
En una franja de arena del Caribe costarricense, la noche no termina al caer el sol. Los equipos que recorren Playa Tres buscan rastros, nidos y hembras que salen del agua para desovar, una tarea que exige atención y respeto por una escena que no admite focos ni turismo improvisado.
La organización Turtle Love ha abierto su programa para personas que quieran sumarse a esa rutina en la costa de Barra de Parismina, en la provincia de Limón. El punto de trabajo queda al sur del Parque Nacional Tortuguero, en cinco kilómetros de playa donde coinciden varias especies marinas.
Una experiencia de campo alejada del turismo convencional

El calendario permite participar entre febrero y noviembre, con temporadas que se suceden a lo largo del año. Las baulas llegan primero, mientras que las tortugas verdes concentran la anidación en la segunda parte del año. También se registran carey y cabezona, con apariciones menos marcadas durante el resto de los meses.
Las plazas están dirigidas a mayores de edad, aunque pueden acudir menores acompañados por un tutor legal. La convocatoria, recogida por Infobae, fija una estancia mínima de tres noches y tarifas de 90 dólares por noche para visitas de tres a catorce días, que descienden según aumenta la duración: 84 dólares para estancias de 15 a 30 noches y 66 dólares a partir de los 30 días.
El trabajo combina censos a primera hora, localización de huellas, control de nidos y patrullas nocturnas. El seguimiento continuado permite reunir datos de anidación y valorar el estado de una playa que sigue expuesta a la extracción ilegal de huevos y a la caza de animales adultos. Los voluntarios también pueden colaborar en la liberación de crías cuando los nacimientos se producen durante su estancia.
Alojamiento y manutención incluidos, pero con matices

La estancia incluye cama y tres comidas diarias, pero el viaje hasta Parismina, el seguro y los trámites de entrada corren a cargo de cada participante. Las patrullas pueden ocupar hasta siete horas diarias, cinco o seis días por semana, y requieren caminar por arena blanda con calor, humedad, lluvia e insectos. No es una actividad pensada para mirar las tortugas desde la orilla.
El modelo se apoya en familias anfitrionas y en personal de las comunidades cercanas. Turtle Love sostiene que el 68% de las aportaciones de los voluntarios se canaliza hacia la población local. Las familias anfitrionas reciben una parte de esos ingresos, ligados a la protección de especies en una zona donde el furtivismo sigue siendo una amenaza constante.
Además de disuadir esa presión con presencia en la playa, el equipo entrega al Ministerio de Ambiente y Energía de Costa Rica los registros obtenidos. La información sirve para gestionar la anidación y para medir la respuesta de las poblaciones que llegan a este tramo de costa cada temporada.
Resultados y compromiso con la comunidad local
Desde su creación en 2018, la entidad asegura haber protegido más de 5.000 nidos y liberado más de medio millón de crías. La participación de voluntarios no sustituye al personal de campo: suma manos a una labor que combina formación previa, vigilancia y registros para que los datos no se pierdan cuando termina cada patrulla.
Para quienes se incorporen sin experiencia previa en biología, la organización ofrece una semana de capacitación supervisada. Los participantes aprenden a identificar especies por sus huellas, a medir caparazones, a verificar marcas y a reubicar nidos vulnerables frente a las mareas o la depredación. También se forman en el uso de cámaras trampa para el monitoreo de fauna silvestre, incluyendo jaguares y dantas que comparten el ecosistema.
El proyecto también involucra a los habitantes de las comunidades cercanas mediante actividades de educación ambiental y alternativas económicas vinculadas al ecoturismo. La presencia de voluntarios se convierte en una pieza de un esfuerzo mayor: proteger las playas donde nacen las tortugas y generar condiciones para que regresen a reproducirse año tras año.
Para quien se incorpore, la experiencia transcurre lejos de los itinerarios convencionales del Caribe. La recompensa está en el trabajo compartido, en una playa donde cada huella sobre la arena puede ser el comienzo de un registro científico o la señal de que un nido necesita protección. Y todo ello, con el respaldo de una organización que lleva años demostrando que la conservación y el desarrollo comunitario pueden ir de la mano.
