En una de las franjas costeras más turísticas del planeta, el Caribe mexicano, se está escribiendo desde hace casi tres décadas una historia de conservación poco habitual: más de 20 millones de crías de tortuga marina han conseguido llegar al mar gracias a un programa que combina ciencia, voluntariado, turismo y mucha paciencia nocturna en la playa.
Este hito se atribuye al Programa de Conservación de Tortugas Marinas Riviera Maya-Tulum, que desde 1996 opera en 13 campamentos distribuidos a lo largo de unos 120 kilómetros de costa. Lo que empezó como un esfuerzo local para evitar que los nidos fueran arrasados por el desarrollo turístico y la caza, hoy se ha consolidado como uno de los proyectos de conservación más constantes del Caribe y un referente para otros litorales, también en Europa.
Veinte millones de crías en tres décadas: un récord para el Caribe

De 1996 a 2025, el programa ha registrado la protección de 303.586 nidos en algunas de las playas más importantes de anidación de Quintana Roo. A partir de estos nidos se calcula que han nacido y sido liberadas al mar más de 20 millones de tortugas marinas, una cifra que, vista en perspectiva, contrasta con las décadas de sobreexplotación y declive sufridas por estas especies.
Las crónicas históricas describen un Caribe plagado de tortugas. Se recuerda, por ejemplo, cómo exploradores europeos relataban playas tan abarrotadas que, en apariencia, se podía caminar sobre sus caparazones. Con el tiempo, la caza para consumir su carne y huevos, el uso de sus caparazones y la expansión humana sobre la costa acabaron dejando a muchas poblaciones al borde del colapso.
Frente a ese pasado de explotación, el anuncio reciente del programa —celebrando casi 30 años de operación ininterrumpida y 20.364.302 crías contabilizadas— marca un giro de guion poco frecuente en conservación marina. No solo se trata de nacimientos, sino de un cambio de dinámica: cada temporada regresan más hembras a las mismas playas donde nacieron, algo que los equipos consideran un indicador sólido de recuperación poblacional.
Este trabajo continuado ha convertido al proyecto Riviera Maya-Tulum en una referencia no solo para México, sino también para otras zonas turísticas costeras del mundo, incluidas varias en Europa mediterránea, donde se observan con atención sus métodos para compatibilizar hotelería, turismo de sol y playa y fauna protegida.
Quién está detrás del programa y cómo funciona

El proyecto actual comenzó a tomar forma en 1996, cuando el parque Xcaret asumió la labor iniciada por el Centro de Investigaciones de Quintana Roo (CIQRO), pionero en el seguimiento de tortugas en la zona. A partir de 2002, la organización Flora, Fauna y Cultura de México A.C. tomó el liderazgo del programa, con el respaldo permanente de Grupo Xcaret y la colaboración de hoteles, instituciones académicas, organizaciones ambientales y autoridades.
Hoy, el dispositivo se extiende a lo largo de la Riviera Maya, Tulum y la reserva de la biosfera de Sian Ka’an mediante 13 campamentos tortugueros. Desde ahí se coordina el patrullaje de playas, la vigilancia nocturna, el rescate de nidos en riesgo, el traslado a corrales protegidos y la liberación controlada de crías, además de programas de educación ambiental y formación técnica.
La directora general de la ONG, Guadalupe Quintana Pali, subraya que el éxito no se mide solo en número de crías, sino en el retorno de hembras adultas a las mismas playas donde salieron del cascarón. Ese fenómeno, conocido como filopatría, se ha podido documentar gracias a un sistema de identificación aplicado desde hace tres décadas.
Durante los primeros años, el marcaje se realizaba mediante pequeñas intervenciones en el plastrón y el caparazón, intercambiando fragmentos de tejido vivo que crecían con el animal y permitían reconstruir su historia vital. Con el tiempo, estos métodos se han ido complementando con otras técnicas de identificación y registro, dando lugar a bases de datos de largo plazo sobre movimientos, épocas de anidación y supervivencia.
Especies protegidas: la tortuga verde y la caguama al frente
Entre los 303.586 nidos protegidos desde 1996, el grueso corresponde a dos especies clave: la tortuga verde y la caguama (Chelonia mydas y Caretta caretta). Según los recuentos del programa, la tortuga verde supone alrededor del 81 % de los registros, mientras que la caguama representa en torno al 18 %.
Ambas especies se encuentran en distintas categorías de amenaza a escala global y regional, por lo que la protección de sus nidos en el Caribe mexicano tiene impacto más allá de sus fronteras. En Europa, por ejemplo, la tortuga boba o caguama es también una de las protagonistas de planes de conservación en el Mediterráneo, lo que convierte a estos esfuerzos en México en una pieza adicional del puzle para la especie a nivel mundial.
Además de estas dos protagonistas, los equipos han documentado de forma esporádica la llegada de tortuga carey (Eretmochelys imbricata) y de tortuga laúd (Dermochelys coriacea), una de las más amenazadas del planeta. Aunque sus anidaciones son mucho menos frecuentes en esta zona que en otras regiones del país, cada registro se considera especialmente valioso por el estado crítico en el que se encuentran.
