Primeras imágenes de un tiburón en aguas antárticas

  • Una cámara cebada a casi 500 metros registró por primera vez a un tiburón en el Océano Austral, cerca de las islas Shetland del Sur.
  • El ejemplar sería un tiburón durmiente antártico, pariente del longevo tiburón de Groenlandia y adaptado a aguas profundas y frías.
  • El hallazgo reabre el debate sobre cómo el cambio climático y el calentamiento del océano pueden modificar la distribución de grandes depredadores.
  • La presencia de tiburones podría alterar la delicada red trófica antártica, con efectos sobre peces, krill y el conjunto del ecosistema.

tiburon en aguas frias

Los tiburones llevan más de 400 millones de años sobreviviendo a extinciones masivas, choques climáticos y la deriva de los continentes, ocupando casi todos los rincones del océano. Patrullan arrecifes tropicales, cruzan mar abierto, se esconden en bosques de kelp y dominan grandes profundidades, pero hasta ahora las aguas que rodean a la Antártida parecían mantenerse libres de este tipo de depredador.

El Océano Austral, que rodea el continente antártico, es una de las regiones marinas más hostiles y remotas del planeta, con temperaturas que pueden caer por debajo de los 0 ºC y un acceso complicado incluso para los buques de investigación europeos. Por eso ha sorprendido tanto el nuevo hallazgo: por primera vez, un tiburón ha sido grabado en vídeo en plena región antártica, abriendo una nueva ventana al estudio de estos ecosistemas extremos.

Un avistamiento único en uno de los mares más extremos

La observación se produjo cerca de las islas Shetland del Sur, un archipiélago situado al norte de la península Antártica y relativamente próximo a las rutas científicas que parten de América del Sur y Europa. El animal fue detectado gracias a una cámara cebada, un equipo de vídeo equipado con cebo para atraer fauna, desplegado a casi 500 metros bajo la superficie.

Mientras revisaba el material grabado, la oceanógrafa Jessica Kolbusz, del Minderoo-UWA Deep-Sea Research Centre, se encontró con una figura de desplazamiento lento que cruzaba la escena. La silueta robusta y el movimiento pausado llamaron la atención de inmediato, ya que se trataba de la primera vez que se obtenían imágenes in situ de un elasmobranquio —tiburón o raya— en esta parte del Océano Austral.

Las imágenes muestran a un animal de cuerpo grueso, con piel moteada y aletas relativamente pequeñas, rasgos que encajan bien con la familia de los tiburones durmientes (Somniosidae). Estos tiburones, conocidos por su comportamiento tranquilo y su capacidad para habitar grandes profundidades, contrastan con especies más rápidas y mediáticas como el tiburón blanco o el marrajo.

En el hemisferio norte, su pariente más famoso es el tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus), célebre por su extraordinaria longevidad. Estudios recientes apuntan a que algunos ejemplares podrían alcanzar o incluso superar los 500 años de vida, convirtiéndolos en algunos de los vertebrados más longevos conocidos.

¿Qué tiburón se ha visto en la Antártida?

Hasta hace muy poco, tan solo cinco especies de tiburón se habían registrado en las aguas que rodean a la Antártida, la mayoría a partir de capturas accidentales en zonas subantárticas más templadas. A medida que se avanza hacia el Polo Sur, la presencia de tiburones se vuelve cada vez más rara, lo que hacía aún más inesperado este avistamiento en vídeo.

Los especialistas que han analizado las imágenes consideran que el ejemplar grabado probablemente sea un tiburón durmiente antártico (Somniosus antarcticus), una especie poco conocida que habita aguas profundas del hemisferio sur. Este tiburón está considerado el elasmobranquio con distribución más austral del planeta, aunque la información disponible sobre su biología y comportamiento sigue siendo muy limitada.

Su historia científica es peculiar: la especie se describió por primera vez en 1913 a partir de un simple dibujo realizado en una expedición. Durante la campaña liderada por Sir Douglas Mawson cerca de la isla Macquarie, se documentó un ejemplar varado mediante un boceto, y aquella ilustración sirvió de base para la descripción formal del tiburón durmiente antártico. Desde entonces, la mayor parte de los datos proceden de capturas esporádicas en pesquerías profundas.

En el mismo hemisferio también se encuentra el tiburón durmiente del Pacífico (Somniosus pacificus), muy similar en aspecto. Sin embargo, la localización del vídeo, la profundidad a la que se instaló la cámara y otras pistas morfológicas refuerzan la hipótesis de que se trate del tiburón durmiente antártico. Pese a ello, la ausencia de una muestra física y lo breve de la secuencia impiden una identificación totalmente concluyente.

