En una zona poco explorada del norte de la Isla Grande de Chiloé, un equipo de investigadores y conservacionistas ha localizado una población hasta ahora desconocida de la ranita de Darwin (Rhinoderma darwinii), uno de los anfibios más singulares del planeta. El hallazgo se produjo en terrenos privados dedicados a la conservación, donde hace años se viene trabajando de forma discreta para restaurar bosque nativo y humedales.
Este descubrimiento, que supone una buena noticia para la herpetología y la conservación de anfibios, llega acompañado de una preocupación inmediata: el área donde vive esta nueva población coincide con el trazado de una gran infraestructura eléctrica ya aprobada. La evaluación de impacto del proyecto no contempló la presencia de la especie, por lo que no se incluyeron medidas específicas de protección.
Un refugio privado que se convierte en clave
La nueva población fue detectada a finales de 2025 en el llamado Refugio de Ranitas Butamanga, en el sector norte de Chiloé y cerca de Chacao, dentro de un programa pionero de conservación privada impulsado por la ONG Ranita de Darwin. Gracias a acuerdos voluntarios con propietarios locales, se buscan proteger humedales, turberas y bosques nativos que aún se mantienen relativamente bien conservados en la zona.
El refugio, de unas 18 hectáreas, se gestiona como una iniciativa familiar que combina la restauración ecológica con actividades a pequeña escala como la apicultura y la agroecología. Desde 2015, sus responsables han ido delimitando áreas sensibles, levantando información de biodiversidad y, finalmente, firmando un acuerdo formal de conservación con la ONG Ranita de Darwin bajo la figura de “Refugio de Ranitas”.
Según relata su gestor, Andrés Lagarrigue, encontrar ejemplares de ranita de Darwin en el predio fue “la sorpresa más grande” desde que asumieron el compromiso de conservar el lugar. Para él, el hallazgo confirma que la protección activa de espacios privados, incluso con recursos limitados, puede tener un efecto real en la recuperación de los ecosistemas y en la sensibilización de la comunidad local.
La población localizada en Butamanga se suma a otras recientes detecciones en el sur de Chile, como la registrada en la reserva Mocho Choshuenco, en la región de Los Ríos. En el caso de Chiloé, se trata de una de las pocas poblaciones conocidas en el sector norte de la isla, lo que refuerza todavía más su relevancia para la conservación de la especie.
La biología única de la ranita de Darwin
La ranita de Darwin es un anfibio emblemático de Chile y una pequeña franja de Argentina, conocido en todo el mundo por su extraordinario sistema reproductivo. De entre más de 9.000 especies de anfibios descritas, es la única en la que el macho se encarga de criar a los renacuajos dentro de su saco vocal.
Tras la puesta, los huevos son inicialmente protegidos en el suelo del bosque nativo, y cuando eclosionan, el macho ingiere a los renacuajos para alojarlos en el saco vocal. Durante unas ocho semanas, los alimenta mediante una secreción rica en nutrientes, similar a una especie de “leche” producida por su organismo, hasta que las crías completan su metamorfosis y emergen como pequeñas ranitas ya formadas.
Este comportamiento la convierte en una especie de alto valor científico y simbólico, tanto para la comunidad investigadora internacional como para organizaciones conservacionistas que siguen con atención su evolución poblacional. Su estrecho vínculo con ambientes húmedos y bosques templados del sur de Chile la hace, además, un indicador de la salud de estos ecosistemas.
El archipiélago de Chiloé tiene, en este sentido, un papel especialmente relevante. Las poblaciones insulares muestran diferencias respecto a las continentales, y fue precisamente allí donde Charles Darwin colectó por primera vez la especie en 1834, lo que añade un componente histórico y científico poco frecuente en la fauna del sur de América.
Una carretera eléctrica sobre uno de los últimos refugios
Pese al valor del descubrimiento, la nueva población detectada en Butamanga se encuentra amenazada por un gran proyecto eléctrico. El lugar donde habitan estos anfibios coincide con el trazado de una línea de transmisión de alta tensión de la empresa Transelec, conocida popularmente como “carretera eléctrica”, que contempla la instalación de unas 251 torres y el cruce del canal de Chacao.
