Los peces ventosa que acompañan a las mantarrayas esconden una historia mucho más compleja de lo que parecía a primera vista. Durante décadas se ha pensado que las rémoras eran simples “autoestopistas” marinos que se limitaban a limpiar la piel de sus anfitriones a cambio de un viaje gratis, pero observaciones recientes han sacado a la luz un comportamiento tan sorprendente como inquietante: estos peces pueden introducirse en la parte trasera de las mantas, en una zona tan delicada como la cloaca.
Este cambio de mirada sobre la relación entre peces ventosa y mantarrayas nace de un puñado de vídeos, fotos y registros científicos recopilados a lo largo de más de una década en diferentes océanos. Lo que empezó siendo una curiosidad puntual —una rémora entrando en la abertura cloacal de una manta— ha terminado por convertirse en una señal clara de que la relación simbiótica entre ambas especies puede volverse incómoda, e incluso rozar el parasitismo en algunas circunstancias.
Qué son las rémoras o peces ventosa y cómo se fijan a sus anfitriones
Las rémoras (familia Echeneidae) son peces alargados y muy hidrodinámicos que han desarrollado una adaptación anatómica única: un disco de succión situado en la parte superior de la cabeza, formado a partir de una aleta dorsal modificada. Esta estructura funciona como una auténtica ventosa biológica capaz de adherirse con firmeza al cuerpo de grandes animales marinos mientras se desplazan a alta velocidad.
Gracias a este disco de succión, las rémoras se fijan a tiburones, ballenas (de hecho, hay registros donde peces ventosa surfean sobre una ballena jorobada), tortugas marinas, delfines y rayas y recorren enormes distancias sin gastar tanta energía propia en la natación activa. Es un sistema de transporte extremadamente eficiente: en lugar de nadar contra las corrientes, se enganchan a gigantes marinos que ya están realizando ese esfuerzo.
La principal ventaja para las rémoras es triple: acceso continuo a restos de comida que se desprenden de la boca de sus anfitriones, posibilidad de alimentarse de pequeños parásitos y detritos que encuentran sobre la piel, y protección frente a depredadores, ya que viajar asociado a un tiburón o una manta gigantesca no es precisamente una mala forma de disuadir ataques.
Tradicionalmente se ha considerado que esta relación era mutualista o comensalista. En un mutualismo ambas especies salen ganando; en un comensalismo, solo una se beneficia pero sin causar un daño apreciable a la otra. En el caso clásico de las rémoras, se pensaba que las mantas y otros grandes animales obtenían una ligera limpieza de la piel y eliminación de ectoparásitos, mientras que las rémoras ganaban alimento, refugio y transporte.
Sin embargo, el disco de succión no siempre es inocuo. Ese mismo mecanismo de fijación puede provocar rozaduras, pequeñas heridas o zonas irritadas en la piel del anfitrión, especialmente cuando varios individuos se acumulan en áreas sensibles o cuando se enganchan en puntos donde hay fricción constante con la corriente o el movimiento de las aletas.
La relación clásica mantarraya-rémora: limpieza, viaje y protección
En el caso concreto de las mantarrayas, la convivencia con las rémoras se ha descrito durante mucho tiempo como un ejemplo típico de simbiosis de “limpieza y transporte”. Las mantas ofrecen una superficie amplia donde las rémoras pueden aferrarse con relativa facilidad y desplazarse por arrecifes, canales y zonas oceánicas ricas en alimento.
Las rémoras suelen alimentarse de ectoparásitos, restos de comida y heces que encuentran sobre o cerca del cuerpo de las mantas. Esto contribuye, al menos en teoría, a mantener la piel algo más libre de organismos indeseados. De ahí que muchos autores hayan encuadrado esta relación en el comensalismo con cierto toque de beneficio para la manta.
No obstante, diversas observaciones han dejado claro que las mantarrayas no siempre parecen encantadas con la presencia de estos peces ventosa. Se han documentado comportamientos en los que las mantas saltan fuera del agua, se frotan contra el fondo arenoso o realizan movimientos bruscos con las aletas, aparentemente intentando desprenderse de sus polizones.
Algunas investigaciones previas ya habían apuntado problemas energéticos: cuando hay demasiadas rémoras pegadas al cuerpo de un gran animal, aumenta la resistencia al avance en el agua. Eso obliga al anfitrión a gastar más energía para mantener la velocidad, algo que en el medio marino puede marcar la diferencia entre acceder a suficiente alimento o no.