El tiburón apenas permaneció unos instantes en el encuadre. Tras entrar lentamente en la zona iluminada, se deslizó hacia la oscuridad y desapareció, dejando tras de sí más incógnitas que certezas. Esa fugaz aparición ha sido suficiente, sin embargo, para reavivar el interés científico por un ecosistema del que se sabe aún muy poco a escala global, también entre los equipos europeos que trabajan en el Atlántico Sur y la península Antártica.

Por qué casi no hay tiburones en el Océano Austral

La escasez de tiburones en estas latitudes no es casual. El Océano Austral se caracteriza por aguas extremadamente frías y una historia evolutiva particular, que ha moldeado de forma muy distinta a los peces óseos y a los cartilaginosos. Muchos peces antárticos actuales han desarrollado glicoproteínas anticongelantes en su sangre, una adaptación clave que les permite sobrevivir y funcionar en temperaturas por debajo del punto de congelación del agua dulce.

Los tiburones, al ser peces cartilaginosos, parecen tener limitaciones fisiológicas diferentes, lo que podría dificultar su presencia estable en estos entornos tan extremos. A esto se suman factores como la disponibilidad de alimento, la competencia con otras especies adaptadas al frío y el aislamiento histórico de la región, que ha actuado como una barrera natural durante millones de años.

Esta combinación de condicionantes ha dado lugar a un ecosistema marino relativamente particular, con menos especies de tiburones que otros océanos comparables. Para Europa y España, cuyos buques y programas científicos suelen centrarse en el Atlántico Norte y el Mediterráneo, el Océano Austral continúa siendo un laboratorio distante y poco conocido, pese a su importancia para el clima global y las corrientes oceánicas que acaban influyendo también en nuestras costas.

La aparición de un gran depredador como un tiburón durmiente en estas aguas sugiere que el sistema es quizá más diverso y dinámico de lo que se había pensado. No se trata solo de un nuevo registro visual: es un indicio de que la fauna de estas profundidades podría estar subrepresentada en los datos científicos, por simple falta de observaciones directas y de campañas específicas con tecnología adecuada.

La captura de estas imágenes ha sido posible gracias a una técnica relativamente sencilla pero muy eficaz: las cámaras cebadas de fondo, un método que se está empleando cada vez más en estudios de biodiversidad marina, incluidos proyectos europeos centrados en profundidades del Atlántico. Su bajo impacto en el medio y su capacidad para atraer a depredadores discretos las convierten en una herramienta clave para entender quién vive realmente en las zonas más frías y oscuras del planeta.

Cambio climático y desplazamiento de especies

El descubrimiento se produce en un momento en que el Océano Austral está cambiando con rapidez por efecto del calentamiento global. La extensión del hielo marino fluctúa año a año, las temperaturas del agua muestran una tendencia al alza y los patrones de circulación se están modificando, con consecuencias que se extienden mucho más allá de la Antártida e influyen en el clima de Europa.

La ecóloga marina polar Rebecca Duncan, de la University of Technology Sydney, apunta que la presencia de este tiburón podría explicarse por dos vías no excluyentes. Por un lado, cabe la posibilidad de que estemos asistiendo a un desplazamiento de la distribución de la especie, impulsado por el incremento de la temperatura del océano, lo que facilitaría su llegada a aguas antaño demasiado frías. Por otro, es posible que el animal llevara mucho tiempo allí y que, sencillamente, no se hubiera documentado hasta ahora.

Ambos escenarios tienen implicaciones relevantes. Si se trata de una expansión hacia el sur, estaríamos ante un ejemplo concreto de cómo el cambio climático redistribuye grandes depredadores marinos, fenómeno que ya se ha observado en otras regiones, incluidas zonas de pesca europeas donde ciertas especies tropicales se están volviendo más habituales. Si, en cambio, el tiburón llevaba tiempo presente pero había pasado desapercibido, el hallazgo pondría de relieve lo limitado de nuestro conocimiento sobre la biodiversidad antártica.

Duncan insiste en que, por el momento, es prematuro hablar de transformaciones drásticas. Citando la posibilidad de que ya haya más tiburones de los que pensamos en estas aguas, señala que cualquier aumento de sus poblaciones derivado del calentamiento oceánico sería, en principio, gradual. Precisamente por eso, subraya la importancia de mantener una vigilancia científica continuada que permita detectar tendencias a largo plazo.

En todo caso, el registro de este tiburón en el Océano Austral encaja con una preocupación creciente en la comunidad científica europea: la necesidad de comprender mejor cómo el calentamiento y la acidificación del océano están afectando a los grandes depredadores y, por extensión, a las pesquerías de interés para la Unión Europea. Lo que ocurre en la Antártida no es un fenómeno aislado, sino parte de un sistema global que conecta mares y climas.