El proyecto fue aprobado en 2024 dentro del sistema de evaluación de impacto ambiental, sin que los estudios iniciales detectaran la presencia de la ranita de Darwin en la zona. Al no figurar la especie en la línea de base, no se incluyeron salvaguardas específicas ni medidas de mitigación asociadas a su hábitat, un punto que hoy cuestionan tanto organizaciones ambientales como especialistas en derecho ambiental.
La ejecución de la línea implica la tala de bosque nativo en una franja bajo el tendido, incluyendo sectores ubicados a menos de 100 metros de la población recién descrita. Según los antecedentes recopilados por la ONG Ranita de Darwin, este desmonte alteraría el sistema hidrológico local, afectando cursos de agua, humedales y suelos saturados que resultan esenciales para la fauna anfibia.
El investigador Andrés Valenzuela, presidente de la ONG Ranita de Darwin y vinculado a la Sociedad Zoológica de Londres, advierte que la llamada “tala rasa” asociada a este tipo de obras fragmenta el bosque nativo, cortando los corredores por los que se desplazan los individuos jóvenes. La ranita de Darwin se mueve muy poco y exclusivamente a través de la cobertura boscosa, de modo que cualquier interrupción en la continuidad del hábitat limita drásticamente el intercambio genético entre subpoblaciones.
Desde el ámbito jurídico, la abogada Tamara Navia, de la ONG FIMA, subraya que la aparición de esta población supone un antecedente ambientalmente relevante que no fue considerado en la evaluación. A su juicio, las autoridades competentes deberían revisar el proyecto a la luz de esta nueva información y valorar ajustes que reduzcan el riesgo de fragmentación del hábitat de una especie catalogada En Peligro de Extinción.
Ecosistemas de Chiloé en el punto de mira
El norte de Chiloé, donde se ubica Butamanga, combina bosques siempreverdes, turberas, humedales, pomponales y pequeños cursos de agua que dependen en gran medida de las precipitaciones, ya que la isla carece de cordillera con glaciares o nieve persistente. Esto hace que las turberas y los suelos saturados funcionen como auténticos reservorios de agua dulce, decisivos para comunidades humanas y vida silvestre.
La Dra. Jenny Schmid-Araya, especialista en ecosistemas de agua dulce, llama la atención sobre la fragilidad de las redes ecológicas que dependen de estos ambientes. Según explica, un tendido eléctrico de gran escala no sólo afecta al bosque donde viven las ranitas, sino que también puede interrumpir las conexiones entre humedales, turberas, pomponales y cuencas hidrológicas, con impactos que se extienden a invertebrados, aves y otros vertebrados asociados.
Además de la carretera eléctrica, en la isla se han proyectado parques eólicos de gran tamaño, cuyo desarrollo requiere accesos, caminos, tendidos adicionales y plataformas, lo que previsiblemente aumentará la presión sobre el bosque nativo y las turberas. Diversas comunidades indígenas y organizaciones territoriales han manifestado desde hace años su oposición a este tipo de proyectos, argumentando que no resuelven las necesidades locales de abastecimiento energético y, en cambio, profundizan los procesos de fragmentación del paisaje.
En este contexto, el descubrimiento de una población tan escasa y especializada como la ranita de Darwin actúa como una señal de alerta sobre el estado general de la biodiversidad chilota. Allí donde todavía sobreviven especies muy sensibles al cambio ambiental, cualquier intervención a gran escala puede suponer el punto de inflexión hacia su desaparición local.
La experiencia acumulada en otros territorios europeos con infraestructuras eléctricas y eólicas sobre hábitats sensibles muestra la importancia de planificar corredores ecológicos, aplicar evaluaciones ambientales más finas y, cuando es necesario, replantear trazados para compatibilizar la transición energética con la conservación de la naturaleza.
Una especie empujada al límite
A la amenaza directa de la pérdida de hábitat se suma un problema sanitario de gran calado. La ranita de Darwin forma parte del grupo de anfibios que sufren los efectos de un hongo microscópico, el quítrido, responsable de una de las crisis de biodiversidad más graves de las últimas décadas. Este patógeno ha causado la declinación o desaparición de poblaciones de anfibios en todo el mundo y está detrás de la extinción de decenas de especies.
