La costa de Santa Cruz vive un momento de cambio silencioso pero profundo. El mar deja de ser solo escenario de pesca y turismo para convertirse en plataforma de nuevos proyectos productivos ligados al cultivo de algas, con la mirada puesta en el empleo local, la ciencia y la conservación del ecosistema.
En Puerto San Julián se consolida la primera granja de huiro gigante (Macrocystis pyrifera) del país, mientras el Gobierno provincial refuerza la protección de áreas clave como la Reserva Cabo Vírgenes. Ambas líneas de trabajo apuntan a una misma idea: construir una matriz económica distinta, donde el cultivo de algas en Santa Cruz funcione como motor de una economía azul con impacto ambiental mínimo.
Un proyecto estratégico para la nueva matriz productiva de Santa Cruz
El gobernador Claudio Vidal encabezó una reunión de trabajo en la que se definieron las principales líneas de acción para impulsar el cultivo de macroalgas y fortalecer las Áreas Naturales Protegidas del litoral santacruceño. En el encuentro participaron el presidente del Consejo Agrario Provincial (CAP), Hugo Garay, la directora ejecutiva de la ONG Por el Mar (PEM), Martina Sasso, y equipos técnicos del Ministerio de la Producción, a través de la Secretaría de Pesca.
Según se explicó en la reunión, el objetivo es avanzar hacia una nueva matriz productiva basada en el mar, donde el cultivo de algas se convierta en una actividad estratégica con potencial de escalar a nivel nacional. La apuesta combina el conocimiento técnico de la ONG, las herramientas de fomento de la Secretaría de Pesca y la presencia territorial del CAP, con un foco claro en el aprovechamiento sostenible de los recursos marinos.
Garay resumió el enfoque con una idea que se repite entre los actores involucrados: el desafío es “producir cuidando”. Desde su perspectiva, Santa Cruz cuenta con condiciones naturales únicas para el cultivo de algas y la meta es que esa oportunidad se traduzca en empleo y valor agregado, pero sin poner en riesgo los ecosistemas costeros ni la biodiversidad asociada.
En paralelo, el encuentro sirvió para ratificar el compromiso de gestionar el desarrollo productivo apoyado en evidencia científica. Esto implica que tanto los nuevos proyectos como las obras de infraestructura se planifican a partir de estudios técnicos, datos ambientales y evaluaciones constantes sobre los posibles impactos en el mar y en la costa.

Puerto San Julián: la primera granja de huiro gigante del país
El corazón de esta transformación está en Puerto San Julián, donde la Fundación Por el Mar desarrolla la primera experiencia sistemática de cultivo de huiro gigante en Argentina. La iniciativa, que comenzó en mayo, combina conservación marina, investigación y generación de alternativas productivas sostenibles para la comunidad local.
La fundación PEM cuenta con el respaldo de la Secretaría de Estado de Pesca y Acuicultura y del Consejo Agrario Provincial, dos organismos que ven en las algas una vía concreta para diversificar la economía más allá de la actividad extractiva tradicional. El proyecto se enmarca en la llamada “economía azul”, que busca generar riqueza vinculada al mar pero con criterios ambientales estrictos.
La bióloga Milagros Schiebelbein está a cargo del laboratorio y del hatchery, mientras que Jonathan Behm coordina la infraestructura en el mar. Behm, proveniente de una familia ligada a la pesca artesanal, subraya que los bosques submarinos de huiro gigante son esenciales para la biodiversidad y que el cultivo controlado permite producir biomasa sin degradar los bosques naturales existentes.
En los últimos meses, los equipos técnicos del Gobierno y de la ONG mantuvieron varias reuniones para ir ajustando el proyecto, compartir datos de seguimiento y definir cómo se integrará esta experiencia en la planificación de largo plazo para el litoral santacruceño. La intención es que la granja de Puerto San Julián funcione como modelo replicable en otras zonas de la provincia, siempre que los estudios ambientales lo permitan.
Cómo se cultiva el huiro gigante: del laboratorio al mar
El proceso de cultivo de macroalgas en Santa Cruz se apoya en un esquema que combina ciencia de laboratorio y trabajo en mar abierto. En una primera fase, las algas se reproducen por esporas en piletones y bateas con agua de mar filtrada, donde se controlan cuidadosamente la luz, la temperatura y otros parámetros clave para su desarrollo inicial.