Un nuevo actor en una red trófica muy delicada

Confirmar la presencia de un tiburón durmiente en aguas antárticas plantea dudas importantes sobre la dinámica de la red trófica en un ecosistema que se ha desarrollado con muy pocas especies de elasmobranquios. Los sistemas marinos de la región suelen describirse como altamente interconectados y energéticamente eficientes, con el krill antártico como pieza central sobre la que se apoyan peces, cefalópodos, focas y grandes ballenas.

La entrada —o el reconocimiento— de un gran depredador adicional no es un simple detalle añadido a ese entramado. Un tiburón ocupa niveles tróficos elevados, consume presas que a su vez se alimentan de otras especies, y puede redistribuir la energía dentro del ecosistema. Cualquier cambio en su abundancia o comportamiento repercute río abajo en la cadena alimentaria, modificando densidades de población y flujos de biomasa.

Duncan advierte de que un posible aumento de tiburones en el Océano Austral podría ejercer presión adicional sobre las poblaciones de peces antárticos y, en último término, afectar al krill y al fitoplancton. Esto podría alterar ciclos de nutrientes y procesos biogeoquímicos que, de forma indirecta, influyen en la capacidad de los océanos de absorber carbono, un aspecto de máximo interés en la lucha contra el cambio climático desde la perspectiva europea.

No obstante, la científica matiza que no se espera una reestructuración radical del ecosistema en el corto plazo. Si el cambio se produce, será probablemente paulatino, con incrementos lentos en la frecuencia de avistamientos y posibles ajustes progresivos en las relaciones depredador-presa. Esa lentitud relativa no reduce la importancia de lo que se está observando, sino que resalta la urgencia de recopilar datos de largo recorrido para poder distinguir entre fluctuaciones naturales y tendencias asociadas al calentamiento.

La comunidad internacional, incluida Europa, se juega mucho en la gestión del Océano Austral. Las decisiones que se tomen en foros como la Comisión para la Conservación de los Recursos Vivos Marinos Antárticos (CCRVMA), en la que la Unión Europea participa activamente, dependen de disponer de información robusta sobre la biodiversidad y el funcionamiento del ecosistema. La aparición de este tiburón añade una pieza nueva al puzle que deberán interpretar gestores y científicos.

Un océano aún lleno de incógnitas

El Océano Austral continúa siendo una de las grandes fronteras de la exploración marina. A pesar del incremento de expediciones y de campañas conjuntas entre países europeos y socios de otros continentes, enormes áreas de sus profundidades permanecen prácticamente inexploradas. El hallazgo del tiburón es, en buena medida, fruto de la combinación entre el despliegue de nuevas tecnologías y un cierto componente de azar.

Las cámaras cebadas como la empleada en este caso representan una herramienta especialmente valiosa porque permiten obtener imágenes directas de animales en su entorno natural sin necesidad de capturarlos. Este enfoque encaja con las directrices internacionales que abogan por métodos de muestreo menos invasivos, algo que también preocupa a la opinión pública europea, cada vez más sensibilizada con el bienestar animal y la conservación marina.

El hecho de que haya hecho falta un dispositivo así para conseguir apenas unos segundos de vídeo sugiere que, en las aguas oscuras y frías de la Antártida, podrían estar moviéndose muchas otras especies que aún no se han documentado. Con cada nueva observación se amplía el catálogo de vida conocido, pero también se ponen de manifiesto las lagunas en nuestro conocimiento científico acerca de uno de los ecosistemas más influyentes en la regulación del clima terrestre.

Para España y el resto de Europa, con una fuerte tradición de investigación oceanográfica y presencia en programas polares internacionales, este tipo de resultados refuerza la necesidad de seguir invirtiendo en proyectos que cubran tanto el Atlántico Sur como el entorno antártico. Comprender qué depredadores habitan allí, cómo se relacionan con sus presas y de qué manera responden al calentamiento ayudará a anticipar impactos que, tarde o temprano, se manifestarán en otros mares conectados con nuestras costas.

Lo que muestran estas primeras imágenes de un tiburón en aguas antárticas es mucho más que la simple aparición de un animal esquivo: revelan la existencia de un ecosistema más complejo de lo que se pensaba, sugieren posibles cambios en la distribución de especies ligados al clima y ponen en el punto de mira la delicada red trófica de la región. Con un solo individuo cruzando el encuadre durante unos segundos, se abren nuevas preguntas sobre quién más se oculta en la penumbra del Océano Austral y qué papel juega en el futuro de unos mares cada vez más sometidos a la presión humana y al calentamiento global.

especies marinas
Artículo relacionado:
Especies marinas: biodiversidad, grupos y conservación