La imagen de tiburones moviéndose tranquilamente dentro de un volcán submarino activo parece sacada de una película, pero es realidad científica. En el remoto Pacífico sur, el volcán Kavachi se ha convertido en uno de los escenarios más intrigantes para la biología marina y la geología.
Este volcán, situado frente a las Islas Salomón, combina erupciones frecuentes, agua muy ácida y temperaturas anómalamente altas. Aun así, en su interior se han documentado tiburones sedosos y tiburones martillo, lo que ha impulsado expediciones con tecnología puntera para tratar de entender cómo pueden sobrevivir en un entorno tan hostil.
Un volcán submarino bautizado como «Sharkcano»
El volcán submarino Kavachi se localiza a unos 32 kilómetros de las Islas Salomón, en Oceanía, y está considerado uno de los volcanes más activos del océano Pacífico. Sus erupciones, acompañadas de emisiones de gases y columnas de agua descolorida, han sido registradas en numerosas ocasiones desde la superficie.
En 2015, una expedición científica documentó por primera vez la presencia de tiburones dentro del cráter submarino, lo que generó un enorme interés mediático y científico. A raíz de aquel descubrimiento, el volcán empezó a conocerse popularmente como «Sharkcano», un apodo que resume a la perfección la rareza del fenómeno.
Lejos de quedar como una simple anécdota curiosa, la detección de tiburones sedosos y tiburones martillo en un entorno tan extremo abrió una serie de preguntas sobre cómo se organizan los ecosistemas en volcanes activos bajo el mar y qué mecanismos permiten a estos animales aguantar condiciones que, en principio, serían letales.
Pese a la actividad constante de Kavachi, con aguas cargadas de partículas volcánicas y gases, las observaciones revelan que estos depredadores no solo entran puntualmente, sino que parecen utilizar el interior del volcán como parte de su hábitat habitual.
La expedición científica y su conexión con Europa

Detrás de este trabajo hay un equipo internacional de expertos en oceanografía, robótica y vulcanología, con vínculos a instituciones que colaboran habitualmente con centros europeos dedicados al estudio del cambio climático y los riesgos volcánicos. Aunque el volcán se encuentra en Oceanía, los datos que se obtienen son relevantes para investigadores de Europa y España interesados en ecosistemas extremos y en el impacto de los gases de origen volcánico en el océano.
La investigación está liderada por el ingeniero oceánico Brennan Phillips, vinculado a proyectos de National Geographic, junto con Alistair Grinham, de la Universidad de Queensland, y Matthew Dunbabin, de la Universidad Tecnológica de Queensland. Su trabajo se integra en redes científicas globales donde participan también grupos europeos especializados en robótica submarina y monitorización de volcanes.
Para la comunidad científica europea, este tipo de estudios ofrece una referencia muy valiosa a la hora de comprender cómo interactúan los volcanes submarinos con la vida marina, algo que también resulta de interés en zonas como el Mediterráneo o el Atlántico oriental, donde existen estructuras volcánicas activas aunque menos extremas que Kavachi.
Además, las técnicas desarrolladas en este proyecto, especialmente en lo relativo a sensores de bajo coste y sistemas autónomos de observación, resultan aplicables a investigaciones en aguas europeas, desde áreas hidrotermales hasta zonas con emisiones de CO2 naturales que se emplean como laboratorios para estudiar la acidificación de los océanos.
Robots desechables para entrar en un entorno letal
Como el interior de Kavachi es un lugar que, en palabras de los propios investigadores, «podría matarte con bastante facilidad», la única manera razonable de explorarlo es mediante tecnología robótica. El equipo ha apostado por vehículos relativamente sencillos, de bajo coste y, en cierto modo, casi desechables.
Estos robots están diseñados para soportar altas temperaturas, turbulencias y golpes causados por pequeñas explosiones submarinas. Algunos se han construido incluso con tuberías de PVC recicladas y componentes accesibles, lo que permite reducir el coste a apenas unos pocos cientos de dólares por unidad, una cifra muy baja comparada con la de los ROV (vehículos operados remotamente) clásicos.
Entre el equipamiento que llevan a bordo se incluyen sondas acústicas de profundidad, sensores de temperatura, acelerómetros y cámaras. Gracias a esta combinación, los robots no solo graban imágenes del interior del volcán, sino que también generan perfiles detallados del comportamiento físico y químico del agua.
El objetivo principal es medir, lo más cerca posible del respiradero, parámetros clave como el pH del agua, la concentración de dióxido de carbono y las variaciones térmicas justo antes, durante y después de los episodios eruptivos. Esta información ayuda a entender cómo se forma y se mantiene un ecosistema en condiciones tan extremas.
Dado que Kavachi está situado en una zona muy remota, la logística también condiciona el diseño de los equipos: los científicos insisten en que los robots deben caberse en el equipaje de mano de un pequeño avión y ser fáciles de reparar o reemplazar sobre el terreno, un enfoque que está ganando interés en distintos proyectos oceanográficos internacionales.
Química extrema: pH bajo, altas temperaturas y gases volcánicos
Las primeras campañas de medición revelaron que el entorno del volcán presenta una fuerte caída del pH en la superficie del agua, lo que indica una acidez notablemente superior a la del océano circundante. Este tipo de condiciones suele considerarse poco compatible con la presencia de fauna de gran tamaño.
Además, los sensores han detectado temperaturas del agua hasta diez grados por encima de lo normal en las cercanías de los respiraderos. Para un animal marino, estas diferencias térmicas suponen un estrés considerable, sobre todo cuando se combinan con una visibilidad muy baja y una gran carga de sedimentos finos en suspensión.
