso comprobar que nuestro propio árbol genealógico está más conectado con este crecimiento directo de hace millones de años que con el ciclo de vida de los anfibios modernos, a los que siempre habíamos usado como modelo.
En última instancia, estas piezas diminutas que caben en la palma de una mano han servido para demostrar que la historia de la vida no siempre sigue el camino que nos imaginamos. Aunque los anfibios actuales son fascinantes, no son el espejo exacto de los primeros colonos terrestres, lo que abre una ventana nueva para entender cómo los vertebrados acabamos caminando por el mundo de una forma totalmente distinta a la que figuraba en los manuales.