Una vez que las plántulas alcanzan el tamaño adecuado, pasan al sistema de hatchery y pre-crianza, todavía bajo condiciones muy controladas. Cuando superan esa etapa, se trasladan a la granja submarina instalada en la bahía de Puerto San Julián. Allí se fijan a cuerdas y boyas tipo “longline”, ancladas a determinada profundidad, que permiten que el huiro gigante crezca en columna de agua sin interferir de forma agresiva con el entorno.
Los resultados iniciales han superado las previsiones. La primera estructura de cultivo se montó en mayo y, pocos meses después, se registró un crecimiento superior a los 3,5 metros en varios ejemplares. En algunos periodos se midieron tasas cercanas a los 40 centímetros por semana, cifras que obligan a llevar un monitoreo constante para entender hasta qué punto se mantiene ese ritmo y en qué momento comienza a disminuir.
El equipo científico realiza mediciones periódicas de longitud, velocidad de crecimiento y estado sanitario de las algas, a la vez que controla parámetros del entorno como salinidad, temperatura y corrientes. Esta información se vuelca en informes semestrales que se comparten con la Secretaría de Pesca y el CAP, de modo que las autoridades cuenten con una base sólida a la hora de definir nuevas políticas de acuicultura.
Una característica destacada del proyecto es que no existe un manual específico para el Mar Argentino. Si bien hay experiencias similares en otras regiones, como la zona de Puerto Montt en Chile, las condiciones del Pacífico difieren notablemente de las del Atlántico sur. Esto obliga a adaptar continuamente la metodología, asumir márgenes de ensayo y error y documentar con detalle cada ajuste realizado.
Impacto ambiental: producir sin “deforestar” el mar
El huiro gigante, también conocido como cachiyuyo, forma bosques submarinos que pueden alcanzar entre 40 y 70 metros de longitud, con crecimientos diarios que en condiciones ideales rondan los 50 centímetros. Estos bosques cumplen un rol ecológico central: funcionan como refugio, zona de alimentación y área de reproducción para numerosas especies, muchas de ellas de interés pesquero y otras bajo protección.
Por esa razón, los impulsores del proyecto insisten en que el cultivo no puede basarse en la extracción intensiva del bosque natural. La idea es generar biomasa en estructuras de cultivo específicas, reduciendo al mínimo la presión sobre las formaciones silvestres. De este modo, se busca evitar la “deforestación” del fondo marino y mantener intacta la función ecológica de los bosques de macroalgas.
Desde la Fundación Por el Mar señalan que el modelo adoptado se plantea como un sistema productivo de impacto cero. El diseño de la granja, la elección de los materiales y la forma de anclaje pretenden minimizar el contacto con el lecho y evitar daños en otras comunidades marinas. Además, cualquier expansión del área de cultivo se supedita a evaluaciones ambientales previas.
Este enfoque resulta especialmente relevante si se tiene en cuenta el contexto global: en las últimas décadas, diversos estudios alertan sobre la pérdida de bosques de macroalgas en varias regiones del mundo, en parte por el cambio climático y en parte por actividades humanas. Frente a ese panorama, la experiencia de Santa Cruz se presenta como un intento de demostrar que se puede producir algas a escala comercial sin agravar esa tendencia.
Las autoridades provinciales remarcan que todas las acciones se enmarcan en una gestión basada en la evidencia científica, tanto en lo que hace al desarrollo productivo como a las obras de infraestructura vinculadas al turismo y a la protección de áreas protegidas costeras.
Usos productivos: del alimento para ganado a los bioestimulantes
Más allá del componente ambiental, el proyecto de cultivo de algas en Santa Cruz avanza con una clara intención productiva. La directora ejecutiva de la Fundación Por el Mar, Martina Sasso, explicó que ya se están diseñando pruebas piloto para dos líneas de subproductos: alimento para ganado y bioestimulantes agrícolas.
En el caso del sector ganadero, la idea es aprovechar las algas como suplemento para reducir la dependencia de insumos que llegan de otras regiones del país. Actualmente, se importan grandes volúmenes de soja y granos desde el norte argentino para complementar la dieta del ganado en Santa Cruz. Sasso destaca que en muchos países las algas ya forman parte de la alimentación animal, y que replicar esa experiencia podría traducirse en menores costes logísticos y una huella ambiental más baja.
La segunda línea apunta a los bioestimulantes para agricultura, productos derivados de las algas que se utilizan para mejorar la salud y el rendimiento de los cultivos. Este segmento ha ganado peso a nivel internacional, tanto por su potencial económico como por su contribución a prácticas agrícolas más sostenibles.