El director del Instituto de Biodiversidad y Áreas Naturales Protegidas de Quintana Roo, Javier Carballar, recuerda que México alberga seis de las siete especies de tortugas marinas conocidas en el mundo, y que tres de ellas anidan de forma regular en la franja que va de la Riviera Maya a Sian Ka’an. Desde su punto de vista, los resultados obtenidos —especialmente con la caguama y la llamada tortuga blanca— demuestran que, con regulación adecuada y compromiso de las partes implicadas, el turismo de gran escala puede convivir con la fauna protegida.
Estrategias en la arena: de los corrales a la lucha contra la luz artificial
El corazón del programa se despliega de noche, cuando las hembras salen a la arena a anidar y los equipos de campo —los llamados “tortugueros”— comienzan sus recorridos. Su labor arranca con la localización de los rastros de cada tortuga, la identificación de la especie y el marcado y conteo de huevos depositados en cada nido.
Cuando el lugar elegido por la hembra se considera inseguro —por erosión, tránsito intenso de personas, presencia de maquinaria o riesgo de inundación—, se decide el traslado del nido a corrales de protección. Estos recintos, delimitados en zonas más estables de la playa, permiten mantener la arena en condiciones similares pero reducen al mínimo el impacto del tráfico turístico, la depredación y la contaminación lumínica.
A lo largo del periodo de incubación, los equipos controlan temperatura, humedad y posibles alteraciones del entorno. Una vez que los huevos eclosionan y las crías asoman por la arena, comienza otro momento delicado: el camino hacia el mar. En esta fase, voluntarios y especialistas ahuyentan aves oportunistas y depredadores terrestres como perros, gatos, mapaches o tejones, de forma que el mayor número posible de tortuguitas alcance el agua.
La iluminación artificial de hoteles, chiringuitos y paseos marítimos constituye otra de las grandes amenazas. Las crías se orientan por el brillo del horizonte marino, y cualquier fuente de luz intensa en la dirección opuesta puede desorientarlas hasta el agotamiento. De ahí que uno de los frentes de trabajo del programa sea acordar con empresas y autoridades la adaptación de luminarias, el uso de tonos menos agresivos y la reducción de focos directos hacia la playa durante la temporada de anidación.
Voluntariado, acuerdos sociales y turismo responsable
Más allá de la presencia física en la playa, la conservación de estas especies descansa en una red de actores que han ido sumándose con el tiempo. Se estima que en estos casi 30 años han pasado por los campamentos cerca de mil voluntarios de distintas partes de México y del extranjero, muchos de ellos estudiantes o profesionales vinculados a biología marina, medio ambiente o turismo sostenible.
Junto al voluntariado, el programa cuenta con el apoyo de administraciones como SEMARNAT, CONANP e IBANQROO, así como de los comités estatal y municipales de tortugas marinas de Quintana Roo. A estos se suman hoteles y empresas turísticas —entre ellos Grupo Xcaret, el Hotel Nueva Vida de Ramiro, Bahía Príncipe y su Fundación Eco-Bahía, el Hotel Hilton Chemuyil o Grupo Lomas— que han incorporado la protección de nidos y la sensibilización de clientes a sus políticas de responsabilidad social.
El jefe del programa, Leonel Gómez Nieto, insiste en que el trabajo no se limita a patrullar y mover nidos. Una parte nada menor del esfuerzo se dedica a negociar acuerdos sociales y ambientales con comunidades, autoridades locales y desarrolladores para reducir amenazas como la contaminación, el uso de maquinaria pesada en las playas o la ocupación de hábitats costeros clave.
Esa combinación de ciencia, educación y diálogo ha permitido que los pescadores de la zona y el sector hotelero conozcan mejor el papel ecológico de las tortugas marinas. No se trata solo de proteger un animal simbólico, sino de entender que estas especies ayudan a mantener la salud de los océanos y las playas, algo que repercute en la actividad turística y en la economía local a medio y largo plazo.
En los actos de celebración de este logro, la directora de Flora, Fauna y Cultura de México aprovechó para reconocer por su nombre a muchas de las personas que han mantenido vivo el proyecto temporada tras temporada —tortugueros, investigadores, técnicos y colaboradores— y para recordar que, pese a las cifras récord, las tortugas marinas siguen figurando en las listas de especies amenazadas. De ahí su mensaje final, convertido casi en lema del programa: “Vamos por los siguientes 20 millones”.
Todo este entramado demuestra que, incluso en un corredor turístico tan presionado como la Riviera Maya-Tulum, es posible que veinte millones de tortugas marinas alcancen el mar en apenas tres décadas si existen continuidad, coordinación y voluntad política y social; una experiencia que puede servir de espejo para otros destinos costeros, ya sean del Caribe, del Atlántico o de las costas europeas que comparten el reto de compatibilizar turismo de masas y conservación marina.