Además, las rémoras tienden a instalarse en zonas donde la corriente es menor —por ejemplo, cerca de la base de las aletas o en regiones más protegidas de la turbulencia— para viajar con el mínimo esfuerzo posible. Esta tendencia a buscar “puntos cómodos” en el cuerpo de la manta será clave para entender el comportamiento mucho más extremo que se ha descubierto recientemente.
El descubrimiento del “buceo cloacal” en mantarrayas
La pieza que ha dado un giro al relato sobre los peces ventosa y las mantarrayas viene de un estudio internacional publicado en la revista Ecology and Evolution, liderado por la investigadora Emily Yeager, del Departamento de Biología Marina y Ecología de la Universidad de Miami. El trabajo documenta un comportamiento insólito al que han bautizado como “buceo cloacal”.
El detonante fue una observación aparentemente aislada: un buceador en apnea nadaba cerca de una mantarraya atlántica adulta (Mobula yarae) en Florida cuando vio a una rémora común (Remora remora) nadando próxima a la región de las aletas pélvicas del animal. La presencia del buceador pareció sobresaltar al pez ventosa.
En cuestión de segundos, la rémora se lanzó hacia la abertura cloacal de la manta y se introdujo rápidamente en su interior. La cloaca es un orificio único que, en estos animales, integra funciones tan importantes como la cópula, la reproducción (incluido el parto en hembras vivíparas) y la expulsión de desechos. Es, por tanto, una zona fisiológicamente crítica.
El vídeo y las imágenes de la escena muestran cómo la mantarraya reacciona con un breve temblor o sacudida de todo el cuerpo, una especie de estremecimiento que sugiere incomodidad o incluso dolor. A pesar de ello, el animal continúa nadando con la rémora alojada en el interior de la cloaca, sin poder librarse con facilidad.
Yeager y su equipo se quedaron literalmente boquiabiertos al revisar las grabaciones. La idea de que un pez ventosa pudiera usar la cloaca de su anfitrión como escondite no encajaba con la visión tradicional de una relación inofensiva o incluso “limpiadora”. Este comportamiento planteaba de inmediato dudas sobre posibles daños físicos e implicaciones reproductivas para las mantas.
Un comportamiento raro, pero documentado en varios océanos
Lejos de tratarse de una anécdota aislada, Yeager decidió bucear —esta vez metafóricamente— en archivos de imágenes y datos de diversas organizaciones especializadas en mantarrayas, como la Marine Megafauna Foundation y Manta Trust. El objetivo era comprobar si existían más casos similares inadvertidos entre miles de fotografías y vídeos acumulados durante años.
El resultado fue la identificación de siete episodios claros de “inmersión cloacal” registrados entre 2010 y 2025 en escenarios tan dispares como Florida, Mozambique y las Maldivas. En esas secuencias se observan desde colas de rémoras asomando ligeramente por la abertura cloacal hasta peces prácticamente ocultos en su totalidad dentro del cuerpo de la manta.
Las observaciones abarcan las tres especies de mantarraya descritas actualmente (Mobula yarae, M. birostris y M. alfredi) e incluyen tanto ejemplares juveniles como adultos. Una de las mantas más llamativas, apodada “Ms. Pac-Man” por los investigadores, fue vista en el sur de Florida con la cola de una rémora sobresaliendo de su cloaca en varias imágenes tomadas en octubre de 2025.
La distribución geográfica y el rango de especies implicadas sugieren que el comportamiento no es un accidente local, sino una conducta potencialmente extendida, aunque poco frecuente o difícil de observar de forma directa. Los autores remarcan que tanto las mantas como las rémoras son animales muy móviles, lo que complica seguirlas el tiempo suficiente como para detectar estos momentos puntuales.
Además, en muchas ocasiones la rémora queda completamente escondida dentro de la cloaca o alojada de forma parcial, con solo una pequeña fracción de la cola visible. En una inmersión breve o en condiciones de poca visibilidad, es fácil pasar por alto una situación así, por lo que es probable que el número real de eventos de buceo cloacal sea mayor que los siete casos registrados.
Más allá de la cloaca: rémoras en branquias y otras cavidades
El estudio no solo documentó rémoras entrando por la cloaca. En al menos un caso, los investigadores encontraron una rémora alojada en una abertura branquial de una mantarraya herida, y también se han observado peces ventosa muy pequeños en las cavidades branquiales de peces vela y algunas rayas.