El gobernador Vidal mostró particular interés por estas posibilidades de generar valor agregado local. La combinación de explotación ganadera tradicional con insumos elaborados a partir de algas de cultivo abre la puerta a nuevas cadenas de producción dentro de la propia provincia, con una mayor integración territorial y económica.
Según Sasso, la expectativa es que estas iniciativas puedan construir una economía regional en torno al cultivo de algas, beneficiando a los habitantes de Puerto San Julián y de otras localidades donde se desarrollen futuras granjas. La condición, insisten, es que el crecimiento se dé sin sacrificar ecosistemas ni comprometer la salud del mar.
Apoyo institucional, educación y participación comunitaria
El avance del cultivo de algas en Puerto San Julián no se explica solo por la innovación técnica, sino también por el nivel de acompañamiento institucional. La Fundación Por el Mar elabora informes cada seis meses en los que detalla el proceso de instalación de la granja, las metodologías de cultivo, los resultados de los monitoreos y las dificultades propias de trabajar en mar abierto.
Estos documentos se comparten con la Secretaría de Pesca y con el Consejo Agrario Provincial, lo que permite que la administración pública disponga de información actualizada para evaluar el desempeño del proyecto y tomar decisiones sobre eventuales ampliaciones o réplicas en otras zonas del litoral.
Además de la dimensión productiva, la experiencia tiene un fuerte componente educativo. El equipo de PEM prevé trasladar parte de los aprendizajes a escuelas y universidades, a través de talleres, charlas y visitas guiadas. La intención es que las nuevas generaciones conozcan de primera mano el rol de los bosques de algas en la conservación marina y el potencial económico de un modelo de producción de bajo impacto.
Voluntarios de la comunidad local también participan en tareas de apoyo, tanto en el laboratorio como en la etapa de campo. Esa colaboración, señalan desde la fundación, contribuye a que el proyecto se perciba como algo propio de la población de San Julián y no solo como una iniciativa de especialistas externos.
En este contexto, la primera cosecha piloto prevista para febrero se presenta como un hito clave. No solo servirá para medir volúmenes y calidad de la biomasa obtenida, sino también para evaluar cómo se articula la logística de cosecha, transporte y procesado, y qué ajustes serán necesarios antes de pensar en una escala mayor.
Cabo Vírgenes: conservación, turismo y mirada al mar
El viraje hacia una economía azul en Santa Cruz se complementa con el fortalecimiento integral de la Reserva Provincial Cabo Vírgenes, un área de alto valor ecológico y paisajístico. Durante el encuentro encabezado por el gobernador Vidal se anunció la reconstrucción del mirador de la reserva, dañado por una marea extraordinaria el año anterior.
Esta obra se inscribe en un plan más amplio de mejora de la infraestructura turística en la zona, con la idea de ofrecer mejores condiciones a quienes visitan la reserva y, al mismo tiempo, reforzar la protección del área marina asociada. La reserva es considerada clave para la biodiversidad y se la ve como un complemento natural de la estrategia de conservación ligada al cultivo de macroalgas.
La mejora de caminos, miradores y servicios básicos para el turismo se plantea como una forma de generar oportunidades económicas adicionales para las comunidades cercanas, siempre bajo la premisa de que la actividad turística no debe alterar los valores ambientales que se pretende proteger.
En este sentido, la provincia busca articular producción, cuidado ambiental y desarrollo territorial en una misma hoja de ruta. El cultivo de algas, la protección de bosques submarinos y el impulso de reservas como Cabo Vírgenes se integran en una visión que intenta escapar de la lógica de “desarrollo versus naturaleza” para pasar a un esquema de “desarrollo con naturaleza”.
Las autoridades remarcan que la apuesta de Santa Cruz no pasa únicamente por sumar una actividad económica nueva, sino por construir una cultura distinta de relación con el mar, en la que ciencia, sector público, organizaciones y comunidades locales tengan roles claramente definidos y complementarios.
Todo este entramado de iniciativas muestra a una provincia que empieza a mirar al litoral con otros ojos: el cultivo de algas en Santa Cruz se instala como una oportunidad real para diversificar la economía, generar empleo costero y sumar innovación tecnológica, al mismo tiempo que se refuerza la protección de ecosistemas marinos y áreas naturales. Si las primeras cosechas confirman las expectativas y el apoyo institucional se mantiene, la experiencia de Puerto San Julián y el trabajo en reservas como Cabo Vírgenes podrían convertirse en referencia para otros territorios de la región que buscan compatibilizar producción y conservación en torno al mar.