En el caso de Chiloé, el hongo llegó al Parque Tantauco y provocó en 2023 la muerte de más de 1.300 ranitas de Darwin en apenas un año, lo que obligó a una operación de rescate de emergencia liderada por la ONG Ranita de Darwin. El objetivo era evitar que la especie se extinguiera localmente en uno de sus bastiones más importantes del sur de la isla.
En 2025, y ante el riesgo sanitario, científicos de Chile y del Reino Unido organizaron un traslado de ejemplares a instalaciones especializadas en Londres. Un total de 53 ranitas recorrieron más de 13.000 kilómetros por mar, tierra y aire bajo estrictos protocolos de bioseguridad. Todos los animales llegaron con vida y, poco después, en el zoológico de Londres se registró el nacimiento de 33 crías, que hoy representan una reserva genética clave para la especie.
Mientras se desarrollan investigaciones para controlar el hongo en los ecosistemas naturales de Chiloé y otras zonas del sur de Chile, esta colonia ex situ proporciona una suerte de seguro de vida para la ranita de Darwin, con la perspectiva de que, si las condiciones mejoran, pueda contribuir a reforzar futuras poblaciones reintroducidas.
La situación de la especie no es una excepción. A escala global, los anfibios presentan una tasa de extinción cuatro veces superior a la histórica y constituyen el grupo de vertebrados terrestres más amenazado. La combinación de destrucción de hábitat, contaminación, cambio climático, especies invasoras y enfermedades emergentes deja a muchas especies en un equilibrio muy precario, algo que también preocupa a expertos en gestión de biodiversidad en Europa y España.
Conservación colaborativa y retos de futuro
El caso de Butamanga ilustra cómo iniciativas locales de conservación pueden convertirse en piezas esenciales para la supervivencia de especies muy amenazadas. La ONG Ranita de Darwin, fundada en 2015, centra su trabajo en la investigación de anfibios, la protección de bosques nativos y el impulso de acuerdos con comunidades e instituciones para salvaguardar ecosistemas únicos.
Su enfoque se apoya en la colaboración y en la construcción de confianza con propietarios rurales, que pasan de gestionar sus terrenos de manera tradicional a incorporar criterios de manejo ecológico, restauración y educación ambiental. En el refugio de Butamanga las actividades científicas conviven con acciones de divulgación, visitas educativas y proyectos de monitoreo, lo que ayuda a mantener el tema en la agenda local.
Por su parte, la ONG FIMA trabaja desde el ámbito del derecho ambiental para mejorar el acceso a la justicia y la participación ciudadana en conflictos socioambientales. La organización acompaña a comunidades afectadas por proyectos de alto impacto y promueve cambios normativos que permitan integrar mejor la protección de la naturaleza en la planificación territorial.
La presión que ejerce la transición energética sobre zonas rurales y costeras es un desafío que no se limita a Chile. En Europa, por ejemplo, el despliegue de parques eólicos, líneas de alta tensión y nuevas infraestructuras ha obligado a reforzar la evaluación ambiental estratégica, establecer zonas de exclusión para proyectos y reconocer el papel de figuras como reservas privadas, fincas de conservación o acuerdos voluntarios con propietarios.
La experiencia internacional apunta a que proteger especies tan especializadas como la ranita de Darwin exige combinar la conservación in situ, el apoyo a reservas privadas y comunitarias, la revisión periódica de proyectos de infraestructura y programas de cría y rescate coordinados entre instituciones locales e internacionales. El hallazgo en Chiloé confirma que aún quedan rincones donde la especie resiste, pero también muestra hasta qué punto su futuro depende de las decisiones que se tomen en los próximos años respecto al uso del territorio y a la forma de desplegar nuevas infraestructuras energéticas.
Lo ocurrido en el Refugio de Ranitas Butamanga resume bien la encrucijada actual: una especie única y en retroceso encontrada en uno de sus últimos refugios naturales justo cuando una gran obra eléctrica está a punto de transformar el paisaje que la sostiene. Entre la esperanza que aporta el descubrimiento, los esfuerzos de científicos y organizaciones y las amenazas acumuladas —pérdida de hábitat, enfermedad fúngica y presión de nuevos proyectos— se perfila un escenario en el que la ranita de Darwin seguirá siendo un termómetro de hasta dónde la sociedad está dispuesta a llegar para compatibilizar desarrollo y conservación de la biodiversidad.