Las branquias son estructuras extremadamente sensibles y vitales, responsables del intercambio de gases y, en general, de la respiración del animal. Que una rémora se incruste en esta zona plantea un riesgo añadido, ya que la ventosa ejerce presión sobre tejidos frágiles que no están diseñados para soportar un enganche prolongado.
Brooke Flammang, bióloga del New Jersey Institute of Technology, ha señalado que una succión continuada sobre áreas tan delicadas como la región cloacal o branquial podría causar lesiones graves, interferir en los procesos de reproducción, el alumbramiento de crías y la expulsión de residuos, con posibles efectos a largo plazo en la salud de las mantas.
Otros trabajos citados por Yeager ya mencionaban indicios parecidos: estudios en tiburones ballena habían descrito la presencia de rémoras en la cloaca, y algunos informes aislados sugerían que ciertos individuos muy pequeños podían introducirse en aberturas internas de otros grandes peces pelágicos.
Todo este conjunto de observaciones contribuye a pintar un cuadro mucho más intrincado de la supuesta relación “limpiadora” entre rémoras y sus anfitriones. Cuando el pez ventosa aprovecha cavidades internas como refugio, deja de estar simplemente sobre la piel y comienza a interactuar con estructuras corporales críticas.
¿Por qué se meten las rémoras en la cloaca de las mantarrayas?
La gran pregunta que surge es qué ganan las rémoras con este comportamiento. La hipótesis principal de Yeager y sus colegas es que estas inmersiones cloacales funcionarían como una estrategia de refugio frente a amenazas inmediatas, como depredadores o, en algunos casos, la aproximación de un buceador.
En uno de los vídeos analizados, la secuencia es bastante clara: el buceador se acerca por la parte trasera de la mantarraya adulta, la rémora detecta esa irrupción y reacciona con un movimiento rápido para colocarse en la zona pélvica, desde donde se lanza directamente al interior de la cloaca. Es un gesto de huida que sugiere una búsqueda desesperada de protección.
Desde la perspectiva de la rémora, refugiarse en una cavidad interna puede suponer la diferencia entre ser devorada o sobrevivir. Dentro de la manta, queda fuera del alcance directo de muchos depredadores y, al mismo tiempo, sigue asociada a su anfitrión, conservando parte de las ventajas de la relación simbiótica.
Sin embargo, para la mantarraya la historia pinta bastante peor. Un pez alojado en la cloaca puede generar molestias físicas constantes, rozaduras, pequeñas heridas internas y, lo que es más preocupante, obstrucciones funcionales temporales que perjudiquen el apareamiento, el nacimiento de crías vivas o la defecación.
David Shiffman, biólogo especializado en conservación marina, describió su reacción ante estas observaciones como una mezcla de asombro y horror. Por un lado, la capacidad de las rémoras para explotar estos recovecos anatómicos es fascinante desde el punto de vista evolutivo; por otro, imaginar lo que supone para la manta resulta francamente desagradable.
De mutualismo a parasitismo: un continuo de relaciones simbióticas
El caso de las rémoras dentro de la cloaca de las mantarrayas ha obligado a replantear cómo se clasifican las relaciones simbióticas en el océano. Tradicionalmente se hablaba de categorías bien diferenciadas: mutualismo (todos ganan), comensalismo (uno gana y el otro ni gana ni pierde) y parasitismo (uno gana a costa del otro).
Yeager defiende que estas relaciones encajan mejor en un continuo flexible que en compartimentos estancos. La misma pareja de especies puede comportarse de forma más mutualista en ciertos contextos y más parasitaria en otros, dependiendo de factores como el número de rémoras, su tamaño, el lugar exacto donde se adhieren y el estado fisiológico del anfitrión.
En muchas situaciones cotidianas, las rémoras simplemente viajan pegadas a la superficie de la manta sin provocar lesiones aparentes ni afectar gravemente a su comportamiento. Ahí la relación se acerca bastante al comensalismo clásico: una parte obtiene ventajas claras, mientras que el impacto negativo sobre la otra parece mínimo o difícil de detectar a simple vista.
Pero cuando el pez ventosa se introduce en la cloaca o en las branquias, la balanza se inclina hacia el parasitismo. El beneficio sigue siendo para la rémora (protección extrema, posible acceso a recursos adicionales), mientras que la mantarraya soporta molestias físicas, riesgo de daño tisular y potenciales problemas en funciones básicas como la reproducción o la excreción.