Los robots también han confirmado que Kavachi es un foco importante de emisiones de gases de efecto invernadero hacia la columna de agua, entre ellos dióxido de carbono procedente de la actividad volcánica. Este tipo de aportes naturales es de gran interés para quienes estudian desde Europa el equilibrio del carbono en los océanos y su relación con el clima global.
Parte de la misión consiste en recoger fragmentos de roca y material volcánico recién expulsados, que quedan incrustados en la estructura externa del volcán. Estas muestras permiten reconstruir la historia eruptiva reciente y entender mejor cómo se renueva el sustrato físico donde se instalan las comunidades biológicas.
A pesar de la hostilidad del medio, los registros muestran que en torno al volcán se forma un mosaico de microhábitats con condiciones muy variables en distancias cortas, lo que podría ofrecer refugios temporales a distintas especies, incluidos los propios tiburones.
Tiburones sedosos y martillo en un lugar impensable
Uno de los aspectos que más ha llamado la atención es que las cámaras han identificado con claridad tiburones sedosos (Carcharhinus falciformis) y tiburones martillo entrando y desplazándose por el interior del cráter submarino. Aunque las imágenes no siempre son nítidas por la turbidez, la silueta de los martillo resulta inconfundible.
La presencia de animales de este tamaño en un medio tan ácido, turbio y caliente choca con la visión clásica que se tenía de estos volcanes submarinos, considerados hasta hace poco como espacios casi estériles en cuanto a grandes depredadores. En cambio, las observaciones sugieren que los tiburones no solo lo visitan, sino que incluso podrían usarlo de manera recurrente.
No está del todo claro qué buscan exactamente estos animales dentro de Kavachi. Algunas hipótesis apuntan a que podrían aprovechar la abundancia puntual de presas atraídas por los nutrientes volcánicos, mientras que otras plantean que el interior del cráter podría ofrecerles algún tipo de ventaja, como refugio frente a otros depredadores o parásitos.
Sea cual sea la explicación, el comportamiento de estos tiburones en un entorno tan extremo se ha convertido en un campo de estudio prioritario para comprender mejor su flexibilidad ecológica y su capacidad de adaptación a cambios bruscos del hábitat.
Pese a las limitaciones técnicas, cada nueva inmersión robotizada aporta pequeños fragmentos de información que permiten perfilar cómo se mueven, cuánto tiempo permanecen dentro del volcán y qué zonas parecen frecuentar con mayor intensidad.
Posibles adaptaciones y capacidad para anticipar erupciones
La gran incógnita gira en torno a cómo logran estos animales resistir un entorno que combina acidez elevada, temperaturas irregulares y erupciones violentas. Algunos especialistas apuntan a que podrían haberse producido adaptaciones fisiológicas que les permitan tolerar concentraciones de CO2 y variaciones térmicas superiores a las que soportan otros tiburones.
Otra línea de trabajo se centra en la capacidad de los tiburones para detectar señales previas a una erupción. Se sabe que estos animales son extremadamente sensibles a cambios de presión, vibraciones y campos eléctricos, por lo que no se descarta que puedan percibir indicios tempranos de actividad eruptiva y abandonar el cráter antes de que la situación se vuelva peligrosa.
Los investigadores están desarrollando nuevos módulos y sensores para cuantificar con mayor precisión las ondas de choque y las variaciones físicas dentro del volcán, con el objetivo de relacionarlas con el comportamiento observado en las grabaciones de vídeo. La idea es comprobar hasta qué punto los tiburones soportan estas perturbaciones o si las evitan sistemáticamente.
Comprender la resiliencia de estas especies en un volcán activo no solo tiene interés académico: también puede ofrecer pistas sobre cómo reaccionarán grandes depredadores marinos a escenarios futuros de océanos más cálidos y acidificados, una cuestión que preocupa a investigadores de todo el mundo, incluida Europa.
Si se confirma que estos tiburones poseen una tolerancia inusual, podría abrir la puerta a estudios comparativos con poblaciones de otras regiones, como el Atlántico norte o el Mediterráneo, para evaluar diferencias genéticas o fisiológicas relacionadas con la adaptación a entornos extremos.
Un laboratorio natural para entender los océanos del futuro
Para muchos científicos, Kavachi funciona casi como un laboratorio natural donde se combinan acidificación, calentamiento y emisiones de gases en un espacio reducido. Observar cómo responden los organismos que viven allí ayuda a anticipar algunos de los cambios que podrían darse en otras partes del planeta si continúa aumentando la temperatura del mar y la concentración de CO2.
El interés de la comunidad europea por este tipo de entornos se debe a que permiten poner a prueba modelos teóricos sobre la vulnerabilidad y la capacidad de adaptación de especies clave para los ecosistemas marinos. Los tiburones, como grandes depredadores, desempeñan un papel esencial en el equilibrio de las cadenas tróficas.
Además, la experiencia adquirida con robots compactos y económicos está sirviendo de referencia para proyectos de monitorización en otros volcanes submarinos y zonas hidrotermales repartidos por el globo, donde también participan grupos de investigación de España y del resto de Europa.
El llamado «Sharkcano» se ha convertido así en un ejemplo de cómo la combinación de tecnología accesible, colaboración internacional y curiosidad científica puede revelar comportamientos inesperados en la vida marina. Cada nueva campaña amplía el conjunto de datos disponibles y alimenta nuevas preguntas.
Lo que comenzó como la sorprendente noticia de unos tiburones viviendo en el interior de un volcán submarino activo ha derivado en una línea de investigación de gran alcance, con implicaciones para la biología, la geología y el estudio del clima. A medida que se perfeccionan los instrumentos y se suman nuevos equipos al proyecto, Kavachi sigue ofreciendo pistas sobre hasta dónde puede llegar la capacidad de adaptación de la fauna marina en escenarios que, a simple vista, parecen imposibles para la vida.