Yeager compara este tipo de relación cambiante con la dinámica familiar humana: la mayor parte del tiempo predomina la cooperación y el apoyo, pero en determinados momentos surgen conflictos que generan tensión. De forma análoga, en estas comunidades ecológicas pueden coexistir fases beneficiosas con otras claramente perjudiciales dentro de la misma interacción simbiótica.
Metodología: años de fotos, drones y reconocimiento de individuos
El estudio que sacó a la luz el buceo cloacal no se basa en un par de vídeos sueltos, sino en un gran esfuerzo de recopilación de datos a largo plazo. Organizaciones como Marine Megafauna Foundation y Manta Trust han acumulado durante años miles de fotografías, grabaciones de vídeo, inmersiones con escafandra y vuelos con drones centrados en observar a las mantarrayas en su hábitat natural.
Una de las herramientas clave ha sido el reconocimiento de individuos mediante los patrones únicos de manchas en la parte ventral de las mantas. Gracias a estas “huellas dactilares” de pigmentación, los científicos pueden seguir a ejemplares concretos a lo largo del tiempo y comprobar cambios en su estado físico, su comportamiento y su interacción con otros organismos, como las rémoras.
Entre ese enorme archivo visual comenzaron a llamar la atención ciertas imágenes en las que solo asomaba una pequeña cola de pez en la zona cloacal o en las branquias. Inicialmente podían pasar por detalles sin importancia, pero a medida que se acumulaban casos similares y se cotejaban con vídeos, fue quedando claro que se trataba de una conducta repetida.
El análisis sistemático de estos materiales permitió identificar los siete episodios de inmersión cloacal y el caso adicional de una rémora incrustada en una abertura branquial, siempre en contextos naturales y sin manipulación humana. Al estar repartidos entre distintos océanos y especies, reforzaban la idea de que no era un fenómeno aislado de una población concreta.
La investigación, no obstante, reconoce varias limitaciones importantes: no se conoce la duración exacta de las estancias de las rémoras dentro de la cloaca, no se han medido de forma directa posibles lesiones internas a largo plazo y tampoco se ha podido establecer con precisión cada cuánto ocurre este comportamiento en la naturaleza. Son preguntas abiertas que requieren técnicas adicionales de seguimiento y quizás nuevas aproximaciones éticas al estudio de estos animales.
Implicaciones para la biología y la conservación de las mantarrayas
Comprender a fondo la relación entre peces ventosa y mantarrayas no es solo una curiosidad biológica; también tiene implicaciones para la conservación. Las mantas forman parte de grupos vulnerables y, en muchas regiones, están sometidas a presiones por pesca, degradación de hábitats y perturbación humana.
Si la presencia de rémoras en cavidades internas afecta a la reproducción —dificultando el apareamiento, la gestación o el parto—, el impacto podría amplificarse en poblaciones ya de por sí amenazadas. Incluso pequeños incrementos en la mortalidad de crías o en el descenso de la fertilidad pueden tener consecuencias a largo plazo en especies con ciclos vitales lentos.
Además, el incremento de gasto energético asociado a cargas elevadas de rémoras podría reducir la capacidad de las mantas para desplazarse entre zonas de alimentación y cría, o hacerlas más sensibles a cambios en la disponibilidad de recursos. Todo ello se suma a las presiones de un océano en transformación por el cambio climático y la actividad humana.
Por su parte, las rémoras se revelan como actores ecológicos más versátiles y, en cierto modo, más oportunistas de lo que se pensaba. Su habilidad para detectar refugios anatómicos y explotar al máximo las ventajas de sus anfitriones sugiere una historia evolutiva muy afinada, donde la frontera entre la simple “limpieza” y el parasitismo activo es bastante difusa.
En conjunto, estos hallazgos invitan a revisar muchos otros casos de simbiosis marina que siempre se han descrito como inocuos o beneficiosos. Es posible que, con más atención al detalle y más años de observación, aparezcan comportamientos equivalentes en otras parejas de especies que hasta ahora dábamos por bien entendidas.
Al final, la relación entre peces ventosa y mantarrayas se parece más a una convivencia compleja y llena de matices que a un simple acuerdo de “yo te limpio, tú me llevas”. A ratos resulta útil para ambos, en otros momentos se inclina claramente a favor de la rémora y puede convertirse en una auténtica molestia para la manta, especialmente cuando el pez decide refugiarse en lugares tan delicados como la cloaca o las branquias.
